Norland Capítulo PRIMERO Lazos Reales y Reliquias Rotas #3
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Capítulo PRIMERO Lazos Reales y Reliquias Rotas #3

Walter Kent observó cómo Henry volvía a empuñar su espada de madera, llamando de inmediato a lord Charles a retomar la posición. Sin embargo, en la mirada del príncipe persistía un destello de curiosidad hacia su nueva sombra: una prueba que ya empezaba a gestarse.

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De vuelta en Halberd Hall, la señora Redwick —la encargada de las doncellas— había soportado una tarde agotadora.

Una larga procesión de jóvenes esperanzadas había desfilado por la entrada del servicio, pero ninguna había cumplido con sus exigentes criterios.

Una era demasiado voluble, otra demasiado hosca y el resto carecía de la sosegada dignidad exigida por la finca.

—¡Siguiente! —ordenó la señora Redwick, con su voz resonando contra las frías paredes de piedra del vestíbulo.

Se anunció a la última candidata: la señorita Annie Greaves.

Annie entró en la estancia con un suave susurro de faldas.

Era una joven llamativa de diecisiete años, con una corona de bucles castaños cuidadosamente sujetos un recogido sobrio y refinado.

Su atuendo era modesto pero impecablemente conservado, testimonio de su disciplina.

Al llegar al centro de la habitación, realizó una reverencia elegante y practicada.

La señora Redwick no habló de inmediato. Se recostó, escudriñando a Annie con la mirada aguda desde sus botas lustradas hasta los pliegues de su corpiño de estilo de 1894.

—Eres muy joven, señorita Greaves —afirmó finalmente la señora Redwick con tono cortante—. Demasiado joven, me temo, como para poseer experiencia real en una casa de esta categoría.

—He estado ayudando a mi madre durante varios años, señora —contestó Annie con voz firme a pesar del aleteo de tener un nudo nervios en su pecho—. Serví como doncella de la duquesa de Valmont. Me ha facilitado una carta de recomendación, por si desea examinarla.

Annie metió la mano en su bolso de mano, pero antes de poder presentar el papel, las pesadas puertas de roble al fondo del pasillo se abrieron de par en par. Lady Catherine hizo su entrada en la estancia, con la seda de su vestido barriendo el suelo. La señora Redwick se puso en pie al instante.

—Mi lady, justo estaba terminando. Esta muchacha tiene una referencia aceptable, al parecer, pero iba a comunicarle que el puesto es para la doncella personal de lady Rose. La criatura es una recién nacida. Esta chica carece de los años requeridos para una ocupación tan delicada.

A Annie se le encogió el corazón. Abrió ligeramente los labios para defender sus capacidades, mientras una expresión de silenciosa desilusión cruzaba su semblante.

—Es perfecta —interrumpió lady Catherine. Su mirada no se posaba en la señora Redwick, sino en Annie, advirtiendo los ojos bondadosos y el aspecto pulcro de la joven.

—Mi lady —protestó levemente la señora Redwick—, casi no tiene experiencia con lactantes. Un recién nacido requiere una mano experimentada.

—Prefiero a alguien joven —replicó lady Catherine con tono definitivo—. La juventud aporta cierta energía y la ausencia de malos hábitos. Además, viene recomendada por mi querida amiga, la duquesa de Valmont. Con eso me basta y me sobra.

Lady Catherine dedicó una pequeña y poco común sonrisa a la atónita Annie.

—Ya aprenderá. Lady Rose ya cuenta con una niñera y una nodriza; ellas se encargarán de la instrucción técnica.

Lo que la niña necesita es una compañera leal.

—Se volvió de nuevo hacia la señora Redwick—.

Procure que se instale, señora Redwick. Su servicio empieza hoy.

La señora Redwick abrió el camino a través de los sinuosos pasillos de Halberd Hall.

Annie la seguía un paso por detrás, con los ojos muy abiertos mientras asimilaba la suntuosidad de la finca.

Las paredes estaban adornadas con retratos dorados y pesados tapices, y en el ambiente flotaba un sutil aroma a cera  y lavanda.

Era un lugar más hermoso de lo que Annie jamás hubiera imaginado.

Por fin llegaron a unas altas puertas pintadas de blanco. La señora Redwick llamó con suavidad antes de entrar.

—Señora Higgins, ella es Annie Greaves —anunció la señora Redwick—. Ha sido designada como la doncella personal de lady Rose. Annie, ella es la señora Higgins, la niñera principal.

Ambas mujeres intercambiaron una breve y formal inclinación de cabeza.

La señora Redwick, satisfecha con el cumplimiento de su cometido, dio media vuelta y se marchó, dejando a Annie a solas en la habitación más magnífica que jamás había contemplado.

El cuarto de los niños estaba bañada por la suave luz dorada del sol vespertino; parecía una suite digna de una princesa real.

—¿Puedo… puedo conocer a mi señora, señora Higgins? —preguntó Annie con la voz impregnada de respeto.

La señora Higgins se ablandó un poco ante el tono educado de la muchacha. —Está dormida ahora mismo, pero ven. Te la enseñaré.

Se acercaron a un capazo tallado a mano y cubierto de fino encaje. Annie se inclinó y, por un instante,se le cortó la respiración. Allí yacía lady Rose, durmiendo tan plácidamente como un ángel. La niña vestía un camisón de la más fina seda blanca, tan delicado que parecía una nube.

La niña era de una hermosura conmovedora.

Su piel era tan pálida y perfecta como la porcelana fina, y unos pocos mechones de un rubio platino finísimo  se rizaban en su frente.

Incluso dormida, la longitud de sus pestañas rubias contra la mejilla presagiaba los ojos de azul zafiro de los que oyó cuchichear al personal.

Era de una belleza singular, diferente a cualquier niño que Annie hubiera visto jamás.

—Parece sacada de un cuadro —susurró Annie, con el corazón henchido de una alegría imprevista—. Como un ángel que ha cobrado vida.

La señora Higgins acomodó la manta de seda con destreza.

—Es una criatura excepcional, sin duda. Pero no dejes que la hermosura te distraiga, muchacha.

Tienes mucho que aprender. Como su doncella, tus deberes por ahora se limitan a sus prendas: mantener sus prendas impecables y ayudar en sus mudas.

Yo sigo a cargo de su alimentación y cuidados. ¿Queda claro?

Annie asintió; con los ojos todavía fijos en la niña dormida. No sabía por qué, pero en aquel cuarto de los niños  silencioso sintió un profundo propósito. No era una simple sirvienta; era la protectora de un milagro.