Capítulo PRIMERO Lazos Reales y Reliquias Rotas #2
—No intentaba golpearla —dijo Henry con voz apagada—. Solo pretendía darle al sonajero. No era mi intención…
—La intención de no hacer daño no borra el daño causado —dijo el rey con voz calmada y fría.
Se arrodilló para recoger los pedazos rotos, envolviéndolos en su pañuelo con un cuidado casi ceremonial.
Los sollozos de William se ablandaron convirtiéndose en gemidos ahogados contra el pecho de lord Peter.
Henry bajó el tirachinas, con la mano temblorosa. —Lo arreglaré —dijo en voz baja—. Lo juro.
Lord Peter se le acercó y le puso una mano con suavidad en el hombro; sin enfado, pero con firmeza.
—Tienes fuerza, Henry —dijo—.Pero la fuerza sin prudencia rompe algo más que cristal.
Henry asintió, con los ojos brillantes de vergüenza.
✽✽✽
10 de octubre de 1894
El cuarto de los niños era un retrato de silenciosa opulencia, inundada por la luz suave de una fresca mañana de octubre.
Delicadas cortinas de encaje, cojines bordados y muebles pintados en color marfil adornaban la estancia.
Dos cunas ornamentadas reposaban una al lado de la otra bajo un dosel floral.
Lady Catherine, la marquesa de Halberd Hall, estaba sentada cerca de la cuna de Rose, con aspecto descansado pero alerta.
Vestía un fluido peinador de seda azul pálido; su cabello rubio oscuro dispuesto en un elegante peinado recogido con trenzas.
Una mano enguantada reposaba en su regazo mientras se dirigía al ama de llaves, una sirvienta principal con un vestido negro con delantal almidonado que aguardaba firme junto a la puerta.
—Por favor, informe a la señora Redwick —indicó lady Catherine—. Necesito una doncella personal para Rose. Debe ser elegida hoy mismo. Tiene que presentarse antes del anochecer.
—Sí, mi lady —respondió el ama de llaves, haciendo una reverencia antes de salir discretamente.
Lady Dana, vizcondesa Harrowell, observó la escena con una ceja arqueada. —¿Una doncella? Catherine, ya tiene una enfermera y una niñera. Pueden cambiarla, alimentarla, atenderla. Rose solo tiene cuatro días.
—Exactamente —respondió lady Catherine—. Es entonces cuando la lealtad debe comenzar: cuando todavía es lo suficientemente moldeable. Quiero a alguien que le pertenezca exclusivamente.
—Pasará de mano en mano como cualquier otro niño noble —bromeó lady Dana con ligereza—. No hay necesidad de empezar a construir una corte alrededor de su cuna.
—Mi hija será criada para desenvolverse en este mundo desde el momento en que pueda respirar —argumentó lady Catherine—. Necesitará a alguien en quien confiar, alguien que permanezca a su lado.
Hubo un breve silencio. Lady Dana dirigió la mirada haciasu propia hija, lady Daisy, que yacía cerca en su cuna, balbuceando y pateando felizmente bajo una manta de punto.
—Mi querida Rose, eres sencillamente perfecta —le dijo lady Catherine a su hija con voz suave—. Tu padre estará muy orgulloso. Te convertirás en una dama distinguida y tendrás todas las ventajas.
—Sí, Daisy… Serás la joven más encantadora —apuntó lady Dana, con un tono ligeramente tenso al hablarle a su propia criatura—. Igual que tu madre.
Lady Catherine se giró hacia su hermana con una débil sonrisa. —Es encantadora, Dana. Aunque… Rose parece poseer cierta distinción, incluso a tan temprana edad.
—Todos los bebés son radiantes, Catherine —replicó lady Dana con un tono algo tirante—. Daisy se convertirá en una gran belleza. Y tiene un padre con excelentes contactos.
Lady Catherine mantuvo la calma, con un sutil matiz de firmeza en la voz. —Desde luego, Dana. La posición de Peter en la corte está… más que afianzada. A Rose no le faltará de nada.
—Ya veremos, Catherine —dijo lady Dana, con un destello de tensión en los ojos—. Ya veremos.
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Las dependencias de la Guardia del Rey consistían en un despacho austera y funcional situada en el ala este del palacio de Greyminster.
Las paredes de piedra estaban desnudas, salvo por unos pocos emblemas militares, y una fría luz otoñal procedente de una única ventana confería a la estancia un tono solemne.
En el aire flotaba un ligero aroma a betún y humo de pipa.
El señor Walter Kent permanecía en posición de firme respeto, con las manos a la espalda y una postura calmada y marcial. Delante de él, el rey Edward de Norland se hallaba junto al capitán Alton Graves, capitán de la Guardia Real, revisando un expediente sobre una mesa.
—Señor Kent, su reputación le precede —dijo el rey—. Su servicio en el Cuerpo de Alguaciles Reales y su manejo de… y su manejo de asuntos delicados no ha pasado desapercibido. Su educación en Caerwyn, su discreción, su lealtad. Eso es lo que le ha traído aquí.
El rey cerró el expediente y clavó los ojos en Kent. —Por la presente queda asignado a la seguridad personal de su alteza real, el príncipe Henry. Tiene diez años y es el futuro de esta nación. Su seguridad no es un favor. Es una obligación.
—Majestad, lo comprendo —respondió Walter Kent con voz pausada y precisa—. No le fallaré.
El capitán Graves tomó la palabra a continuación, con tono cortante y formal. —El príncipe Henry es impetuoso, inteligente, imprevisible. Usted será su sombra: discreto, constante, invisible. Todos los informes pasarán por mí y luego llegarán a su majestad. Hay… asuntos delicados en juego.
El rey observó a Kent con atención. —Entiende la discreción, confío en ello. Comprende la importancia de la sangre. De la familia.
—Sí, Majestad —dijo Walter Kent, tensando ligeramente la mandíbula.
—Es un buen muchacho, pero los niños son vulnerables —prosiguió el rey—. Y hay quienes buscarían explotar eso. Manténgalo a salvo, señor Kent. Ese es su deber. Ni más ni menos.
—Lo haré, Majestad.
—Comienza de inmediato —ordenó el capitán Graves—. El príncipe está en los aposentos infantiles. Familiarícese con sus rutinas y con sus… allegados. La discreción ante todo.
—Entendido —respondió Walter Kent, con un atisbo indescifrable en la mirada.
✽✽✽
Walter Kent fue conducido a través de los pasillos del palacio de Greyminster, los cuales resonaban débilmente con los ecos de lejanas campanas y botas lustradas.
La luz otoñal del sol se filtraba a través de altos ventanales de arcos, iluminando paneles artesonados y columnas de mármol.
Más allá, los jardines formales se extendían en geometrías pulcras: arriates de rosas, setos de boj recortados y estatuas de mármol blanco que brillaban contra las hojas doradas.
Walter, el recién designado guardián de la familia real, caminaba en silencio por el largo pasillo este, guiado por un lacayo discreto.
Se detuvieron ante un conjunto de altas puertas pintadas de blanco.
el cuarto de los niños estaba abierto, pero vacía.
La luz del sol penetraba en la estancia desierta, resaltando las hileras de juguetes y botas diminutas ordenadas pulcramente sobre la alfombra.
Se detuvo en el umbral. Una voz clara y calmada le habló desde sus espaldas.
—Debe de ser el nuevo oficial asignado a mi hijo —dijo la reina Eleanor de Norland.
Walter Kent ejecutó una profunda reverencia. —Sí, Majestad.
La reina miró hacia el interior de la guardería vacía. —No está aquí, por supuesto. Sígame; está fuera.
Caminaron juntos por un pasillo lateral y salieron a través de unas ornamentadas puertas de cristal hacia la terraza del palacio.
El aire otoñal era fresco y con olor a hojas secas Más allá de la balaustrada, los jardines reales se extendían en simetría impecable.
Al bajar los escalones, el sonido distante de madera entrechocando resonó en el jardín.
—Henry es un buen chico… pero solo escucha a su padre —comentó la reina—. A mí no, ni a sus tutores. Y desde luego a los guardias tampoco. Puede que lo encuentre… difícil.
Llegaron al borde de una esplanada de piedra»donde el príncipe Henry y lord Charles Kingswell batallaban enérgicamente con espadas de madera tallada.
Sus abrigos estaban polvorientos, las mejillas encendidas y los zapatos arañados con manchas de hierba.
Cada golpe iba acompañado de una concentración aguda y un deleite competitivo.
Walter Kent ralentizó el paso, observando con ligera diversión al joven heredero al trono ya en pie de guerra.
—¡Henry! Ven aquí, querido —exclamó la reina—. Hay alguien a quien me gustaría que conocieras.
—¡Cuando gane este combate! —respondió el príncipe Henry sin volverse.
La reina suspiró y se dirigió a Walter Kent. —¿Ve a lo que me refiero? Ni siquiera obedece a su reina y madre.
—Tomado nota, Majestad —dijo con divertida discreción.
El duelo alcanzó su clímax. Con un golpe seco y triunfal, Henry derribó la espada de las manos de lord Charles. Lord Charles cayó rodando sobre la hierba, riendo.
—¡Voy seis a cuatro, Charles! —exclamó el príncipe Henry—. Admite la derrota.
—¡Solo porque he resbalado, alteza! —replicó lord Charles.
—Henry. Ahora —intervino la reina.
Henry exhaló con un suspiro teatra y se acercó, con el rostro enrojecido, el cabello revuelto y las botas enfangadas. Se detuvo frente a Walter Kent, midiéndolo con la mirada.
—¿Eres un soldado? —preguntó.
—Lo he sido —respondió Walter Kent—. Ahora estoy a tu servicio.
Henry entornó los ojos, estudiándolo como si fuera una pieza de ajedrez. —¿Montas a caballo? —preguntó.
—Muy bien.
—¿Haces esgrima?
—Lo suficiente para mantenerte con vida.
—Henry… no lo pongas a prueba —advirtió la reina.
El príncipe Henry sonrió con evidente deleite. Lord Charles, sacudiéndose la hierba de las mangas, se unió a ellos.
—Puede que no sea tan aburrido como el anterior —le susurró a lord Charles el príncipe Henry.
Walter Kent lo oyó pero no dijo nada, observando la postura del muchacho, su sentido de la distancia y el destello de cálculo oculto tras sus audaces ojos azules.
—Mantenlo cerca —le pidió la reina en voz baja a Walter Kent—. Pero hazle creer que es él quien guía. Es el único modo de que alguien se acerque a su corazón.
—Entendido, Majestad —con una sobria inclinación de cabeza.