Capítulo 47
Rocío
Me llevé una mano a la boca. No podía ser cierto lo que estaba saliendo por la tele, aunque, en el fondo de mi corazón, siempre esperé algo de ese estilo.
El cuerpo me temblaba sin control y las lágrimas corrían por mis mejillas sin parar.
—¿Qué sucede?
Sentí las manos de Bruno sobre mis hombros.
—La noticia que está saliendo por la tele.
Le señalé con la barbilla para que la mirara con atención.
En esa noticia decían que un hombre joven había acabado con la vida de sus padres, que había cometido un parricidio.
Y el motivo de mi llanto y de mi pena era porque ese matrimonio eran mis jefes.
Por lo visto, había ocurrido durante la madrugada y el mismo Fran había sido el que había llamado a la policía, pero lo había hecho muchas horas después.
Claro, seguramente llamaría cuando se le pasó el subidón, pensé con ironía.
Se lo había pedido y hasta rogado mil veces a Pilar. Que, por favor, lo denunciara para que lo metieran en algún centro, pero nunca me quiso escuchar, ni a mí ni a nadie más.
No me quería ni imaginar cómo estaría la pobre Manuela. Para ella, Pilar era como su hermana. Eran más familia que jefes y empleada, y no solo lo eran para ella.
Durante mucho tiempo ellos fueron lo más cercano que había tenido a una familia.
Dios, cómo dolía y desgarraba ver eso en la tele.
La noticia seguía, pero a mí me dio igual lo que saliera por ella. Estaban haciendo especulaciones, decían unos posibles motivos u otros, pero yo sabía por qué lo había hecho.
—Joder, sabía que ese tío iba a hacer algo muy malo —dijo Bruno mientras me abrazaba por la espalda. Él sabía lo que me dolía y lo importantes que eran para mí—. Eso lo podía ver cualquiera que mirara los ojos de ese tío.
Lo miré por encima de mi hombro, dándole la razón con la mirada.
—Se lo dijimos un millón de veces. Hasta Pepe quería denunciar a su hijo, pero Pilar nunca quiso porque le daba lástima que lo encerraran y ahora mira.
—No podía dejar de llorar, sentía un dolor muy profundo en mi interior—.
Ellos son los que han perdido, porque dentro de unos años ese tío volverá a estar en la calle.
—Si su madre no quiso intentar poner solución, nadie podía hacer nada.
Me giré para tenerlo de frente, le rodeé la cintura con los brazos y él me abrazó fuerte contra su pecho.
Me iba dando besos en la cabeza sin dejar de pasar la palma de su mano por mi espalda, subiéndola y bajándola con caricias de esas que sentías que eran para reconfortar.
Sabía que estaba intentando consolarme, pero en esos momentos mi corazón no tenía consuelo. No cuando era consciente de que dos buenas personas habían perdido la vida a manos de su único hijo.
El portero de casa sonó.
Bruno me soltó para ir a ver quién era. Cuando regresó a mi lado, no me dijo quién era ni yo tampoco pregunté, pero alguien de confianza debía de ser cuando dejó la puerta del piso entreabierta.
Me di cuenta de que lo hizo en cuanto colgó el telefonillo.
Por la puerta apareció Coral con los ojos rojos de haber llorado. No tenía ni idea de si lo había hecho por mis jefes o por todo el lío que tenía encima.
—¿Por qué lloras? —nos preguntamos las dos a la vez.
—Tú primero —volvimos a coincidir al hablar.
Al final, por la coincidencia de nuestras palabras, terminamos riendo. Por lo menos algo de pena nos alivió durante unos segundos.
—Ven aquí, loca mía —le dije abriendo los brazos.
Miré buscando a Bruno y lo vi cerca de la puerta de la cocina. Me guiñó un ojo antes de entrar en ella. Supongo que nos quiso dejar a solas para que pudiéramos hablar.
Aunque yo mucho no tenía que decir por el motivo que me tenía así. Más bien tenía que asimilarlo y aceptarlo, no me quedaba otra.
Y ella, bueno, ella ya me contaría qué era lo que pasaba por esa loca cabecita.
—Vamos a sentarnos. —Tiré de su mano para ir al sofá—. ¿Por qué lloras? —volví a preguntarle.
—¿Te parece poco lo que tengo encima? —me devolvió la pregunta—. ¿Y a ti qué te pasa?
—Primero tú —le contesté—. Dime cómo te sientes o qué es lo que piensas.
—Bruno, puedes salir, me da igual que estés aquí —dijo en voz alta.
Mi chico salió de la cocina. Traía una bandeja con algo de picar y, aunque era consciente de que no era momento para picoteo, era su forma de decirme que tenía que comer algo.
Volvió a ir a la cocina para traernos algo de beber.
—No sé cómo sentirme. ¿Cómo digo que, por un lado, me siento aliviada de que haya pasado esto?
Miré a Bruno y creo que ninguno de los dos sabíamos lo que realmente quería decir.
—No entiendo bien lo que quieres decir —le contesté.
—Está claro que, si estaba con Rubén, era porque me gustaba. Nos llevábamos bien y había química, pero en el fondo los dos sabíamos que lo nuestro no era amor como el que vosotros tenéis.
Estiré la mano para coger la suya y animarla a que siguiera hablando.
—¿Y por qué seguíais juntos si no había ese amor? —le preguntó Bruno.
—No sé, supongo que porque nos sentíamos cómodos. Os juro que al principio pensé que de verdad podía llegar a enamorarme, pero, cuando me presentó a Hugo, sentí como si algo dentro del pecho se me encogiera. Fue algo raro y nuevo, porque eso no lo había sentido nunca y me dio miedo.
Las lágrimas le salían solas y sin control.
Me dio pena. Ella simplemente se había enamorado de otra persona teniendo pareja, y contra eso no podía hacer nada. Por no decir que su novio tampoco sentía amor por ella.
Porque puede que lo que hubiera tenido con mi cuñado Mateo hubiera sido un calentón o no. ¿Quién sabe? Pero lo que estaba claro es que amor por Coral no podía sentir, porque cuando amas a tu pareja no te vas con otra.
—¿Y por qué no hablaste con Hugo? —le pregunté.
—No sé, supongo que por el miedo que sentí. Tampoco sabía si le gustaba o no.
Se estuvo desahogando, soltando todo lo que sentía en su interior y cómo se sentía ella. Cuando se relajó un poco, fue cuando me preguntó qué era lo que me había pasado.
Al contarle de lo que me había enterado, su primera reacción fue taparse la boca con una mano y lo siguiente que dijo fue lo mismo que Bruno y yo habíamos dicho, y lo mismo que pensaba todo el mundo que los conocía.
Un rato después sonó el timbre otra vez. Bruno se volvió a levantar para ir a abrir.
—Me tienes que ayudar. —Esa voz era la de Hugo—. Estoy enamorado de la loca de la amiga de mi cuñada. Me tienes que ayudar a conseguirla sin que perdamos la amistad de Rubén.
Coral, que estaba a mi lado, abrió los ojos de par en par y se tapó la boca con las manos para evitar gritar de emoción.
—Anda, no seas tonta y ve a decirle que tú también lo quieres —la animé.
Pero claro, mi amiga no podía hacer las cosas normales como cualquier otra persona. Lejos de ver mal su manera de actuar, me gustaba, porque eso era lo que la hacía ser ella y no perder su esencia.
—Loca tu prima —le dijo casi con un grito—. Y yo también me he enamorado de ti.
—Joder, tío, me podías haber dicho que estaba ahí —le dijo a su hermano.
—No me has dado tiempo a hablar —le contestó—. Anda, entra y ve con ella. En cuanto a Rubén, algo me dice que no vamos a perder su amistad.
Me levanté del sofá para dejarlos a solas. Necesitaban hablar, decirse el uno al otro cómo se sentían y, sobre todo, darse una oportunidad, porque, cuando el amor es de verdad, tiene que ser vivido, disfrutado y sentido.