Noqueado y enamorado Capítulo 46
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Capítulo 46

Rocío

El regreso a casa fue de lo más movido, principalmente porque regresamos al día siguiente. Ya os podéis imaginar cómo echaron el vuelo de vuelta, más resacosos, imposible.

Entre la mala cara que tenían por los dolores de cabeza y todo lo que habían hecho, porque habían hecho y mucho…

Encarni iba sentada al lado de Fermín. Los dos llevaban unos antifaces de esos que se utilizaban para dormir. Era gracioso verlos porque tenían la cabeza de uno apoyada en la del otro.

Por otro lado iban Paco, Luis y Julio. Creo que estos fueron los que más ganaron de todos y no lo digo por decir. No sé cómo se las arreglaron, que, borrachos como estaban, consiguieron ganar dos manos. Y no dos cualquiera, porque ganaron una buena pasta.

Y, por último, el cuarteto, que iban sentados unos junto a los otros porque no les quedaba más remedio, pero no se miraban a la cara ninguno.

A ver cómo iban a salir de esta, porque estaba claro que algo tendrían que hacer.

Errores cometía todo el mundo, ¿y quién decía que lo de ellos, en vez de un error, no había sido un acierto? ¿No dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad?

A ver, que lo de Coral y Hugo entendía que hubiera podido ser un calentón, pero lo de Mateo y Rubén no me lo esperaba. Ojo, que lo de ellos también había podido ser un calentón, pero para que eso pasara, digo yo que debía de haber entre ellos, como mínimo, atracción.

Supongo que necesitaban un poco más de tiempo, pero arreglarlo, vaya que lo iban a arreglar, porque yo no pensaba vivir con una tensión como la que había ahora.

Miré a Bruno y me lo encontré dormido. Lo normal después del día que había tenido, entre la preparación de la pelea, después esta y, posteriormente, la salida. Que fuera dormido era lo más normal del mundo.

Volví a mirar a cada uno de los que viajaban y, como vi antes, todos estaban dormidos.

Puse mi mano sobre la de Bruno, que la llevaba encima de mi muslo, entrelacé mis dedos con cuidado de no despertarlo, eché la cabeza hacia atrás y no creo que tardara más de dos segundos en quedarme dormida.

Vamos, que nos despertamos porque nos avisó la azafata de que estábamos a punto de aterrizar.

Nos bajamos con los mismos ánimos con los que nos habíamos subido, casi cada uno por su lado.

—¿A esos qué les pasa? —me preguntó Encarni.

No os asombréis de que no se hubiera enterado de nada. Vamos, lo más normal con la que se había pillado. Lo que no habría sido lógico habría sido que se hubiera enterado de algo.

—No tengo ni idea, Bruno y yo los dejamos bebiendo y nos fuimos a la habitación, el pobre estaba muy cansado.

A mí no me correspondía decir nada y, como mi suegra no recordaba ni cómo había llegado a la habitación… Vamos, que ella había pensado que había llegado por su propio pie con su marido.

—Pues algo les ha pasado, porque van demasiado serios.

—Supongo que tienen mal cuerpo después de haber bebido tanto.

Como al aeropuerto llegamos cada uno en nuestros coches, pues así mismo íbamos a regresar.

Miré a Coral y ella dijo que iba a volver con Rubén. Si él la había recogido de su casa, él se iba a encargar de llevarla. Por no decir que cuanto antes cogieran el toro por los cuernos —y nunca mejor dicho—, antes se aclararía todo, pasase lo que tuviera que pasar.

De todos modos, me volví a acercar a ella para preguntarle si quería que la lleváramos nosotros. Insistió en que no y ahí la dejé.

Llegamos a casa y, como era de noche, no hicimos mucho más que coger una pizza de camino, llegar y sentarnos en el sofá a comerla.

—Me cuesta trabajo coordinar los movimientos de la boca hasta para masticar.

Tenía tanto sueño que creo que era capaz de quedarme dormida masticando.

Y no estoy exagerando.

—Cariño, una ducha rápida y directos a la cama.

Ni le protesté. Eso sí, el pelo no me lo lavé en ese momento ni loca. De todos modos lo tenía limpio, por la mañana me lo había lavado antes de salir del hotel.

Creo que fue poner la cabeza sobre la almohada y quedarme más KO de lo que Bruno había dejado a su contrincante.

Abrí los ojos despacio, con mucha pesadez, como cuando los tienes hinchados de tanto dormir.

No tenía ni idea de cuánto había dormido, pero habían sido muchas horas. Buena prueba de ello era la manera en la que sonaban mis tripas.

—Parece que te ha despertado el hambre —me dijo sonriendo.

Ya me había parecido sentir algo sobre mi barriga, y es que había metido una mano por debajo de la camiseta y me la estaba tocando.

Parecía que lo hacía de manera inconsciente, como si no se diera cuenta de que la tenía ahí.

Yo creo que no terminaba de creer que era verdad que estaba embarazada. Normal, no me lo creía ni yo.

No puedo decir que no sabía cómo había pasado, creo que todas las que andáis por aquí, incluida yo, somos demasiado grandecitas para eso de la abejita, así que sí, sabía cómo había pasado.

Lo que no era muy normal es que hubiera pasado tomando la pastilla. En fin, lo mismo se me había olvidado tomar alguna, aunque no me hubiera pasado nunca. Siempre puede haber una primera vez para todo.

—Abre el cajón de la cómoda —le dije.

Quería que viera algo.

—¿Cuál?

—El pequeño que hay a la derecha.

Esa cómoda era de las altas. Arriba de todo tenía dos cajones más pequeños y debajo tenía tres grandes.

—Ahí hay una carpeta azul.

Era en la que estaban todos los informes de lo que me había hecho mi madre y donde también tenía metidos los papeles de la baja.

—Ábrela, estoy segura de que te va a gustar mucho lo que vas a ver.

La sonrisa se le fue marcando en las mejillas conforme iba sacando la ecografía.

—Creo que necesitabas verla para terminar de creerte lo que estás viendo.

Con esa sonrisa y el brillo que habían cogido sus ojos, ahí fue cuando me di cuenta de que era feliz de verdad.

—Parece que eso de disfrutar nosotros solos no va a poder ser.

No lo dijo como reproche, más bien era como si ese cambio le hubiera gustado de verdad.

—Claro que sí, porque va a tener a una abuela que va a desear quedarse con su nieto —contesté.

—Pues ella dice que va a ser una niña.

A mí me daba igual lo que fuese mientras todo fuera bien. Ya sé que es lo que dice todo el mundo, pero ¿no es eso lo que todo padre quiere para su hijo? Más bien, lo que todo buen padre quiere.

—Me da igual, pero que se parezca a ti —le respondí—. Y lo que menos me gustaría que sacara de mí es el color de ojos.

—Pues quiero que los tenga, así al verlos en nuestro hijo te van a gustar y lo vas a amar como yo amo los tuyos.

Me incorporé en la cama para quedar de frente a él.

—Es imposible no amarte. —Lo abracé apoyando la cabeza sobre su hombro.

Las tripas me volvieron a sonar y es que, por lo que parecía, llevaba muchas horas sin comer, porque de la pizza de anoche no es que hubiera comido mucho.

—Arriba, que como tardes mucho en comer, eres capaz de comerme a mí.

—Cariño, a ti te como con o sin hambre —respondí levantándome de la cama.

—Y no sabes lo que me gusta que me comas.

Me abrazó por la espalda para darme un pequeño bocado en la base del cuello.

Mientras entraba en el baño y me volvía a duchar, Bruno se quedó preparando la comida. Vamos, porque eso de desayunar, por la hora que era, mejor lo dejábamos.

Me puse la ropa interior y otra de sus camisetas. No sé qué tenían, pero me encantaba ponérmelas para estar por casa.

Estaba en la cocina ayudando a Bruno con la comida mientras la tele estaba puesta en el salón, por lo que desde allí se podía oír de fondo.

Solté lo que tenía en la mano y corrí al salón, porque en el telediario estaba saliendo una noticia que me dejó conmocionada.