Capítulo 42
Bruno
—No, no, me niego. Es mucho más, nos negamos todos —se quejó Paco.
No protestó él solo, lo hicieron todos menos Hugo y Rubén. Y yo creo que esos dos no lo hicieron porque les gustaba dar por culo.
—Sois unos aburridos, solo son unas canciones —se defendió Coral.
Las protestas venían porque ella quería que fuésemos cantando unas canciones.
Pero no unas canciones cualquiera o modernas, no. Ella, en vez de parecer que iba en un autobús con adultos, parecía que iba en uno de niños de primaria.
Mucha lógica no tenía ir cantando la canción de «Vamos a contar mentiras», os he dicho esa por poneros un ejemplo.
—Coral, relájate un poco, que te van a tirar del autobús en marcha —le dijo Rocío, que iba sentada a mi lado.
Iba a aprovechar el máximo tiempo posible con Rocío. A partir de mañana me esperaban unos días de locos.
Que si peso, que por cierto hacía dos semanas, cuando me pesé, había bajado medio kilo y no me lo podía permitir.
Supongo que fue lo más normal. Aunque siguiera comiendo las mismas cantidades de siempre, era verdad que había incrementado el deporte, por lo que quemaba mucho más.
Lo pude solucionar aumentando las calorías que tenía que consumir.
Como iba diciendo, no me iba a separar de ella si no era estrictamente necesario.
—¿Estás bien?
Iba sentada a mi lado, con la cabeza apoyada en mi brazo y nuestras manos entrelazadas.
—Sí, solo con un poco de sueño.
Aunque teníamos mucho sueño cuando nos acostamos, era verdad que nos desvelamos y nos costó volver a quedarnos dormidos.
Moví el brazo para pasarlo detrás de sus hombros y que apoyara la cabeza en mi pecho. Así iba a ir un poco más cómoda.
Era increíble todo lo que nos había cambiado la vida en tan poco tiempo, y lo había hecho en muchos aspectos.
Por lo pronto, desde que su madre le dio la paliza, no se había vuelto a quedar sola en su piso, y no tenía nada que ver con el miedo que pudiera tener o no.
Fue porque al principio se quedó con mi madre y después, cuando entró por la puerta de mi piso, no había vuelto a salir.
Poco a poco se había ido trayendo la ropa y ahora mismo creo que tenía más en mi casa que en la suya. Había hablado con ella para que, cuando regresáramos, dejara su piso y se mudara definitivamente al mío.
Aparte de que era mucho más grande, era de mi propiedad. Fue una de las primeras cosas que me compré cuando comencé a ganar dinero de verdad.
Y el suyo lo tenía de alquiler. Era una tontería que siguiera pagando si no lo estaba utilizando.
—Esta noche seguro que dormimos mejor. De todos modos, intenta dormir algo.
Le di un beso en la cabeza.
No sabía si es que todos habíamos dormido mal o si, cuando Coral se calló, todo el mundo se relajó y pudo respirar tranquilo. El caso es que creo que todos nos quedamos dormidos, o eso fue lo que sentí.
De pronto, todo se quedó en silencio y, cuando me quise dar cuenta, estábamos a pocos kilómetros del tan famoso cartel que decía «Bienvenidos a Las Vegas».
—Atento todo el mundo —los llamé—, estamos a punto de entrar en la ciudad que nunca duerme.
Y no, no dormía nunca.
Ya había peleado dos veces más en ese mismo ring. No solo se combatía por el título al que yo aspiraba, también se disputaban muchas otras categorías.
La primera vez fue la peor. En cuanto terminó la pelea, mi hermano, Rubén y yo nos fuimos a conocer la verdadera Vegas.
Y vaya si la conocimos. Tanto, que hoy en día sigo teniendo lagunas de aquella noche. Vamos, que un poco más y terminamos como esos amigos de esa famosa película.
La segunda vez también salimos de fiesta, pero no fue tan a lo bestia. Esta vez imaginaba que algo haríamos, aunque estaba claro que sería distinto. O por lo menos eso pensaba yo.
Porque en el grupo había tres que mejor no pensar en lo que eran capaces de hacer.
—Mira, cariño —le dije en voz baja—, el cartel que tanto sale en las fotos.
Se despertaron todos. A unos les costó más que a otros, pero, para cuando fuimos a cruzar, todos estaban atentos, sobre todo los que no habían venido nunca.
—Es una pasada verlo en directo —dijo en voz baja Rocío.
—Yo me tengo que casar aquí —dijo Coral mirando para todos lados—. Lo venía pensando desde casa, pero lo tengo más que decidido.
Miré a mi amigo, él me miró sonriendo y encogiéndose de hombros.
El autobús nos dejó justo en la puerta del hotel. Once personas bajamos de él.
Es cierto que allí podían venir grupos grandes, pero el caso es que creo que me reconocieron por los carteles.
Allí no era igual que en España, allí daban publicidad a lo bestia y mi cara estaba puesta en muchísimos lugares. Estaba la mía y la de mi adversario.
Tenía que ganar. En mi mente no cabía otra posibilidad, de verdad que no contemplaba otro resultado que no fuera el de ganador.
Que lo mismo pensaría mi contrincante, pues sí, pero yo iba a pensar a lo grande. Hasta ahora me había funcionado y esta vez no iba a ser menos.
—Madre mía, que voy junto a un famoso y yo sin saberlo —soltó de pronto Coral al bajarse del autobús.
—No seas tonta, vas con Bruno y con todos los demás. —Por una vez mi amigo no le siguió la corriente.
Él sabía muy bien que no me gustaba que me vieran así. No porque estuviese mal, sino porque yo no me veía de esa manera. Yo me seguía viendo como Bruno, ese muchacho que se crio en el pueblo muy feliz.
Era verdad que mi rostro era bien conocido en ese mundo. Era verdad también que mi nombre había salido muchas veces en las noticias deportivas de España y de muchos otros países.
Pero, como he dicho, yo era solo Bruno.
Le guiñé un ojo al pasar por su lado. Llevaba a Rocío de mi mano y, al otro lado, iban mis padres caminando de la misma manera en la que yo lo estaba haciendo con mi chica.
Como el día anterior, cada uno cogió las llaves de su habitación. Al ser casi la hora de la comida, decidimos vernos en el comedor en media hora.
—Uf —resoplé—. Necesitaba un poco de paz —le dije a Rocío dejándome caer de espaldas sobre la cama.
Un brazo me lo puse detrás de la cabeza y con el otro me tapé la cara.
—Creo que te estás empezando a agobiar con tantas personas a tu alrededor.
Se tendió a mi lado, con el codo sobre el colchón y la cabeza apoyada en la palma de la mano. Con la otra sentí cómo me acariciaba la mejilla o lo que quedaba de ella libre.
Me quité el brazo de encima para mirarla a la cara.
—Supongo que pensar en todo lo que tengo que hacer en dos días es lo que más me puede agobiar, pero no es por esta vez. Me ha pasado siempre.
Le sonreí para que no pensara que estaba tan mal.
—¿Qué te parece si comemos con todos y después, por la tarde, nos vamos al spa y nos dan una sesión de esas que te dejan superrelajado?
Era imposible que le dijese que no. Solo por la sonrisa con la que me lo había preguntado merecía la pena.
—Me parece muy buena idea.
Levanté un poco la cabeza para llegar a sus labios y besarlos.
Nos levantamos de la cama sin ganas, por lo menos yo. Nos encontramos en el comedor y, como no tenían mesas tan grandes preparadas, nos sentamos en dos grupos.
Creo que, estando allí, todo el mundo empezaba a ser más consciente del motivo por el que habíamos venido.
Nosotros nos sentamos junto a mis padres y a mis hermanos.
—He llegado a un trato con uno de los patrocinadores —comentó mi hermano mientras comíamos—. Si ganas y después haces un anuncio, te vas a llevar una buena cantidad de dinero, y no hablo de poca cosa.
Cuando mi hermano decía eso era porque de verdad iba a merecer la pena.
—Ese anuncio es mío.
Estaba claro que iba a aceptar todas las propuestas de anuncios que salieran. Además, sabía que casi todos tendría que hacerlos rápido, porque había que aprovechar el tirón de estar en lo más alto.
—Así me gusta, que pienses a lo grande —dijo mi padre.
Ese hombre había sido uno de los pilares más importantes en mi vida y en la vida de mis hermanos.
—Cariño, cúbrete bien la cara, que me has salido muy guapo y no quiero que te la estropeen —dijo mi madre.
Lo hizo de esa manera para suavizar un poco los nervios que sentía.
La pobre era una de las que peor lo pasaba. Oye, que me ponía en su lugar y lo podía entender, no es plato de buen gusto ver cómo tu hijo se mata a puñetazos.
—Mamá, no te preocupes, sabes que todo va a estar bien. —Le cogí la mano por encima de la mesa para darle un achuchón.
Al fin y al cabo, iba a hacer lo que llevaba haciendo toda mi vida.