Noqueado y enamorado Capítulo 39
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Capítulo 39

Bruno

Más no me podía estar riendo con lo que me estaba contando Rocío.

—Te prometo que no miento, tu padre no salía de su asombro, pero es que el médico tampoco y yo no sabía dónde meterme —me iba contando mientras preparábamos la cena.

—Sabía que mi madre tenía ganas de ser abuela, pero no me imaginaba hasta qué punto estaba obsesionada.

No podía dejar de reír mientras iba sacando láminas finas de calabacín.

—Cuando el médico me preguntó cuándo había sido mi último periodo, entre que pensé cuándo me tocaba y lo que había hablado por la mañana con ella… —Soltó una carcajada, supongo que estaría recordando de nuevo la cara que había puesto mi madre—. La pobre se empezó a ilusionar.

Es que no podía dejar de reír, imaginando a mi madre en esa situación.

De pronto, fui perdiendo la sonrisa poco a poco.

Dejé el rallador y el calabacín a un lado, me limpié las manos en el trapo de cocina que tenía colgado de un hombro.

—Rocío —la llamé.

Ella estaba cortando las pechugas de pollo en dados.

—Mmm… —No me miró.

—Rocío —insistí para que me mirara—. ¿La prueba ha dado negativa de verdad?

Con esa pregunta fue cuando dejó de cortar el pollo. Dejó el cuchillo a un lado de la tabla y me miró más seria de la cuenta.

—¿Por qué me lo preguntas?

Buena pregunta. Y, en realidad, no tenía una respuesta clara que darle. Tal vez era porque me hacía más ilusión de lo que creía ser padre o simplemente por asegurarme.

Si no lo sabía ni yo, como para decírselo a ella.

—No quiero que pienses que, si te quedaras embarazada, me lo iba a tomar a mal, aunque te haya dicho que me gustaría disfrutar unos años a solas contigo.

Apoyé la cadera contra la encimera, no dejé de observarla y, de pronto, me vi imaginándola con una barriguita redondeada.

Y me gustó mucho la imagen que vi en mi mente.

—Ya te dije que a mí también me gustaría disfrutar contigo antes de tener hijos. —No me gustó la seriedad con la que lo dijo.

—Lo sé, solo quiero que sepas que, si en algún momento falla algo y te quedas embarazada, no quiero que pienses o sientas que es un error, porque nunca sería eso. Sabes lo que quiero decir, ¿verdad?

Me acerqué a ella en dos pasos cortos.

—Nunca pensaría que un hijo mío es un error, independientemente de que estuvieras de acuerdo o no.

Lejos de sentarme mal sus palabras, me gustaron y me hicieron sentir orgulloso.

—Jamás voy a hacerle sentir a mi hijo que no es amado ni deseado. Mi niño nunca se va a sentir tan desprotegido como yo me sentí.

—Sé que, sea cuando sea, vas a ser la mejor madre del mundo y yo voy a ir de la mano contigo. El día que venga, sea buscado o no, va a ser amado y nunca va a sentir otra cosa que no sea amor.

La cogí de la cintura para subirla sobre la encimera. Me gustaba hacer eso, daba igual que fuese allí, en el lavabo o en cualquier superficie donde ella pudiera quedar sentada a mi altura.

Abrió las piernas para dejarme espacio entre ellas. Le rodeé la cintura con un brazo y Rocío me rodeó el cuello con los suyos.

Desde hacía varios días me podía abrazar como siempre le había gustado hacerlo.

—Tú lo has dicho, sea cuando sea, pero por ahora no lo es.

No dejaba de mover los dedos entre los mechones de pelo de mi nuca.

—Así que mi madre va a seguir con ganas de ser abuela —susurré sobre sus labios.

—Por lo que parece, sí. A no ser que alguno de tus hermanos la haga abuela. —Fue bajando las manos desde mi cuello por el centro de mi espalda hasta llegar a la cintura.

—No veo mucho por la labor a Hugo, mucho menos a Mateo.

No, no los veía a ninguno de los dos, pero el que sí estaba por la labor era yo, por lo menos de hacer el intento.

—Yo tampoco me imagino a Hugo con un bebé, creo que la madre de ese niño tendría que cuidar a dos en vez de a uno.

No le podía quitar la razón.

—Y Mateo se tiraría la mitad del tiempo diciendo que no puede comer esto o no puede hacer aquello.

Reí al imaginar a mis hermanos como padres. Serían la noche y el día. Uno dejando que su hijo se revolcara en barro si hacía falta y el otro sin dejar que casi se levantara de la silla para que no se manchara.

—Los estás imaginando, ¿verdad? —me preguntó al verme reír.

—Sí, es que habría un mundo de diferencia entre uno y otro.

Se me cortó la risa de golpe cuando metió las palmas de las manos por dentro de mi pantalón y de la ropa interior.

—Parece que se te ha quitado el hambre —murmuré con los labios pegados a su cuello.

—Más bien me ha entrado hambre de otro tipo. —Ladeó la cabeza para que pudiera besarla mejor.

—No hay cosa en el mundo que me guste más que saciarte en todos los sentidos.

Fui dejando un camino de besos desde su oreja hasta la base del cuello. Le moví hacia un lado el tirante del camisón, dejando su hombro libre.

Lo besé hasta llegar al extremo y deshice el recorrido con la misma lentitud, hasta rozarle el oído con los labios.

—¿Qué te parece si empezamos a practicar lo del niño? —le pregunté antes de darle un pequeño mordisco.

—Eso lo llevamos haciendo desde el principio —contestó riendo.

—Es una cosa que no podemos dejar de practicar o se nos puede olvidar.

Rio más fuerte.

Metí las manos por debajo del camisón y las fui subiendo por sus piernas, arrastrando la tela a su paso y dejando poco a poco su cuerpo desnudo.

—Vaya, esto sí que es una sorpresa —dije humedeciéndome los labios al descubrir que debajo no llevaba absolutamente nada.

—Siempre pienso en ti. —Ronroneó.

Tiró de mi pantalón y de mi ropa interior hacia abajo, dejando que mi pene quedara libre, dispuesto a darle placer y a recibirlo también.

La ropa me quedó un poco más arriba de las rodillas, por lo que solo tuve que mover las piernas para que terminara cayendo al suelo.

Saqué un pie y después el otro. Al mirar hacia donde la apartaba, me di cuenta de que el fuego estaba encendido con una olla de agua.

Madre mía, menos mal que no se había quedado aceite.

Aunque en realidad tampoco hubiera pasado nada, nosotros estábamos allí. Me separé de ella para ir a apagarlo.

—Menos mal que te has dado cuenta —dijo cuando vio lo que hice.

Joder, es que era impresionante la imagen que tenía ante mí.

No me cansaba de verla desnuda y no me iba a cansar nunca.

Todo lo contrario, cuanto más la veía así, más caliente me ponía.

Había hombres que, con el paso del tiempo, dejaban de mirar a sus parejas con deseo. Yo llevaba poco con ella, lo sabía, pero también tenía claro que, por muchos años que pasaran, nunca iba a dejar de mirarla de esa manera.

—¿Cómo puede ser que cada día me parezcas más atractiva?

Le levanté el rostro para que me mirara.

—Puede ser porque ya no tengo morados en la cara ni en el cuerpo.

—Te puedo asegurar que no tiene nada que ver con eso.

Desde luego que no. Por muy destrozada que la hubieran dejado, para mí no perdió atractivo en ningún momento.

Me rodeó la cintura con las piernas. Tiré de sus caderas hacia fuera para dejarla más al filo.

—Pues demuéstramelo.

—Eso ha sonado a reto y yo nunca voy a rechazar uno.

La besé con pasión, con hambre, con saliva, choque de dientes, mordiscos y lenguas midiéndose la fuerza.

Sin dejar de besarla, me cogí el pene por la base y, con la punta, fui acariciándola. Lo movía por toda su abertura, una y otra vez.

Podía sentir el calor que desprendía y la humedad, esa que era imposible no notar, sobre todo porque me había empapado el miembro por completo.

—Bruno, entra ya —dijo con la voz desesperada.

Me gustaba llevarla al límite, provocarla.

—Cariño, qué poco aguante tienes con los juegos.

Fui entrando en ella poco a poco. No tenía prisa, aunque después aumentara la velocidad. Siempre me gustaba adentrarme en su cuerpo con lentitud, dejando que su calor me fuese envolviendo poco a poco.

—Dios…

Cada vez que decía ese Dios, me hacía sentir superior.

No era egocentrismo, era realidad, porque ese Dios se lo provocaba yo al tocarla de esa manera.

Comencé a moverme lento al principio y con más intensidad después. No hubo pausa, no hubo cambio de postura.

No, esta vez.