Norland Capítulo segundo La devoción de un padre #2
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Capítulo segundo La devoción de un padre #2

—Daisy ha dormido mal —dijo lady Dana con calma—. Lo siente todo ahora... hasta las sombras.

—Por eso la rutina es tan vital —respondió lady Catherine con frialdad—. Rose durmió toda la noche. Los niños aprenden su rutina desde temprano.

Lady Dana se removió en la silla, claramente ofendida. Alisó la manta de Daisy pero no dijo nada. Lady Catherine sorbió su té y dejó la taza con suave precisión.

—Peter mencionó algo anoche —dijo lady Catherine—. El príncipe Henry tiene un nuevo guardia especial. Se trata de... el señor Walter Kent.

Los ojos de lady Dana se abrieron de par en par. Se quedó inmóvil. El nombre sonó como un trueno.

—¿Walter Kent? —dijo con la voz temblorosa.

—Sí. Supongo que ha pasado algún tiempo desde la última vez que oíste ese nombre —dijo lady Catherine arqueando una ceja—. Te salvé, Dana. Del peor error de tu vida. Eras una niña, encaprichada con un hombre que no tenía... nada.

—Tú no me salvaste —la voz de lady Dana se elevó—. Me traicionaste. No me salvaste, te entrometiste. Catherine, lo amaba. Estábamos prometidos, en secreto sí, pero de verdad. Se lo dijiste a padre y él...

—Porque tenías diecisiete años y eras ingenua —interrumpió lady Catherine—.

No tenías idea de lo que hacías. Walter Kent era listo, sí, de una posición inferior a la nuestra.

Y padre actuó con justicia. Con sabiduría.

Mandó a Walter Kent al extranjero. Habrías arrojado tu vida por un hombre sin título, sin riqueza, sin futuro.

El vizconde Harrowell un partido infinitamente superior. Un caballero, terrateniente, respetado.

—Padre lo mandó lejos, a Solvaria —dijo lady Dana con amargura—. Rompió nuestras cartas. Me amenazó. Y tú viste cómo ocurrió.

—Porque me importabas —dijo lady Catherine—. Creí que entrarías en razón. Lord Edwin es un caballero. Adinerado. Amable. Estable.

—Y yo te compadezco —dijo lady Dana con voz furiosa—, porque nunca has conocido el amor, el amor de verdad. Solo entiendes de ambición. Tú miras a tu hija y ves una baza política; yo miro a la mía y veo un alma.

—No pretendas entenderme —dijo lady Catherine con voz fría—. Siempre quisiste lo que yo tenía.

—Lo hiciste por celos —dijo lady Dana con lágrimas en los ojos—. No conoces el amor. Nunca lo has hecho. Solo entiendes de poder, y a tu hija... me da pena. Me da lástima el futuro que le estás diseñando como una corona que nunca se podrá quitar.

—¿Piedad de mí? No, Dana —dijo lady Catherine con frialdad—. Me envidias. Siempre lo has hecho. Mi matrimonio. Mi posición. Mi hija.

—Preferiría haber vivido en la pobreza y haber tenido el amor que tomar el té y no sentir nada —dijo lady Dana en voz baja.

—El amor no pone tu nombre en el Burke’s Peerage . Ni asegura una dote. Vives en un mundo que tiene reglas. Y Rose...

—...A Rose le enseñarán a casarse por rango —la interrumpió lady Dana—. Tal como a ti. Tú lo llamas legado; yo lo llamo cadenas.

La habitación quedó en silencio. Los bebés se movieron. Rose se estiró en su moisés y lady Catherine ajustó la manta de encaje con mano experta.

—Tendrá más de lo que yo tuve —dijo lady Catherine en voz baja—. Me encargaré de ello.

—Y nunca te preguntarás a qué sabe la alegría —dijo lady Dana con suavidad y amargura.

—Harás lo mismo con Daisy, ya lo verás —dijo lady Catherine—. ¿O acaso quieres que tu hija viva en la pobreza?

—Dejaré que haga lo que la haga feliz —dijo lady Dana suavemente.

—Solo quieres hacerme daño. Me invitas para darme la noticia de Walter Kent.—replicó lady Dana

—No digas tonterías. Eres mi hermana. Te invité porque quería pasar un rato contigo y con Daisy —dijo lady Catherine con suavidad.

—Siempre me envidiaste: mi belleza, mi libertad y el hecho de que alguien me amara sin cálculo —replicó lady Dana.

—¿Y a dónde te llevaron tu belleza y tu libertad? —siseó lady Catherine—. A un nombre casi arruinado y a un escándalo susurrado en media corte. Si no fuera por padre, estarías Dios sabe dónde.

—Y sin embargo, nada de eso me dio lo que importaba —dijo lady Dana en voz baja—. Walter Kent me amaba. Y yo lo amaba. Eso... no puedes entenderlo.

—Madura, Dana. Tenías diecisiete años. Fue una fantasía —dijo lady Catherine con brusquedad—.

Hice lo que era necesario para nuestro apellido.

Deberías estar agradecida. Lord Edwin es perfecto para ti.

Padre te encontró  un excelente partido.

Te adora. Es un caballero apuesto. ¿Qué más puedes querer?

¿Qué serías ahora? ¿La esposa de un simple soldado?

—Él me dio seguridad, sí —dijo lady Dana con lágrimas acumulándose en los ojos—. Pero no me eligió a mí. Padre lo eligió por mí. El amor... eso fue algo que entregué por propia voluntad

Susurró:

—Nunca estaré agradecida. Y nunca lo olvidaré.

—¿Cuándo vas a madurar, Dana? Tenías diecisiete años. Eso no fue amor. Fue una fantasía de niña —dijo lady Catherine con frialdad.

El silencio se volvió cortante. Daisy se agitó en su cuna. Lady Dana se puso de pie, de repente resuelta.

—Fantasía o no, es más de lo que te has permitido sentir —dijo suavemente.

—Deberías estar pensando en darle un heredero a lord Edwin —dijo lady Catherine con frialdad—. Un muchacho que herede su fortuna. Ese es tu deber. Y olvídate de Walter Kent. Ni siquiera piensa en ti. Deberías estar agradecida de que te hayamos salvado.

—No lo sabes —respondió lady Dana—. Solo piensa en tu familia perfecta y tu vida perfecta, y déjame en paz.

✽✽✽

Mientras las duras palabras de su hermana flotaban en el aire como un poso amargo, lady Dana emprendió la huida.

galería acristalada, que un día fue un lugar de luz matutina, ahora se sentía sofocante.

Recogió a su hija y su orgullo, huyendo de la perfección estructurada de Halberd Hall hacia el santuario de su propio carruaje.

Cuando Dana se marchaba de Halberd Hall, la lluvia comenzó a puntear las ventanas de su carruaje.

En el interior del lujoso tapizado de terciopelo azul real, se sentaba inmóvil, envuelta en una capa de lana gris ribeteada de marta.

sus manos enguantadas permanecían apretadas sobre el regazo.

Su rostro era ilegible, sus ojos reflejaban una tormenta silenciosa.

Fuera, el mundo avanzaba entre neblina y gris.

El ritmo de los caballos se mezclaba con el sordo repiquetear de un trueno distante.

Se volvió ligeramente, observando la lluvia deslizarse por el cristal de la ventana. Su reflejo era frágil y atormentado.

✽✽✽

Un recuerdo irrumpió: una escena de un baile de invierno en la finca Harrington en diciembre de 1890.

El salón de baile resplandecía con la luz de los candelabros yespejos de marcos sobredorados y la boiserie dorada brillaba tras guirnaldas de rosas de invierno y pino.

Dana, de diecisiete años, se encontraba en lo alto de la gran escalinata con un vestido de tul azul plateado suave, con el cabello rubio oscuro recogido en un delicado elegante moño, con  horquillas de perlas.

Su respiración se detuvo cuando sus ojos se cruzaron con los de un joven oficial con uniforme de gala azul oscuro: Walter Kent, de veintisiete años.

Era de cabello oscuro, alto y sereno, y sus miradas se sostuvieron, eléctricas e innegables.

Paso a paso, ella descendió. Él dio un paso al frente, inclinándose en una reverencia impecable.

—¿Me concede este baile? —preguntó él.

—Será un honor —respondió ella con suavidad.

Bailaron el vals. El salón de baile se desvaneció. Solo quedaron la música y ellos dos.

—No debería haberte pedido que bailaras —dijo él en voz baja.

—¿Por qué no? —sonrió ella.

—seré incapaz de bailar con ninguna otra.

Ella se sonrojó, radiante y atónita, sintiéndose viva.

✽✽✽

13 de octubre de 1894

La lluvia continuaba azotando contra las ventanillas del carruaje; el constante repiquetear de los cascos de los caballos sobre el camino mojado hacía marcaba el compás de sus recuerdos de Dana.

La mención de Walter Kent en el desayuno descorrió el velo que con tanto celo había tendido, arrastrándola de regreso a la primavera que debió haberlo cambiado todo.

Primavera de 1891

Habían transcurrido meses desde aquel primer vals. Era la primavera de 1891, y la finca Harrington se encontraba en el esplendor de la primavera.

Dana caminaba de puntillas por el sendero de grava del jardín de rosas de la finca Harrington con un vestido de lino marfil, con el pelo suelto y con los guantes apretados en el puño. Los árboles estaban en flor. Walter Kent, ahora vestido de civil, esperaba bajo el cenador.

—Dana... esperaba armarme de valor—dijo él con suavidad.

Se arrodilló, con un pequeño anillo de oro en la mano—. ¿Quieres ser mi esposa?

Se llevó las manos a la boca con asombro. Luego se arrodilló junto a él.

—Sí. Sí, quiero.

Se besaron, con ternura, temblando de esperanza.

Pero su secreto duró poco. En el verano de 1891, la puerta de su dormitorio se abrió de par en par. Lady Catherine, de veinticuatro años, se plantó allí, aferrando una carta arrugada.

—¡¿Estás loca?! —gritó—. ¿Un soldado? ¿Un don nadie? ¡¿Estás prometida?!

—¡Catherine, devuélveme eso! ¡Es privado! —exclamó Dana, alarmada.

—Padre se enterará de esto —dijo lady Catherine con frialdad.

—Por favor... ¡no! Por favor, no...

—Tienes diecisiete años. No sabes lo que es el amor —insistió lady Catherine.

Días después, la sentencia fue dictada en el estudio del conde de Harrington. Su padre se sentaba rígido y frío en su sillón de cuero, con lady Catherine de pie y en silencio detrás de él.

—Tienes diecisite  años. Está por debajo de ti. El asunto está zanjado —dijo su padre.

—No puedes...

—El capitán Walter Kent zarpa hacia Solvaria el lunes —la interrumpió su padre—. No volverás a verlo.