Noqueado y enamorado Epílogo
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Epílogo

Rocío

Dieciocho años después…

No podía mirar, de verdad que no.

Y me importaba una mierda ver que estaba protegida, pero no era agradable ver cómo tu hija de diecisiete años se estaba pegando con otra. En realidad, no eran hostias, eran puñetazos.

Eso sí, por muy poco que me gustase, siempre iba a estar junto a ella y la iba a apoyar hasta el final. Pero no la apoyaba solo yo, también lo estaba haciendo toda la familia.

En primera fila estaban sentados mis suegros, esos que se convirtieron para mí en mis padres, en esos que nunca tuve.

Y hablando de padres, antes de seguir hablando de mi familia, de esa que amaba con toda mi alma, os voy a contar rápido qué fue de mi madre. Tampoco me voy a entretener mucho, más que nada porque esa persona no merecía la pena que malgastara ni un segundo de mi tiempo.

No hay misterio, no hay expectativas con ella. Pasó lo que tenía que pasar, que no era otra cosa que se fue de este mundo por una sobredosis.

¿Que si sentí alguna pena o dolor? No. Vamos, que me hubiera dado mucha más pena que hubiera muerto un desconocido antes que ella. Y, si soy sincera, ojalá hubiera muerto mucho antes.

Dicho eso sobre ella, no iba a pensar más en esa mujer.

Manuela, bueno, ella perdió a parte de su familia cuando Fran mató a sus padres. Yo también perdí a parte de la mía.

El caso fue que se dejó consolar por Antonio y, entre consuelo y consuelo, decidieron darse un poco de calor. Eso sí, lo hicieron en el pueblo de él.

Y ahora sí, volvamos a mi familia, esa que estaba hoy allí apoyando a Miranda, que así era como se llamaba mi hija.

Sí, tuve una niña. Mi suegra se salió con la suya y su primera nieta fue la niña que ella tanto había pedido.

Bruno también se salió con la suya cuando dijo que quería que saliera con mi color de ojos. Nació con ellos y no solo eso. Ver a mi hija ahora era como verme a mí con su edad.

Éramos dos calcos. Cuando la gente nos veía por la calle, se creía que éramos hermanas en vez de madre e hija.

Pues eso, que mi hija no podía haber salido en otra cosa al padre. No, qué va, a ella le tenía que gustar este deporte como a él.

Que no era muy buena por ahora, pues no. Había mejores, pero tampoco era de las malas. Yo sabía que iba a llegar lejos en ese mundo y lo iba a hacer porque Miranda era como su padre: le ponía todo su corazón, empeño, ganas y esfuerzo.

Por eso mismo sabía que mi hija iba a llegar lejos.

¿Y a que no sabéis quién la animó? Paco.

Sí, ese viejo gruñón seguía apareciendo por el gimnasio. Vamos, casi no se podía mover, pero él seguía apareciendo.

Luis nos dejó hacía seis años. El día que lo perdimos se nos fue con él un trocito de nuestro corazón, pero, si alguien lo sintió, ese fue mi marido. Ahora os aclaro lo de marido.

Julio, ahí estaba, porque el hombre se conservaba bien y junto a mis suegros estaba sentado viendo la pelea de mi hija.

—¡Dale más fuerte! —Esa voz de pito que sonó animando a mi hija era su primo.

Sí, mi sobrino Ismael, el hijo más pequeño de Coral y Hugo. Esos dos locos se casaron dos años después de haberla liado en Las Vegas. Ellos hicieron lo que se suponía que íbamos a hacer Bruno y yo: disfrutar solos unos años.

Por eso tardaron en tener hijos. Eso sí, después los tuvieron uno detrás de otro.

El primero fue Quique, el niño que me hizo tita.

Un niño que, más que parecer hijo de ellos, parecía hijo de Mateo. Por no decir que la unión que tenían tío y sobrino era envidiable. Lo digo de verdad, Quique pasaba tanto tiempo como podía con su tito Mateo.

Vamos, solo había que verlo. A sus once años estaba sentado en medio de sus tíos, porque Rubén se casó con mi cuñado y juntos seguían.

Pues eso, que encima se juntaba que ellos no tenían hijos, así que tenían a Quique como si fuera suyo.

Ojo, que con esto no quiero decir que al resto de sus sobrinos no los miraran con el mismo amor. A todos los trataban por igual.

Bueno, sigo con los siguientes hijos de Coral y Hugo.

El mediano, Gustavo, y el pequeño, Ismael, uno de nueve años y otro de siete, eran iguales que sus padres. Vamos, que por donde pasaban dejaban huella.

Y por fin creo que me había llegado el turno a mí.

Como bien dije antes, me casé, sí. Pero no penséis que lo hice hace muchos años, no. Dijimos el famoso «sí, quiero» hacía apenas dos, y la verdad, lo hicimos empujados por nuestros hijos.

Fue una boda sencilla. No hubo vestidos, no hubo nada, solo la firma y después nos fuimos a comer toda la familia.

No hubo más.

Como ya sabéis, mi hija Miranda era la mayor. Tampoco penséis que la lista es muy larga, porque no es así.

Y si Coral y Hugo solo habían tenido niños, Bruno y yo solo habíamos tenido niñas.

Tres, para ser más concreta.

Miranda, la mayor, con diecisiete años, esa que estaba en el ring con su padre abajo vigilándolo todo.

La segunda en llegar fue Julia. Ella tenía catorce años.

Y no tenía nada que ver con su hermana. A ella no le gustaba ensuciarse, mucho menos sudar como hacía Miranda.

Y, por último, Rocío, de doce años, la consentida de mi suegro. Vamos, la niña que hacía lo que le daba la gana con él y la que era todo lo contrario a Julia, porque Rocío se iba al taller con su abuelo. Y eso que mi suegro estaba jubilado, pero él seguía yendo.

Y claro, a mi hija le gustaba meter las manos en grasa casi más que respirar.

Y esta era toda mi familia, esa que lo era todo para mí.

Me levanté del asiento y me acerqué a Bruno. Él estaba al lado del ring sin quitarle la vista de encima a nuestra hija.

—¿Cómo va a terminar? —le pregunté.

—Va a perder, pero ha avanzado muchísimo. Estas peleas también sirven para eso, para aprender dónde falla y volver más fuerte.

Me pasó un brazo por encima del hombro y me acercó a él. Le rodeé la cintura con el brazo y apoyé la cabeza sobre su pecho.

Y ahí, los dos abrazados, rodeados de toda la familia, vimos el combate de nuestra hija.