Capítulo 45
Bruno
Lo había conseguido.
Estuve a punto de no lograrlo, pero vino mi chica a darme fuerzas y, entre esas fuerzas, me dijo que iba a ser padre. Sinceramente, era algo que no terminaba de creer.
Sabía que no era mentira, que no me iba a mentir en algo así, pero es que, joder, no me podía creer que lo hubieran tenido en secreto. Y no solo ella, mis padres también.
Lo que no entendía era cómo doña Encarnita se lo había guardado para ella y no lo había gritado a los cuatro vientos, tal y como estaba haciendo ahora. Vamos, que estaba celebrando más que iba a ser abuela que el hecho de que su hijo hubiera ganado el último título.
—Sí, es que lo sabía, mi niño me tenía que hacer la mujer más feliz del mundo —decía sin parar de darme besos por toda la cara.
—¿Cómo has conseguido no decir nada? —le pregunté aguantándome la risa.
—Tu padre y tu novia me tenían amenazada —dijo indignada—. Me dijeron que, si decía algo, no me iban a dejar ver a mi nieta.
—¿Nieta? —le pregunté con una ceja alzada.
—Hijo, os quiero mucho a ti y a tus hermanos, pero ahora quiero tener una nieta.
Reí, porque una cosa era lo que ella quisiera y otra muy distinta lo que fuera, pero si era feliz pensando eso, no iba a ser yo quien le negara esa felicidad.
La celebración allí se nos hizo tarde, pero es que había mucho que celebrar, sobre todo con mi equipo, con esos que habían estado a mi lado desde el primer momento.
Lloré abrazado a ellos y ellos también lo hicieron.
Todo aquello era el fruto de tanto y tanto esfuerzo, de lucha, de constancia, de caerte y de levantarte mil veces.
Porque, aunque te machaques las rodillas de tanto caer, en ti está querer apoyar la palma de la mano en el suelo y no para quedarte ahí, sino para coger impulso y levantarte con más fuerza que nunca.
A mí me había pasado muchas veces y en ninguna me había rendido, porque rendirse no era una palabra que entrara dentro de mi vocabulario.
—Mi muchacho —me dijo Paco abrazado a mí sin dejar de llorar.
Desde luego, como lo había sufrido ese hombre, no lo había sufrido nadie más.
Nos fuimos hacia el túnel donde estaban los vestuarios. Estaba llegando al mío cuando habló Mateo. Sí, Mateo, no me he equivocado.
—Dicen que en esta ciudad no se duerme nunca, pues lo vamos a comprobar esta misma noche.
—Ains, que mi niño se ha puesto enfermo y le ha entrado fiebre.
Mi madre fue hacia él y, haciendo el teatro del mundo, le puso una mano en la frente.
—Mamá, siento ser yo el causante de las malas noticias —comenzó a decir Hugo.
—Ay, hijo, no me asustes y dilo ya.
Negué sonriendo. Parecía mentira que mi madre no conociera todavía a su hijo.
—Lo siento mucho, mamá, pero Mateo…
—¿Qué pasa con mi niño?
—Hugo, deja a tu madre tranquila —saltó mi padre.
—No, deja que diga lo que sea de mi hijo. Se está muriendo y por eso quiere irse de fiesta —dijo con una mano sobre el pecho.
—Que no, que no me muero. Madre mía, qué familia de locos tengo.
—Si no te estás muriendo, ¿qué iba a decir tu hermano?
—Yo qué sé, una de las suyas, me imagino —dijo bufando—. La culpa es tuya por escucharlo.
—Encarnita, que te voy a llamar Dramitas. Joder, que solo iba a decir que lo sentía mucho, pero que Mateo se había venido a mi lado oscuro.
No se quedó nadie sin soltar una carcajada.
—En el lado oscuro desde luego que te vas a quedar, porque te voy a meter en el boquete más oscuro y apartado que haya en el mundo. —Pasó por su lado dándole una colleja.
—Ay, que me vas a dejar tonto. —Se pasó la mano por donde le había dado.
—Tonto eres desde que Bruno te tiró de la cuna cuando intentó sacarte —le contestó Mateo.
—Señores, que nos desviamos de lo que de verdad nos interesa. —Saltó Coral—. Tú, deja de querer llamar la atención. —Señaló a mi hermano—. Bueno, como iba diciendo mi buen amigo Mateo…
Mi hermano la miró con una ceja levantada, porque puede que fueran conocidos, pero tanto como amigos, como que no.
—Tú, a ducharte —me señaló—, y en cuanto termines nos vamos toda la noche de fiesta. Nadie se va a dormir hasta que amanezca y todos estemos borrachos como cubas. Todos menos tú, tú a vigilar por espabilada —le dijo a Rocío.
—Ya podíamos haber venido a Las Vegas en otro momento —se quejó ella de forma graciosa.
Los dejé a todos allí en el pasillo.
A ver, que por mucha confianza que tuviera, no iban a entrar mientras me duchaba.
Estoy bromeando, aunque no hace falta aclararlo. Lo hago por si acaso.
Al salir de allí, lo primero que hicimos fue pasar por el hotel para dejar las bolsas de deporte con la ropa y las cosas que nos habíamos llevado.
Solo subimos a las habitaciones algunos, el resto se quedó en la recepción.
La noche fue bien, pero el desmadre fue aún mejor. Y mucho mejor fue ver cómo se liaba todo, pero a lo grande.
—No podemos dejar que hagan eso —me dijo Rocío mirando a todos.
Bueno, a todos tampoco. Paco, Luis y Julio estaban algo más controlados. Ellos estaban sentados en una mesa de póker echando unas partidas, pero los demás desde luego estaban siendo grabados.
No podía dejar de tener ese material en mis manos. La que se iba a liar cuando se levantaran a la mañana siguiente.
—Te lo digo de verdad, no podemos dejar que hagan esa locura.
La pobre, en vez de reírse, lo estaba pasando muy mal.
—Intenta hacer que entren en razón. Yo lo he hecho y no me han escuchado. —De verdad que lo había intentado.
—Corre, que tu madre se va a ahogar en aquella fuente.
Miré hacia donde me dijo y tenía razón. Y lo peor es que mi padre casi cayó de cabeza intentando sacar a mi madre de aquella fuente.
Llegué hasta ella de puro milagro.
De pronto escuché gritar a Rocío y decirle a su amiga que eso no lo podía hacer.
Yo creo que, para que me entendáis y sepáis qué era lo que estaba pasando, lo mejor que puedo hacer es contar desde el principio.
El caso fue que empezamos a ir a unos cuantos casinos. Yo no bebí alcohol, no quise hacerlo para no dejar sola a Rocío, pero los demás empezaron a mezclar chupitos con otras bebidas.
Ya os podéis imaginar cómo se habían puesto, pero lo hicieron incluso mi madre y mi padre.
Ellos ya sabéis cómo estaban: una casi ahogándose en la fuente y el otro casi con la cabeza abierta al intentar sacar a su mujer.
A los otros tres del equipo también los teníamos localizados y vigilados.
Y ahora era cuando venía lo bueno.
Los cuatro que quedaban… De dos me podía esperar más o menos lo que estaban haciendo, pero de los otros dos me llevé la sorpresa de mi vida.
Y es que ver a tu mejor amigo y a tu hermano mediano dándose un señor beso delante de todo el mundo, pero vamos, uno de esos de película…
Joder, os juro que nunca noté nada en ellos. Vamos, que no tenía por qué notarlo, pero yo qué sé, por lo menos tener la confianza de contarme algo.
No contentos con darse el lote, ojo, que podían hacerlo, cada uno hacía con su vida lo que le daba la gana, pero se suponía que Rubén tenía novia. Aunque no sufráis por ella, que no se quedó de brazos cruzados.
Cuando nos quisimos dar cuenta, ella estaba con los brazos alrededor del cuello de Hugo, haciéndole el boca a boca en toda regla.
Pues, como iba diciendo, Rubén y Mateo dijeron que se iban a casar, pero es que los otros dos también se empeñaron en que se iban a casar.
Y se casaron, vaya que lo hicieron. Menos mal que no eran bodas reales o al día siguiente eran capaces de darse cabezazos contra una pared.
Nos costó la misma vida llevarlos al hotel. Eso sí, no hubo forma de separarlos.
—Por fin —dijo Rocío cuando nos quedamos a solas en nuestra habitación.
Por fin, pensé yo también.