Norland Capítulo Tercero Un arreglo de la corte #2
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Capítulo Tercero Un arreglo de la corte #2

Siguió un breve silencio, roto únicamente por el murmullo de las brasas. Lady Catherine alzó ligeramente la cabeza para mirarlo.

—Cuando te dije su nombre... besaste mi mano y dijiste: «Una rosa para Catherine» —recordó ella—. Siempre fuiste un romántico.

—Lo mantengo oculto —admitió lord Peter con una sonrisa tenue—. Para ti. Y ahora... para ella.

—Extraño, ¿verdad? —comentó ella—. Todas las cenas de la corte, la política, la pompa... y, sin embargo, este momento, este silencio, lo es todo.

—Porque lo es —repuso él—. Porque es nuestro. Y porque es real. Tú y los niños: esos son los únicos títulos que lucharé por conservar.

—Entonces prométeme que protegeremos esto —susurró ella—. Que ella crecerá rodeada de tu amor.

—Así será —dijo lord Peter con suavidad—. Te doy mi palabra.

Ella le besó la mejilla y él la estrechó contra sí. Envueltos en el calor y la quietud de la estancia, se dejaron llevar por el silencio: una pareja noble unida no por compromiso, sino por el afecto genuino.

✽✽✽

De vuelta en la finca Harrowell esa misma noche, el suntuoso dormitorio principal se desplegaba amplio y elegante.

Las luces de gas ardían atenuadas, proyectando un resplandor dorado sobre el pálido papel pintado de damasco y los opulentos paneles de madera.

Una cama de dosel con cortinajes de seda marfil se alzaba contra la pared, mientras que, frente al espejo, una chaise longue de terciopelo y un tocador labrado centelleaban en la penumbra.

La estancia permanecía en absoluto silencio. Lady Dana, vizcondesa de Harrowell, se encontraba sentada ante el tocador, cepillándose la melena de forma pausada y con la mirada perdida en el reflejo. Su bata de seda fluía a su alrededor como una cascada clara.

—Has estado muy callada desde la cena —comentó lord Edwin con voz pausada desde la cama—. ¿Atrapada de nuevo en el pasado?

—Lo siento —respondió ella, sin detener el cepillo ni dirigirle la mirada—. No dejo de pensar... en que Daisy no ha sido un varón.

Lord Edwin parpadeó y se incorporó en el lecho.

—Dana... ¿a qué viene eso?

Ella se giró finalmente para mirarlo.

—Sé que ansiabas un heredero. Alguien que perpetuara tu apellido y lo heredase todo. Y ahora Catherine... ella sí tiene un varón. Un primogénito. Y también una niña. Lo tiene todo. Siempre lo ha tenido todo.

—Dana, no te hagas esto —pidió lord Edwin con tono sereno pero firme—. Adoro a Daisy. Es mi hija. Además, somos jóvenes. Ya tendremos más hijos; niños, niñas... eso no importa.

—Pero sí importa. Le importa al mundo. A mi padre. Al tuyo —dijo ella—. Veo cómo habla Catherine... el orgullo en sus ojos al nombrar a Mark. Sé que piensa que he fracasado, que soy menos mujer por haber dado a luz a una niña.

—De modo que esto es por Catherine. Otra vez —suspiró él—. ¿Ha estado malmetiendo en tu oído durante toda la tarde?

—No le hace falta —repuso lady Dana con frialdad—. Me lo demuestra con cada mirada, con cada condescendencia.

—Pues ignórala —le dijo lord Edwin, inclinándose hacia delante—. Dana, no compites con tu hermana. Eres mi esposa y Daisy es nuestra. Me da igual lo que piense Catherine o tu padre. Me has dado una hija y eso jamás será un fracaso.

Dana dudó, suavizando el gesto. Depositó el cepillo en el tocador y se puso en pie mientras su salto de cama ondeaba a su alrededor.

—Eres muy generoso, Edwin —murmuró.

—Solo me muestro como soy porque te amo —respondió él.

Ella caminó despacio hacia el lecho, con el resplandor de las brasas prendido en su cabello. Se deslizó bajo el embozo junto a él y rodeó su torso con los brazos. Edwin la acogió en el abrazo, en silencio.

«Es un buen hombre. Atractivo, paciente.

Todo lo que una mujer desearía», pensó ella para sí.

«Y, sin embargo... mi corazón siempre pertenecerá a otro.

A Walter Kent. Pero esta es la vida que me toca.

Este es mi esposo y lo compartiré todo con él ahora.

Este es mi esposo. Y lo compartiré todo con él.

Apoyó la cabeza en el hombro de lord Edwin, cerrando los ojos. Él le besó la frente con delicadeza mientras el fuego se extinguía.

✽✽✽

16 de marzo de 1895

El salón de baile del Palacio de Greyminster resplandecía decorado con guirnaldas primaverales y cintas doradas.

Una magnífica tarta de cumpleaños en forma de corona presidía la mesa del banquete, justo bajo una colosal araña de cristal.

La luz penetraba a través de los altos ventanales mientras un cuarteto interpretaba un elegante minué desde la galería superior.

—¡Que comience el torneo! —exclamó con júbilo el príncipe Henry al entrar corriendo—. ¡Charles, o estás en mi equipo o quedas exiliado!

—¡Nací preparado, Alteza! —rio lord Charles.

—Henry, en el salón de baile no, por favor —reprendió la reina Eleanor con severidad desde su canapé—. Es una celebración formal.

—Es mi cumpleaños, madre —sonrió descaradamente Henry—. Dijiste que podía hacer lo que quisiera.

—Dentro de los límites de la cordura —replicó ella con frialdad.

En un salón contiguo, Henry y Charles lideraban la alegre recreación de un torneo de justa simulada.

Habían enrollado alfombras como caballos y empuñaban cucharas de madera como espadas.

Los jóvenes nobles vitoreaban y cargaban en un torbellino de terciopelo y encaje.

El pequeño príncipe William caminaba torpemente hacia el alboroto, a punto de tropezar, antes de que su niñera lo atrapara justo a tiempo—¿No deberíamos cortar la tarta?

—le preguntó lord Charles a Henry—. Los músicos nos miran como si fuéramos los reyes.

—Odio la parte de la tarta —suspiró Henry, petulante—. Todo el mundo canta. Y padre nunca viene.

✽✽✽

Más tarde, un lacayo presentó la elaborada tarta entre aplausos de compromiso. Henry se situó frente a ella, con las manos cruzadas a la espalda y una leve sonrisa en los labios. La reina Eleanor se aproximó y le rozó el hombro con delicadeza.

—Sonríe, Henry —le ordenó en un susurro—. La corte no pierde detalle de lo que haces.

—¿Dónde está padre? —inquirió el príncipe con voz tenue, esquivando su mirada.

—Sus obligaciones en el Consejo lo han retenido. Vendrá a verte en cuanto sea posible. Ha mandado un obsequio —añadió ella con impostada amabilidad.

—Siempre manda algo —tajó Henry con amargura—. Pero jamás aparece.

—Te estás convirtiendo en un hombre —dijo la reina Eleanor, distante pero firme—. Y a veces, el deber debe ser lo primero.

—Entonces no quiero ser rey —murmuró Henry con desdén—No necesitas quererlo —respondió ella, erguida e inquebrantable—. Solo tienes que asumir el trono.

Se giró hacia los invitados y alzó la voz con una gran sonrisa:

—Damas y caballeros: ¡os presento a Su Alteza Real, el príncipe Henry de Norland, en su undécimo cumpleaños!

Una gran ovación resonó en el salón de baile. Henry cortó la tarta con un cuchillo de plata, forzando una tenue sonrisa.

✽✽✽

Esa noche, los aposentos privados del príncipe Henry en palacio estaban silenciosos, iluminados únicamente por la luz del fuego.

Había paquetes sin abrir en el suelo. Henry se sentaba con las piernas cruzadas ante la chimenea, con la corona de papel ladeada sobre la cabeza.

Miraba fijamente el fuego, absorto en sus pensamientos. Llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo Henry sin volverse.

Walter Kent entró, vestido con la camisa de su uniforme sin la chaqueta. Estaba tranquilo, digno, pero visiblesu expresión mostraba una clara ternura.

—Pensé que quizás seguirías despierto —dijo.

—Has acertado—respondió seco Henry.

Walter Kent reparó en el regalo sin abrir. —¿No has abierto su regalo?

—¿Qué sentido tiene? —se encogió de hombros Henry—. Es de alguien que nunca está presente.

Walter Kent se sentó junto al hogar. —Es el rey, Henry.

—Es mi padre —dijo Henry.

Siguió un silencio. —Todos los años ocurre lo mismo —continuó Henry—. Alguna guerra, algún consejo. Envía una caja y una nota. Eso es todo.

—El poder cambia a los hombres. Los consume —dijo Walter Kent—. No significa que no les importes.

—Si ser rey significa volverse como él: distante, demasiado ocupado para sus propios hijos, entonces renuncio a la corona. —Henry se arranco la corona de papel y la arrojó al fuego—. Jamás me perderé el cumpleaños de mi hijo.

—Entonces serás un hombre mejor que la mayoría —dijo en voz baja Walter Kent.

—¿Crees que alguna vez me ha querido? —preguntó Henry.

—Sí. Pero no como tu amor. ardes con demasiada intensidad. Como tu madre. —Cogió el paquete y lo colocó frente a Henry—. ¿Lo abro?

Henry asintió en silencio. Dentro había un una maqueta de plata del HMS Victory, resguardada en una vitrina de crista. La placa rezaba: Para mi hijo, en su undécimo cumpleaños: que reines siempre con honor.

—Otro barco —dijo Henry con frialdad.

—Tal vez algún día te recuerde este momento —dijo Walter Kent, colocándolo con cuidado sobre la repisa de la chimenea—. La noche en que juraste que serías mejor. —Le puso una mano firme en el hombro—. No dejes que el desencanto te convierta en alguien que no eres.

Henry alzó la vista hacia él. —¿Te quedarás hasta que me duerma? —preguntó en voz baja.

—Por supuesto, Alteza —respondió Walter Kent.

Henry se metió en la cama y Walter Kent se sentó en un sillón cercano mientras el tenue resplandor del fuego parpadeaba en la penumbra.

—Seré diferente —se susurró Henry a sí mismo.

✽✽✽

Domingo, 17 de marzo de 1895

La familia de Halberd Hall se acomodó en un banco en primera fila de la capilla de San Agustín.

La pintoresca iglesia católica de piedra se se erigía entre una arboleda de espinos en plena floración primaveral.

El aire de la primavera aún era fresco, pero la luz del sol se filtraba a través de las vidrieras, proyectando reflejos destellos en tonos joyapor toda la nave.

El interior olía tenuemente a cera de vela y vegetación recién cortada.

La congregación murmuraba suavemente mientraslos fieles tomaban asiento.