Capítulo 40
Bruno
Lo mejor de tener mi propia marca de ropa y casi todo lo que tenía que ver con el mundo del boxeo era que, en ocasiones como esa, podían diseñarme la ropa, los guantes, las botas y hasta el protector bucal tal como les iba indicando.
Lo había pensado mucho. Iba a ser una noche muy especial y, como tal, lo tenía todo calculado hasta el más mínimo detalle.
¿Cambié casi todo el diseño inicial? Sí, lo hice en cuanto Rocío entró en mi vida. Más bien, una vez que todo fue mucho más en serio.
Solo Paco conocía el diseño. No se lo había querido enseñar a nadie y, sinceramente, tampoco me insistían para que lo hiciera. Ellos sabían que nunca me había gustado decir nada antes de tiempo. Era como una especie de ritual para mí o puede que, más bien, una de mis supersticiones.
Puede que fuera una tontería, pero era como me gustaba hacerlo.
Las botas y los guantes llevaban los mismos detalles. No eran cosas ostentosas ni mucho menos. Nunca me había gustado llamar la atención en ese sentido. Lo respetaba, pero no iba conmigo.
—Eso lo tienes que poner de otra manera, que sea más elegante —le dije a mi diseñador.
Tenía a varios en mi equipo, pero Enzo era el que más me gustaba de todos. No porque los otros no fueran buenos, lo eran y mucho. Solo era que Enzo captaba mejor mis ideas y, cuando se trataba de mi ropa, lo quería a él.
Eso por no decir que confiaba plenamente en su discreción y sabía que de su boca no iba a salir nada.
—¿Qué te parece si lo ponemos así?
En un folio en blanco me dibujó las letras tal y como me las había imaginado.
—Así, así es como lo tenía en mi cabeza.
Dios, estaba seguro de que iba a quedar increíble.
En ese momento estábamos dando los últimos retoques a los cambios que le había pedido que hiciera en los guantes.
Iban a ser rosas, pero de ese rosa al que llaman «rosa Barbie». Llevaban los cordones en azul, no uno oscuro, creo que se llamaba azul cielo. No es que yo entendiera mucho de nombres de colores, pero esos me los había aprendido de sobra de tanto hablar con Enzo.
Las botas y el resto de la ropa iban a ir en los mismos colores.
La bata, como era lo más normal, llevaría mi nombre bordado en la espalda. No me gustaba impreso. A mí me gustaba que fuera bordado, de ese modo sabía que no se iba a borrar nunca.
El pantalón también llevaba mi nombre de la misma manera y, como no podía ser de otro modo, el bordado iba con el hilo de ese azul.
Desde luego que mi ropa iba a llamar la atención, pero me daba igual.
Tanto el color como los otros detalles iban a ser en honor a mi madre y a Rocío, porque ese combate se lo iba a dedicar a ellas.
Bueno, a ellas, a todo mi equipo y a mí mismo. Pero, sobre todo, a ellas dos. A una porque me había enseñado a ser el hombre que era y a la otra porque se había metido en mi corazón pisando con fuerza y lo había hecho para quedarse allí hasta mi último aliento.
—Entonces, ¿lo ves bien? —volvió a preguntar.
Volví a mirar los diseños. Levanté el folio, me fijé en cada una de las letras, en su tipografía, y sí, me había encantado el resultado.
En el guante derecho, justo por encima de donde quedaría la muñeca, iba a llevar el nombre de Rocío bordado. Iba a ir en pequeño, porque eso era algo para mí y no para que lo viera el resto del mundo.
Y en la lengüeta de la bota izquierda también.
Lo mismo, pero al contrario, iría con el nombre de mi madre: Encarni. Porque, como le pusiera su nombre completo y se diera cuenta, era capaz de saltar al ring y darme ella misma la paliza.
—Está perfecto. Enzo, por tu madre, supervisa que todo vaya bien.
—Tranquilo, tío. Con los que trabajamos, sabes que son empresas comprometidas, que trabajan muy bien y cumplen todos los plazos.
En cuanto a los materiales que usaban, estaba supertranquilo. Todos tenían que pasar un control de calidad.
—¿Y las modistas? ¿Crees que van bien de tiempo?
Cuando era ropa de uso exclusivo, ya fuese para mí o para cualquier otro boxeador que pagara por ello, contábamos con unas modistas. Esas mujeres no podían tener mejores manos.
Sí es cierto que, cuando era para la ropa de línea, contaba con un taller de costura. Esas mujeres trabajaban en cadena.
—De ellas es de las que menos te tienes que preocupar. —Me sonrió—. La bata ya la tienen terminada, no te puedes ni imaginar cómo ha quedado.
—Me muero de ganas de verla.
Una cosa era verla en dibujo, aunque este estuviera hecho con un buen programa de ordenador, y otra muy distinta era verla en físico.
—Me han dicho que en dos días tienen los pantalones. En cuanto estén, puedes ir a probártelos y que no se te olvide llevarte la coquilla.
La coquilla era un protector genital que nos poníamos. No creo que tenga que explicar para qué era, vamos, que se entendía bastante bien.
—Pues entonces creo que está todo listo.
Nos levantamos de las sillas.
Cuando tenía ese tipo de reuniones, las solía hacer en el despacho que tenía en el gimnasio. Solo había ese, por lo que mi hermano y yo usábamos el mismo.
Hugo sabía que, cuando me reunía con Enzo para mi ropa, no se me podía molestar. Que mi hermano podía ser muy hijo de nuestra madre, pero me respetaba por encima de todo.
—Te llamo para la prueba.
Se fue, pero yo me quedé en el despacho. Quería asegurarme de que mi hermano había reservado todas las habitaciones y los billetes de avión. No nos podíamos permitir que a última hora hubiera algún fallo.
Éramos muchas personas y, sin darnos cuenta, se nos podía olvidar alguien. Y donde era el combate no estaba precisamente a la vuelta de la esquina.
Teníamos que volar hasta Las Vegas.
Los grandes combates se solían llevar a cabo en tres ciudades. En esa ocasión, mi pelea se iba a realizar en el T-Mobile Arena de Las Vegas.
Por eso íbamos a volar cuatro días antes. Antes de pelear, me gustaba llegar con antelación para poder recorrer el entorno, hacerme con el ring y tener el cuerpo descansado para esa noche.
No había ninguna hora establecida como reglamentaria para la disputa, pero era verdad que, por norma general, se solían llevar a cabo por la noche e incluso de madrugada.
La mía, por ejemplo, iba a ser a las tres de la madrugada en Las Vegas. Iba a ser televisada a nivel mundial, por lo que en España la podrían ver a las doce del mediodía, ya que allí había nueve horas menos.
Después de revisarlo todo y quedarme tranquilo, decidí que iba a entrenar un poco con el saco.
Los chicos estaban cada uno con sus cosas y Rocío había quedado con Coral para ir toda la tarde a la playa. Según lo que me había comentado, iba a regresar a casa tarde.
Por lo visto, después se iban a cenar en uno de los restaurantes que había por el paseo marítimo.
Me pareció genial que hiciera esos planes. Le iba a venir muy bien para despejar la mente, habían sido varias cosas las que había vivido en muy poco tiempo.
Eso por no decir que, aunque no dijese nada, no paraba de pensar en dónde podía estar su madre.
—Hombre, hasta que decides ser sociable de nuevo —me dijo Rubén cuando bajé.
Negué riendo mientras iba a coger las vendas. Esta vez solo con ponerme las elásticas iba a tener suficiente, ya que iba a dar simples golpes al saco.
—Estaba asegurándome de que, en Las Vegas, vayas en la misma habitación que Paco.
Él estaba golpeando otro saco que había a un par de metros del que cogí yo. Al oírme decir eso, se detuvo en el instante.
—¿Te estás quedando conmigo?
—No, he decidido que Coral está muy loca y que lo mejor que podemos hacer es dejarla aquí. ¿Te imaginas que la detienen y la dejan allí?
El capullo me conocía y sabía que estaba bromeando.
—Joder, tío, pues por eso mismo la tenemos que llevar.
Reímos a carcajadas.
Yo creo que la detienen y a las dos horas nos estarían rogando que nos la lleváramos.
No, ahora en serio, es verdad que no se cortaba un pelo a la hora de decir las cosas, pero era una de las mejores personas que había conocido.
—Estaba terminando de comprobar que todo estuviera en orden. Sé que Hugo lo hace bien, pero tú sabes cómo soy.
—Lo sé de sobra, como también sé que los nervios empiezan a hacer de las suyas.
Tenía razón. Siempre me pasaba lo mismo dos o tres semanas antes, pero lo más curioso era que, cuando llegaba el combate, me encontraba de lo más tranquilo.