Capítulo 44
Rocío
No sabía que la presentación de los boxeadores fuera tan espectacular ni que hubiera tanta expectación.
Desde luego, aquello era un espectáculo de los que te ponen los pelos de punta y hacen que se te erice hasta la nuca.
Encarni me tenía la mano cogida sobre su pierna.
Cuando nombraron al otro boxeador para que saliera por el pasillo, todos los que estábamos con Bruno nos levantamos para abuchearlo, y no estoy hablando solo de la familia o los amigos; hablaba de medio estadio.
La otra mitad del público que estaba allí, como era normal, estaba con el otro.
—Mira lo chulo que va andando con el cinturón levantado —dijo Coral con desprecio—. ¡FUERA! —gritó tanto que hizo que me tuviera que tapar el oído.
—Eso, preciosa, grita fuerte —la animó Rubén.
Lo miré con las dos cejas levantadas.
—Tú lo que quieres es que me quede afónica para no escucharme en unos días —replicó ella.
—Atentos, que va a salir mi muchacho —dijo Fermín, llamando la atención de todos—. Coral, ahora es cuando tienes que gritar, pero con todas tus fuerzas.
—Eso está hecho, jefe.
Me hacía mucha gracia cuando le decía «jefe» en plan broma.
En cuanto el presentador dijo el nombre de Bruno, nos levantamos gritando con todas nuestras fuerzas para animarlo, pero, como nosotros, también lo hizo la mitad del estadio o como cojones se le llamara a aquello.
Me quedé unos segundos sin habla y con un nudo en la garganta cuando Bruno apareció con esos colores en la bata y en todo el conjunto. Estaba diseñado para que fuese perfecto.
Como iba diciendo, miré a mi suegra y las dos lo supimos.
Todo iba dedicado a nosotras.
Mi color favorito era ese rosa que él llevaba y el de mi suegra era el azul claro.
No hacía falta que nos dijese que nos amaba con palabras, lo acababa de decir sin ellas.
—Qué bonito es lo que ha hecho por vosotras —nos dijo mi amiga, y lo dijo con emoción.
Coral sabía muy bien cómo había sido mi vida y, si había alguien en esta vida que se alegrara de que me pasaran cosas bonitas, esa era ella.
—¡Ánimo, campeón! ¡A por todas, eres el mejor! —Creo que la que se iba a tirar varios días sin hablar iba a ser yo—. ¡Te amo!
Sí, lo grité con todas mis fuerzas. Aunque sabía que era imposible que me oyera, fue como si hubiera sentido dónde estaba.
Nuestras miradas conectaron mientras él seguía andando hacia el cuadrilátero. Me guiñó un ojo y eso para mí lo fue todo.
Dios, cuánto amaba a ese hombre.
—¿Tú sabías esto? —le pregunté a Hugo cuando su hermano se subió al ring.
—No, los diseños de su ropa son algo que hace en secreto. El único que sabe algo es Paco y muchas veces no conoce ni la mayoría de los detalles —me habló sin apartar la mirada de su hermano.
—Esta vez se ha lucido el capullo —dijo en voz alta Mateo.
—Y que lo digas, te digo yo que a partir de hoy va a marcar una nueva tendencia con los diseños —corroboró Rubén.
—Desde luego, después de hoy se van a pegar tortas por un diseño de su marca —pronunció Luis.
Es que no habían sido solo los colores; por lo visto, eran los diseños. Tampoco me hagáis mucho caso, que yo de eso seguía entendiendo poco.
Podía ver cómo en el ring Julio le iba echando vaselina en las cejas, los pómulos y el puente de la nariz.
Por lo que me había contado Bruno, echarse vaselina en esas tres zonas era una de las cosas más importantes. Por lo visto, con ella se evitaba que los boxeadores se hicieran cortes en la cara, y es que la función era simple.
Al hacer contacto el guante con la piel de esa zona, este resbalaba y evitaba que la piel se rompiera.
A ver, no nos equivoquemos, ayudaba mucho, pero milagrosa no era y algún que otro corte siempre podía haber.
Paco estaba a su lado y, por lo que parecía, le estaba dando uno de esos discursos motivadores, de esos que a él tanto le gustaba dar.
En cuanto Julio terminó de echarle ese producto, Bruno comenzó a dar pequeños saltos en el mismo lugar, a mover el cuello de un lado para otro, vamos, lo que se dice calentar.
En el momento en el que Julio le quitó la bata y le puso el protector bucal, se me encogió el estómago y era algo que sabía que no se me iba a ir hasta que no terminara todo.
El combate era a doce asaltos. Cada uno de ellos duraba tres minutos y, entre uno y otro, descansaban un minuto, eso si ninguno de los dos dejaba KO al contrincante antes.
Hasta ahí podía decir. En qué se basaban para puntuar o cualquier otra cosa, no tenía ni idea.
Si os digo que me tiré casi toda la pelea con un ojo abierto y otro cerrado, seguro que no me creéis, pero os prometo que era verdad.
Quedaban tres asaltos cuando, con un golpe de su adversario, cayó sobre la lona.
Comencé a llorar al ver que no se levantaba.
El árbitro iba contando. Iba por el siete y seguía sin levantarse.
Me importó una mierda todo. Salté y corrí hacia donde estaba. No me iba a subir ni nada por el estilo, pero tenía que lograr que me oyera con claridad.
—Levanta, no me has hecho venir aquí para ver cómo te derriban —le gritaba para que me oyera—. Bruno, arriba, joder.
—Bruno, escucha a Rocío, ¿vas a mandar todo a la mierda? —le gritaba Paco.
Me volví hacia el público y los animé para que corearan su nombre.
Madre mía, nunca hubiera pensado que diez segundos contados por una persona dieran para tanto.
Tres, dijo el árbitro.
Y grité el secreto que estaba guardando, ese que mis suegros me habían ayudado a mantener en secreto, ese que me costó la misma vida no confesarle cuando me lo preguntó unas semanas atrás.
—Se lo debes a tu hijo. Estoy embarazada, levántate y demuéstrame que estás feliz por la llegada del bebé. ¡Bruno, joder!
Paco y Julio me miraron con los ojos muy abiertos.
Fue en ese momento cuando mi chico clavó los puños en el suelo, levantó la cabeza y el pecho, por lo que la cuenta del árbitro se detuvo.
—¿Es verdad?
Asentí llorando.
—Te lo prometo. No te lo quise decir antes para que no te desconcentraras y ahora levanta y gana. Nos lo debes.
No me debía nada, pero lo tenía que incitar como fuese necesario.
—Ya sabes que, para hacerte con el título después de esto, tienes que noquearlo. De lo contrario, te saca ventaja por haberte derribado —le dijo Paco mientras Julio lo iba refrescando.
—Sé que puedes, cariño —le repetí—. Te amo.
La pelea volvió a comenzar para disputar los tres asaltos que quedaban.
Y no fue suerte. No fue otra cosa que años de lucha y sacrificio los que hicieron que, en el undécimo, Bruno dejara KO al otro boxeador.
Que el otro también llevaba mucho esfuerzo a cuestas, no lo niego. Y que podía haber ganado, tampoco lo niego.
Pero ganó Bruno.
Ganó su cuarto cinturón, el que le quedaba para ser el campeón indiscutible. Solo por ver lo feliz que estaba, solo por eso, todo el sufrimiento había merecido la pena.
Fue al levantar los puños, cuando lo proclamaron campeón, cuando me di cuenta de que los guantes y las botas tenían mi nombre y el de mi suegra grabados.
Había tenido en cuenta hasta el más mínimo detalle.
—Vamos, todos arriba a celebrar con mi muchacho —nos animó Paco.
Subimos todos, pero a la primera que se acercó fue a mí.
—Te amo, cariño, eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Me había cogido por la cintura y se había puesto a dar vueltas sobre sí mismo.
—Te amo, vida.
Le llené la cara de besos.
—¡Voy a ser padre! Así que tenemos que celebrarlo doblemente —dijo en voz alta.
Fue ahí cuando se desató la locura.
Todo el mundo se nos echó encima para felicitarnos.