Noqueado y enamorado Capítulo 48
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Capítulo 48

Bruno

—Algo me dice que el día va a ser hoy un poco más largo de la cuenta —le dije a Rocío cuando nos metimos en la cocina.

—¿Tú crees? —me preguntó.

—No lo creo, estoy completamente seguro. Y ahora vamos a dejar de pensar en cualquier cosa que no seamos nosotros.

Hice lo que tanto me gustaba hacer, la cogí por la cintura y la subí a la encimera.

La dejé allí mientras iba al fuego y terminaba de hacer lo que estaba haciendo antes de que nos interrumpiera todo. Y no digo solo Coral y mi hermano, lo digo también por la noticia de ese matrimonio.

Me daba pena lo que les había pasado. Nadie debería perder la vida de esa manera, pero en cierto modo habían sido ellos los que no habían intentado solucionarlo.

Ahora mismo, lo que más me preocupaba era Rocío. Lo sentía por el resto y de verdad que me daba mucha pena todo, pero quien me dolía era la mujer que estaba sentada sobre la encimera de nuestra cocina.

Mientras terminé de hacer la comida, ella me estuvo observando callada. Y, de pronto, en ese silencio que se había creado en la cocina, que no era incómodo, todo lo contrario, resultaba agradable, fue como si lleváramos toda la vida haciendo eso.

Pues dentro de ese silencio se me pasó una pregunta por la cabeza. La verdad es que nunca habíamos hablado de nada sobre ese tema.

Eché la pasta en dos platos, me acerqué con ellos en las manos hasta donde estaba sentada. Los dejé a un lado mientras se enfriaban un poco y pensé que no sabía en qué momento iba a ser mejor preguntárselo.

—¿A qué le estás dando vueltas?

Joder, me conocía mejor de lo que imaginaba.

—Qué bueno está esto —dijo cuando cogió el plato que había dejado a su lado.

Le sonreí cogiendo el mío. Cuando lo probé, comprobé que sí, que era cierto que me había salido bueno.

—Estoy esperando a que me lo digas.

Me miró fijamente, con una mirada que decía que esperaba que le dijera la verdad y que no le mintiera.

—Es que se me ha venido a la cabeza que nunca hemos hablado de bodas.

—¿Me estás preguntando si me quiero casar contigo? —me preguntó con una sonrisa contenida.

—No, solo quiero saber si te gustaría casarte.

Vamos, que más o menos era lo mismo.

—La verdad es que nunca había pensado en casarme. Sí en tener familia, pero una boda nunca ha entrado dentro de mis planes. Así que, si me preguntas si me quiero casar, la verdad es que no, por lo menos no por ahora.

Yo tampoco era de los que soñaban con bodas ni nada de eso. Para mí, una boda no significaba mayor compromiso del que tenía, ni por estar casado tampoco la iba a querer más de lo que ya lo hacía.

—A mí tampoco me ha llamado nunca la atención, supongo que si en algún momento nos apetece, siempre podemos hacerlo.

Al final se distrajo un poco de lo que les había pasado a sus jefes y pudo comer. Cogí los platos cuando terminamos y los llevé al fregadero.

—¿Y ahora qué hacemos? —me preguntó cuando llegué de nuevo a su lado.

—¿Qué hacemos con qué?

—No sé, hay tantas cosas por hacer. Vamos a tener un hijo, tenemos que hacer la mudanza —fue enumerando—, está lo de Mateo y Rubén, lo de mi madre, me he quedado sin trabajo y he perdido a dos personas a las que quería mucho.

Bueno, no he perdido solo a dos, he perdido a todos los que tenían que ver con el restaurante.

Como dejara que fuera aumentando la lista, no iba a terminar nunca.

—Cariño, respira, tenemos tiempo de sobra. —Le di un beso en la frente—. Y piensa que hay cosas que están en nuestras manos y cosas que no. Así que vamos a empezar poco a poco y por lo que sí podemos hacer.

Lo primero era hacer la mudanza para que dejara aquel piso cuanto antes. Era una tontería que siguiera pagando cuando no lo estaba utilizando.

Con mi hermano y Rubén nadie podía intervenir. Lo que pasara entre ellos dependía solo de ellos; nosotros solo podíamos estar cerca y apoyarlos si lo necesitaban.

Lo de su madre era distinto. Ojalá estuviera en nuestras manos hacer algo, pero por mucho que la policía la había buscado, no habían dado con ella.

Y esa ausencia era lo que más me inquietaba. No podía vivir tranquilo sabiendo que podía aparecer en cualquier momento, pero tampoco podía dejar de vivir por ello. Supongo que no nos quedaba otra que llevarlo lo mejor que pudiéramos.

El trabajo era otra historia. No le hacía falta, pero la conocía lo suficiente como para saber que iba a necesitar sentirse útil. Podía hacerlo en el gimnasio, llevando la recepción, o en mi empresa. Donde ella quisiera, iba a tener un sitio.

Lo último que había enumerado era lo único que no podíamos arreglar. Ojalá estuviera en nuestras manos recuperar esas vidas, pero no lo estaba.

Solo podía quedarme a su lado y ayudarla a llevar su dolor.

—Tienes razón, lo que importa es que tenemos todo el tiempo del mundo para ir arreglando las cosas que estén en nuestras manos —me dijo sin dejar de pasar los dedos por mi pelo.

Joder, si no estuvieran Hugo y Coral en el salón, le habría hecho el amor en ese momento.

Me moría de ganas de estar en su interior, sentir su respiración acelerada junto a mi oreja mientras me clavaba las uñas en la espalda, aunque donde más me ponía que las clavara era en las nalgas.

—Joder, hoy no nos van a dejar ni respirar —dije con pesadez cuando volvió a sonar el portero.

—Si todo el mundo viene aquí, es porque eres importante para ellos —me sonrió con ternura.

—No te equivoques, que también vienen porque estás tú y te quieren.

Se tenía que dar cuenta de lo importante que era para nosotros y de cuánto la queríamos.

—No te preocupes, lo sé. —Tiró de mi cuello para que agachara la cabeza y la besara.

En ese beso estaba cuando volvieron a tocar.

—Anda, ve a abrir.

—Ya se podía haber levantado mi hermano.

Sonreí al ver quiénes eran. Sí, en plural.

Ya os lo imagináis, ¿verdad?

Lo que no me esperaba era la forma en la que venían.

—Ya te podías haber levantado, Hugo —le dije después de abrir.

Ni lo había mirado cuando le hablé. Sentí llegar a Rocío junto a mí.

—No creo que ni lo haya escuchado.

Miré hacia el sofá y no, yo tampoco creía que lo hubieran escuchado. No por la forma en la que se estaban besando.

—Hugo, Coral, cortaos un poco que vienen Rubén y Mateo.

Sonreí al ver cómo se separaban en el acto.

—Buenas tardes —dijeron al entrar.

Mi hermano, Coral y Rocío se quedaron con la boca abierta. Yo no, porque los había visto por la cámara del portero.

Estos, por lo visto, habían decidido hablar en privado y, después de hacerlo, supongo que quisieron pasar por casa, bien para contárnoslo o bien para preguntar cómo se lo iban a decir a Coral.

Vaya cuarteto estaba hecho.

Me sentí bien al verlos llegar cogidos de la mano y lo que más me gustó fue que no hicieron el intento de esconderlo, sobre todo porque no tenían nada que esconder.

No sé cómo se las arreglaron, pero terminaron quedándose la tarde completa. La tarde y la noche, porque tuvimos que pedir hasta la cena.

Sonreí al ver a mis hermanos felices con sus parejas.

Siempre habíamos sido los tres, desde pequeños. Lo que le pasaba a uno lo sufrían los otros. Es cierto, como he dicho mil veces, que Mateo era un poco más reservado, pero no por ello era menos. Además, con Hugo y conmigo nunca lo fue.

—Te gusta verlos así, ¿verdad? —me preguntó Rocío al sentarse en mis piernas.

—Me gusta, pero más me gusta tenerte aquí conmigo. —Le puse una mano sobre la barriga—. Y me encanta saber que voy a ser padre.

Junté mis labios a los suyos dándole un beso lento, un beso en el que le prometía un futuro lleno de felicidad, un futuro en el que nunca más iba a sentir que estaba sola.

Con eso le hice mil promesas.