Capítulo segundo La devoción de un padre
El salón de Halberd Hall resplandecía con la suave luz ámbar del sol de a mediados del otoño.
El fuego crepitaba suavemente en la chimenea y los altos ventanales, cubiertos de cortinas de terciopelo, enmarcaban el oro marchito de los jardines del exterior.
Una mesa de té cubierta de encaje estaba servida con fina porcelana francesa y plata pulida.
En un rincón, un moisés adornado de encaje descansaba en un charco de luz solar, donde lady Rose, de seis días de vida, dormía plácidamente.
Lady Catherine, la marquesa de Halberd Hall, se sentaba con elegante tranquilidad a la mesa de té.
La señora Beatrice Fairfax, una refinada matrona de la alta sociedad, descansaba cerca, meciendo suavemente a su hija Cecile en su regazo.
Lord Mark, de diez años, y la señorita Gwendoline Fairfax, de ocho, permanecían con las piernas cruzadas junto al hogar, jugando con animales de madera tallada.
—Catherine, tu salón siempre es muy apacible —dijo la señora Fairfax—. Es un milagro que tu Rose duerma tan profundamente con todo el alboroto que arman estos dos.
Lady Catherine sonrió mientras miraba hacia el moisés.
—Está bendecida con la calma de su padre. Mark, sé amable con Gwendoline, por favor; hoy no quiero delantales rotos. Y no te acerques demasiado al moisés, cariño.
Lord Mark sonrió de oreja a oreja.
—Sí, mamá. Solo le estaba enseñando el león. Es el rey de los animales, como dice papá. Protege a la princesa... quiero decir, a Rose.
—Y mi conejo es su compañero —añadió Gwendoline—. Incluso es valiente ante los leones.
—Eso dice ahora —comentó la señora Fairfax—, pero espera a ver uno de nuevo en los jardín zoológico. La última vez se escondió detrás de mi falda.
—Entonces es tan sabia como valiente, una combinación excelente para una joven —respondió lady Catherine con una sonrisa—. Y una invitada encantadora para el té. Mark, sé amable.
—Sí, mamá —dijo él.
—¿Oíste eso? —susurró Gwendoline, radiante, a Mark—. Dijo que era sabia.
Mark esbozó una sonrisa burlona.
—Pero el león sigue ganando.
—Cecile ya está resultando ser la más apacible —dijo la señora Fairfax—. Es bastante diferente a su hermana; siempre observa, nunca llora.
—Quizá ella y Rose sean amigas —dijo lady Catherine en voz baja, mirando hacia su hija—. las niñas tranquilas acaban encontrándoseen este mundo ruidoso.
El tenue sonido de la puerta principal al abrirse llegó hasta la salón, y lord Mark se puso de pie de un salto.
—¡Es papá! —exclamó.
Lord Peter, el marqués de Halberd Hall, entró quitándose los guantes con naturalidad.
—Peter, has llegado temprano —dijo lady Catherine.
—El Consejo del Rey se levantó antes de lo previsto —respondió lord Peter—. No se me ocurre mejor recompensa que el té con mi familia.
—Lord Peter, qué alegría verle —dijo la señora Fairfax—. Estábamos admirando el sueño angelical de su hija.
—Entonces debe de haber salido a su madre —dijo él—. Es la única gracia que veo hoy.
—¡Y yo evité que el león la despertara! —dijo lord Mark.
—Un auténtico caballero —dijo lord Peter con una sonrisa—. Protegiendo a su hermana de rugidos y conejos.
Se acercó al moisés.
—Un talento poco común, en verdad: dormir entre leones y conejos valientes.
Mientras el té continuaba, el fuego brillaba con más intensidad y la sala se llenaba de risas suaves. Lord Peter se detuvo junto al moisés, contemplando a Rose. La bebé se movió ligeramente, con la respiración constante y las manitas encogidas.
—Mi pequeña princesa —susurró lord Peter con dulzura y reverencia.
Lady Catherine lo contemplaba con mirada cálida.
—Ya conoce su lugar en tu corazón.
—pase lo que pase en el mundo... siempre te llevaré conmigo —le dijo él con delicadeza a Rose.
La habitación se el resplandor dorado del fuego. Lord Peter sostenía a Rose en sus brazos, lady Catherine se sentaba a su lado, lord Mark y Gwendoline jugaban cerca de la chimenea, y la señora Fairfax mecía a Cecile en su regazo.
✽✽✽
Más tarde esa misma noche, el comedor privado de Halberd ofrecía un ambiente tranquilo y refinado, diseñado para la intimidad más que para la grandeza.
Sus suaves paredes crema se iluminaban el brillo dorado de dos candelabros de plata, mientras los retratos al óleo de los antepasados de Halberd Hall contemplaban la escena con solemnidad, y un fuego crepitaba suavemente en el hogar.
El cristal, la porcelana y la plata captaban la luz cambiante mientras lord Peter, el marqués de Halberd Hall, y lady Catherine se sentaban el uno frente al otro.
La cena casi había terminado. El mayordomo retiró los restos de un pato asado y verduras glaseadas antes de retirarse en silencio.
—Rose no se movió ni una vez durante el té —dijo lady Catherine, sorbiendo su vino—. La señora Fairfax está convencida de que es medio ángel.
Lord Peter sonrió levemente.
—Es medio tú. Eso explica el silencio... y las expectativas.
Lady Catherine contempló el interior de su copa.
—Necesitará estar preparada. Con su rostro y nuestro apellido,su valor será incalculable. Debemos guiarla con cuidado. La corte ya estará cuchicheando.
—Tiene seis días, Catherine —dijo lord Peter con suavidad, frunciendo levemente el ceño.
—Es precisamente cuando empiezan los planes. Ya sabes cómo funciona —respondió ella—. El favor del rey no pasará desapercibido. Tendremos que considerar... futuras alianzas.
—No es una alianza —dijo él en voz baja—. Es una niña.
—Es las dos cosas. Olvidas estuve en su lugar una vez. Y nadie me preparó —dijo lady Catherine con una intensidad sutil—. Será vigilada. Codiciada. Si no actuamos con un propósito, otros lo harán.
La voz de lord Peter fue suave.
—Permíteme que sea mía... solo un poquito más.
Las llamas oscilaron y la mirada de lady Catherine se suavizó al mirarlo a través de la luz de las velas.
—Siempre la tendrás. Pero no es solo tuya.
—Lo sé —dijo él tras una pausa—. Ojalá tuviera más tiempo con ella... antes de que pertenezca al mundo.
Lady Catherine alargó la mano sobre la mesa y la posó sobre la suya.
—Entonces aprovéchalo.. Mientras su mundo aún sea pequeño. Mientras aún quepa en tus brazos.
El mayordomo volvió a entrar con una frasca de oporto.
Sirvió en silencio y se marchó de nuevo.
Lord Peter levantó su copa, pero sus ojos seguían fijos en el fuego.
Lady Catherine lo estudió: su esposo, el protector de su hija.
Fuera de las ventanas la oscuridad se hacía más densa pero dentro persistían el brillo del amor y el conflicto silencioso.
✽✽✽
El comedor real privado del Palacio de Greyminster resplandecía con una cálida luz de velas.
Un papel tapiz de damasco verde oscuro, ribeteado en caoba profunda, cubría las paredes.
Pesadas cortinas de terciopelo borgoña cubrían los altos ventanales, y una lámpara dorada colgaba sobre una larga mesa vestida de con vajilla de porcelana con bordes de oro, cristal y lino fino.
Tres lacayos permanecían inmóviles junto a las paredes mientras la familia real se sentaba en un extremo de la mesa.
—Henry: los codos fuera de la mesa, por favor —dijo la reina Eleanor de Norland mientras los lacayos retiraban los platos del segundo servicio.
El príncipe Henry bajó lentamente los codos con un toque de inocente desafío
—Sí, mamá.
—No está cenando con el cardenal de Caerwyn, Eleanor —dijo el rey Edward de Norland—. Deja que el muchacho disfrute de su carne.
—Heredará la corona, pero no si come como un mozo de cuadra —respondió la reina.
—Entonces seré el primer rey que coma con entusiasmo —declaró el príncipe Henry.
El rey soltó una carcajada, pero la reina solo esbozó una sonrisa de labios apretados. La inteligencia de su hijo la frustraba y la preocupaba a partes iguales.
—Tus modales en la mesa reflejan tu linaje —dijo ella—. Un futuro monarca debe aprender a contenerse.
—La disciplina es para quienes olvidan —dijo el príncipe Henry con los ojos chispeantes—. Lo recuerdo todo, excepto las partes aburridas. Además, Charles me retó a esconder un panecillo con crema bajo mi silla. Así que, si el postre se retrasa, estoy preparado
Se inclinó bajo la mesa y colocó con orgullo un bollo relleno de crema ligeramente aplastado, envuelto en un pañuelo, sobre el lino fino. Los lacayos se mantuvieron estoicos.
La expresión de la reina Eleanor se petrificó
—Henry... ¿Eso es de la cocina de palacio? —preguntó.
—Del almuerzo. Lo envolví yo mismo, con precisión real —respondió él.
—Absolutamente repugnante... pero estratégicamente impresionante —dijo el rey.
—Y vergonzoso —dijo la reina Eleanor—. ¿Qué diría el cardenal si viera al príncipe heredero guardando pasteles debajo de la mesa?
—Que tiene suerte de que no haya escondido el vino —dijo el príncipe Henry.
Se hizo un silencio y el rey estalló en carcajadas.
—Puede ser incorregible, pero es listo. Eso cuenta para algo.
—No obedece a nadie más que a ti —dijo la reina Eleanor en voz baja, más para sí misma. —Ni siquiera a mí.
La risa de Edward se desvaneció. Miró a Henry y luego a Eleanor en un momento de revelación.
—Es un cachorro de león. Y los leones no se domestican... solo se vuelven sabios.
Mientras la luz de las velas parpadeaba, Henry mordió con orgullo su bollo secreto. El silencio fue incómodo, aunque extrañamente pacífico.
✽✽✽
13 de octubre de 1894
El salón formal de Halberd Hall estaba inundado de luz filtrada.
Era una visión de refinamiento: muebles ornamentados en crema, cojines de brocado pálido, cortinas de encaje y alfombras florales.
Una delicada mesa de desayuno estaba dispuesta con plata y porcelana fina.
Cerca, dos moisés blancos descansaban: uno forrado con encaje sencillo para Rose, y el otro atado con un prominente lazo rosa para Daisy.
Lady Catherine, con su cabello rubio oscuro peinado en un refinado moño de época, se sentaba frente a su hermana, lady Dana, en la mesa del desayuno. Se sirvió té, pero una tensión palpable flotaba bajo la superficie.