Capítulo 41
Rocío
Doce horas de avión hasta llegar a Los Ángeles y se suponía que después deberíamos haber cogido el autobús que se había contratado para que nos trasladaran a todos juntos.
Éramos demasiados para alquilar coches, por no decir que nos despreocupábamos de todo si nos llevaban.
Como iba diciendo, habíamos llegado con tiempo, por lo que la mayoría decidió pasar el día y la noche en Los Ángeles antes de meternos cuatro o cinco horas más en coche.
—Yo no es por nada, pero iremos a la playa, ¿verdad? —dijo Coral en la puerta del aeropuerto mientras esperábamos a que viniera el autobús.
Hugo se había encargado de organizarlo todo y el mismo autobús que había contratado para que al día siguiente nos trasladaran era el que nos tenía que recoger hoy.
—Niña, después de tantas horas en avión, ¿tienes ganas de ir a la playa? —le dijo mi suegra con una cara de cansancio que no podía con ella.
—Encarni, que no he estado nunca aquí y no creo que lo vuelva a estar, digo yo que tendremos que ver y hacer todo lo que podamos —le replicó ella.
—Pero, chiquilla, algo tendremos que dormir —pronunció Fermín.
—Aquí no duerme nadie, así os tenga que poner palillos en los ojos —volvió a decir.
Cualquiera era el guapo que le llevaba la contraria cuando se ponía así.
—Rubén, recuérdale a tu novia para lo que hemos venido.
Si lo hubiera dicho dirigido a mí, yo lo habría tenido en cuenta, pero Coral no.
A ella le había entrado por un oído y le había salido por otro, vamos, como quien oye piar a un pájaro.
—No necesito que me lo recuerde, lo sé muy bien, Paco. —Uy, ese tono—. Por eso mismo he dicho de ir a la playa y no de fiesta. Y como te pongas pesado con el tema, te ahogo aquí y dejo que te coman los tiburones.
—Esto es una mujer con un par y lo demás son tonterías —le dijo Hugo echándole el brazo por encima—. Coral, te lo digo en serio, deja a tu novio y cásate conmigo, aprovecha que nos podemos casar mañana en Las Vegas.
Algo me decía que este viaje iba a ser una locura.
Levanté la mirada y mis ojos fueron a dar con el causante de que yo estuviera allí.
—No tienes que hacer lo que la loca diga, el que se lo juega todo eres tú —le dije poniendo una mano en el centro de su pecho.
—No me parece mala idea lo de ir a la playa —me contestó abrazándome por los hombros.
—Aparta las manos de mi chica. —Se oyó decir a Rubén—. Lo que tendrías que hacer es comprobar lo del autobús, no sé por qué, pero algo me dice que te han timado.
—A mí nadie me tima.
No podía dejar de sonreír. Si no era por uno, era por otro.
—Rubencito, a mi niño me lo dejas tranquilo. —Hala, encima lo mimaba.
—Mamá, que ha empezado mi hermano —le contestó Mateo.
—Hijo, a la familia se la defiende por encima de todo.
Vamos, que si cometía un asesinato también, según ella.
—No, mamá, eso no es así —le rebatió.
—Calla, capullo, y deja que mamá me defienda.
—Como te dé una patada en el culo, te vas a enterar de quién de los dos es el capullo.
Os juro que estaba con la boca abierta mirando a uno y a otro.
—Es la primera vez que veo a tus hermanos así —dije casi asombrada.
—Pues mucho has tardado en verlo. Algo habrá tenido a Mateo más distraído, porque cuando quiere se suelta un rato.
—Tú y cuántos más como tú para darme esa patada.
—Chicos, ya —les dijo su padre.
Menos mal que uno ponía un poco de cordura.
Giré un poco la cabeza para mirar a mi amiga y me la encontré de nuevo en una guerra de poder con Paco.
—Creo que lo mejor que podías haber hecho era haber venido solo con tu equipo.
Creía que lo había dicho en voz baja, pero por lo que pude comprobar no fue así.
En pocos segundos tenía a mi amiga encima, casi ladrándome como un perro.
—Mira, guapa, no dejo venir solo a Rubén a Las Vegas ni loca. —Me señaló con el dedo—. Y tú tampoco deberías dejarlo.
La miré con las cejas levantadas.
—Coral, si te pagaran por palabras dichas que no valen para nada, creo que serías la mujer más rica del mundo —le dije—. Cuñado, ¿será aquel el autobús? —le pregunté a Hugo.
Es que, a unos metros, había un autobús parado sin moverse y me pareció raro.
—Sí, aquella es la compañía que contraté.
—Pues andando todo el mundo y en fila, que os pueda ir contando para que no se quede nadie atrás.
Locos. Allí estaban como putas cabras.
Madre mía, si el Gobierno tuviera que darles una paga a todos ellos, desde ya os digo que el país se arruinaría por completo.
Pero lo hizo, vaya que lo hizo.
Encarni se puso en la puerta del autobús y no dejó que nadie se montara en él sin llevar el control de quién subía.
Fuimos directos al hotel y, sin deshacer casi la maleta, nos dimos una ducha. Cuando digo «nos dimos», quiero decir Bruno y yo, lo que cada uno hiciera en su habitación era cosa de ellos.
Casi no nos dio tiempo a nada. Ni una hora nos había dado para vernos todos en la recepción del hotel con los trajes de baño puestos.
—Ni respirar nos va a dejar —le dije a Bruno antes de salir de la habitación para ir a su encuentro.
—Está bien esto que vamos a hacer. Si nos quedamos en la habitación y dormimos, nos va a costar mucho acostumbrarnos a este horario —me contestó.
Sabía que tenía razón, pero después de esa ducha, con gusto me hubiera metido en la cama.
—Anda, vamos, ya verás que en cuanto pises la calle te despejas un poco —me dijo tirando de mi mano hacia fuera.
No sé cómo este hombre dormía tan poco, de verdad. Y eso que se machacaba haciendo deporte. Y ya no era eso, era la tranquilidad que se le veía a tan solo tres días de jugarse el título de campeón de campeones.
—No lo entiendo —dije más para mí misma que para él.
—¿El qué no entiendes?
—Cómo puedes estar tranquilo.
—¿Te digo un secreto? —me preguntó—. Lo llevo por dentro y no muestro cómo me siento realmente.
Es verdad que hay muchos tipos de nerviosismo y formas distintas de afrontarlos.
Hay personas que no se pueden estar quietas, a otras les da por comer, a otras por llorar, también las hay que se ponen a gritar y a pelearse con todo el mundo.
Y no nos olvidemos de esas a las que se les coge un pellizco en la boca del estómago y de pronto sienten que se encogen de dolor, por no decir que el corazón se les pone a mil.
Lo sientes latir tan fuerte que parece que lo tienes en la garganta. Era muy angustioso. De esa clase de nervios podía hablar muy bien, eran los que había pasado casi toda mi adolescencia.
—Pues no lo parece, la verdad es que disimulas muy bien —le contesté.
—Estoy acostumbrado a disimularlo. Si me muestro nervioso delante de los chicos, ellos se terminan poniendo igual.
Llegamos a la recepción y ya estaban todos allí.
Menos mal que una cosa que había pensado mi cuñado había sido coger el hotel casi a pie de playa, por lo que no tuvimos que andar mucho.
—Estoy flipando, ¿y no te querías comprar aquel bikini? Mira cómo va todo el mundo —iba diciendo Coral.
Para una vez que decía algo coherente, no le iba a llevar la contraria.
Al final nos vino superbién lo de la playa. Por lo visto, se podían alquilar por horas zonas donde tenían redes para jugar al voleibol y allí que nos fuimos todos.
Y cuando digo todos, es porque fueron todos menos yo. A mí no me dejaron jugar bajo ningún concepto, por lo que no me quedó otra que hacer de árbitro.
¿Y qué pasa con ellos?
Pues eso, que siempre terminan siendo los malos.
—Estás comprada, he marcado —protestó Hugo.
—La ha sacado fuera Mateo —le contesté.
—Hugo, tiene razón —protestó Luis.
—Un punto menos tenéis por protestar tanto. —Señalé a todos los de su equipo.
—Cariño, eres la mejor —casi gritó Bruno.
—Para que después no digan que no está comprada —protestó mi suegra—. Con lo que yo te quiero.
La madre que la parió.
—Cariño —dijo mi suegro refiriéndose a mi suegra—. Deja a la niña, que lo está haciendo muy bien.
Allí se iba a liar la de Dios.
Mira que había tenido mala leche Coral a la hora de hacer los equipos. La miré y estaba a un lado, muerta de risa, viendo a unos y a otros.
Si es que más maldad no se podía tener.
Menos mal que, sobre media tarde, lo dejaron y cada uno se fue a dar un paseo por su cuenta, un paseo o lo que quisieran.
Bruno y yo decidimos quedarnos en la playa en plan relajados. Nos dimos unos cuantos baños y, cuando el sol comenzó a caer, decidimos regresar al hotel.
Fue llegar, darnos otra ducha, pedir algo ligero al servicio de habitaciones para cenar y, antes de darnos cuenta, estábamos metidos dentro de la cama.
Me acurruqué en su pecho. Me había acostumbrado a dormir así y ya no podía hacerlo de otra manera.