Noqueado y enamorado Capítulo 43
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Capítulo 43

Rocío

No lo había podido ver todavía.

En esos momentos estaba en su vestuario. Paco le estaba colocando las vendas ante el comisario de la organización y el árbitro. Solo estaban ellos cuatro dentro.

Por lo que me había contado Bruno, había que hacerlo así. Después, cada uno de esos hombres tenía que firmar esas vendas.

Normalmente, se las solían poner unas dos horas antes de la pelea. Lo que dejaban para casi el último momento era la colocación de los guantes. Estos también se tenían que poner bajo la supervisión de esos hombres y también tenían que ser sellados por ellos.

Eran las reglas y se tenían que cumplir al pie de la letra si no querías ser descalificado. En fin, eran tantas cosas las que se tenían que llevar a cabo que, para una persona como yo, que no entendía nada de todo eso, costaba encontrar la lógica del porqué de cada cosa.

Julio, Luis y Rubén estaban en el pasillo que daba a los vestuarios. Hugo estaba justo a mi lado, en la misma puerta. Él estaba allí conmigo para hacerme compañía y yo lo estaba porque Bruno había pedido que, cuando salieran todos de allí y lo dejaran solo, entrara.

—Tranquila, lo va a hacer muy bien.

Por muchas veces que me lo repitiera mi cuñado, no iba a hacer que estuviera menos nerviosa.

—No lo puedo evitar, sé que va a ser un combate muy duro y que, gane o pierda, va a recibir muchos golpes.

Solo de pensar en todo lo que iba a sufrir se me encogía el corazón.

—Ven aquí, novatilla mía.

Tiró de mi mano hasta hacer que mi cuerpo chocara con el suyo. Me abrazó rodeándome los hombros. Y ahí, con la frente apoyada en el centro de su pecho, dejé salir alguna que otra lágrima.

Era mi forma de soltar el miedo y los nervios.

Ay, Dios, que no me veía preparada para eso. Con ese abrazo me fui tranquilizando un poco. Bueno, un poco no, bastante.

No tenía ni idea de qué tenían los brazos de Hugo, pero me hacían sentir bien. A ver, que no cambiaba los brazos de Bruno por los de nadie, pero era verdad que mi cuñado siempre me había hecho sentir bien con sus abrazos.

—¿Mejor?

Me pasó la palma de la mano repetidas veces por la espalda. Era su manera de reconfortarme o hacer que me relajara un poco.

—Mucho mejor. Creo que a partir de ahora, en vez de llamarte por tu nombre o cuñado, te voy a llamar Valeriana. —Me contuve para no soltar una carcajada.

—Serás hija de tu madre.

—Tranquilo, lo puedes decir sin cortarte: una hija de puta.

Vamos, estaría bueno que a esas alturas me ofendiera por eso.

Lo primero, porque sabía que sus palabras no iban con maldad, y lo segundo, porque iba a decir una gran verdad.

—No sabía que mi cuñada era tan capulla.

—Yo tampoco lo sabía, más que nada porque no sabía que Mateo tenía novia.

Reí.

Hugo negó resoplando. No tenía otro momento mi cuñado para parecer responsable. Que sí, sabía de sobra que lo era, pero vosotras entendéis por dónde quiero ir.

La puerta de donde estaba Bruno se abrió. De allí salieron dos hombres que no conocía de nada y, detrás de ellos, Paco. Este se detuvo delante de nosotros.

—Puedes pasar cuando quieras —me dijo.

Fui a dar un paso para entrar, pero me detuvo antes de hacerlo.

—Que esté lo más tranquilo posible.

Asentí.

Vamos, como si tenía que tragarme los nudos como pelotas de tenis, que me iba a mostrar como la persona más serena del mundo ante él.

Entré en silencio. No me oyó hacerlo.

Bruno estaba sentado en una camilla de esas que son para masajes, pero no estaba puesta tan alta, tenía un poco menos de altura.

Las piernas las tenía en el suelo. Estaba sin camiseta, con unos pantalones normales de deporte, de esos que se ponía para entrenar o para estar por casa.

Estaba claro que todavía no se había puesto los que iba a llevar para salir.

Se miraba las manos concentrado. No sé qué era lo que le estaba pasando por la cabeza, pero el caso es que no se dio cuenta de que había entrado hasta que cerré la puerta a mis espaldas.

—Hola. —Me acerqué a él con una sonrisa—. Parece que Paco se ha esmerado mucho más esta vez en ponerte las vendas.

Sonrió abriendo las piernas para que me colocara en medio de ellas.

Se volvió a mirar las manos con una sonrisa.

—Siempre se esmera en los combates, yo creo que lo hace para lucirse —dijo bromeando.

Me abrazó por la cintura y le rodeé los hombros. Bruno apoyó la frente en el centro de mi pecho. No lo escuché, pero sí vi cómo respiraba profundamente. Con el movimiento de sus hombros no me hizo falta nada más.

Le besé la cabeza. Cuando separé mis labios, empecé a acariciarle el pelo. Sabía que le encantaba que lo hiciera y que lo relajaba mucho.

Llevábamos un rato así, tanto que tuve que cambiar el peso de un pie a otro. Me dolían las piernas de estar de pie sin moverme. No era lo mismo andar de un lado para otro que quedarte en el mismo sitio.

—Ven, siéntate a horcajadas.

Me hizo moverme un poco a un lado, solo lo justo para que él pudiera cerrar las piernas. Después volvió a tirar de mí para que me sentara sobre él.

Quedamos uno frente al otro. Dejé caer mi mejilla sobre su hombro, Bruno apoyó su frente en el mío y así, en silencio, escuchando solo la respiración del otro, nos quedamos hasta que tocaron en la puerta.

—Es la hora, vengo a por mi chica. —Fue Hugo el que entró.

Me bajé de las piernas de Bruno.

—Ganes o no, no dudes que eres el mejor y que todos estamos muy orgullosos de ti —le dije antes de besarlo.

Fue un beso rápido, de esos que no necesitan mucho tiempo para demostrar los sentimientos.

—Hermano, nos vemos fuera. Sabes que no te voy a desear suerte porque esto no se trata de eso, se trata de trabajo y esfuerzo, y de eso tú sabes de sobra.

Bruno se levantó de donde estaba sentado y los dos hermanos se dieron un abrazo.

—Gracias, nos vemos. Y, Hugo… —Nos detuvimos antes de salir—. Cuídamela.

Volví a ir hacia él, lo abracé colgándome de su cuello y, sobre sus labios, le dije lo que sentía por él.

—Te amo por encima de todo.

Me estrechó fuerte contra su cuerpo.

—Yo también te amo, más que a nada —susurró sobre mis labios antes de profundizar el beso.

—Nos tenemos que ir ya, te tienes que vestir antes de que vengan para los guantes.

Fue entonces cuando nos despedimos.

Al salir, me tropecé con Paco y el resto de su equipo.

—Paco, por tu madre, no dejes que le pase nada. A la mierda el título y todo, lo único que importa es él.

Paco sabía muy bien que me refería a que, si tenía que tirar la toalla, lo hiciera sin pensarlo. Antes que cualquier cosa estaba su salud.

—Tranquila, mi muchacho va antes que cualquier cosa.

Me quedé mucho más tranquila cuando me dijo eso.

Hugo me llevó de la mano y, como cuando entré en ese lugar todavía estaba cerrado y sin luces, cuando salí y vi todo lo que había allí montado, no me lo podía creer.

Aquello era mucho más de lo que me había imaginado. Era incluso mucho más de lo que había visto en vídeos que había buscado por internet.

—Impresiona, ¿verdad? —me preguntó Hugo con una sonrisa.

—Creo que te quedas corto.

Me llevó andando por unos huecos que había entre los asientos.

La verdad, más cerca del ring no podía estar. Iba tan distraída mirándolo todo que ni cuenta me había dado de que los demás estaban allí sentados. Pero vamos, todos menos Paco y Julio.

Julio se quedaba al lado de Paco en la esquina que le tocaría. Julio era su cutman , así que en esos momentos era uno de los más importantes que tenía que haber con él.

—Joder, tía, no veas cómo impresiona todo esto —dijo mi amiga.

—Mucho —corroboré.

Miré a mis suegros. Se notaba que estaban nerviosos y preocupados.

—Os prometo que todo va a salir perfecto —les dije con una sonrisa tranquilizadora.