Noqueado y enamorado Capítulo 38
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Capítulo 38

Rocío

—Que no hace falta que vengas, puedo ir yo sola —le dije a mi suegra.

Y es que se había encabezonado en acompañarme a la revisión del médico, que no era nada del otro mundo, una simple radiografía para saber cómo iba la unión de la rotura.

—Cariño, sabes que voy a ir contigo, así que no insistas más.

Dos semanas habían pasado desde que me empecé a quedar en el piso de Bruno. No puso pegas a que me fuera de casa de su madre, pero no quería que me quedara sola en mi piso.

Y la verdad, a mí me encantaba la idea de quedarme con él en su casa. Y creo que a Bruno también le gustaba tenerme con él.

Pues eso, cuando le dije a Encarni que me iba a quedar con su hijo, lo entendió de sobra. Le agradecía un mundo todo lo que había hecho por mí, cómo me había tratado desde el primer momento, pero yo necesitaba estar más cerca de su hijo.

Estando allí, por lo menos podía ir a verlo de vez en cuando al gimnasio, que al final no era de vez en cuando, iba todas las tardes, por no decir que casi todos los mediodías.

También iba al restaurante, hablaba con los de allí, vamos, que me distraía mucho más. Y es que, si pudiera moverme con el coche, no habría importado seguir allí, pero al no tenerlo, tampoco iba a estar molestando a unos y otros para que me acercaran a la ciudad.

—Está bien, si es lo que quieres, por mí encantada.

Me gustaba mucho su compañía y no era por decir, de verdad que me sentía muy bien junto a ella. Si le había dicho que no viniera, era para que no tuviera que hacer el camino.

—En media hora te recogemos Fermín y yo.

—Pero, Encarni, ¿cómo va a perder Fermín una mañana de trabajo? —le pregunté con apuro.

Dios mío, esta familia me estaba dando tanto sin pedir nada a cambio. Todo lo hacía poniendo el corazón.

—Calla, que de vez en cuando le viene bien descansar alguna mañana. Además, el niño se puede encargar hoy del taller hasta el cierre.

No sería yo la que me metiera en la decisión que tomara mi suegro de cuándo tomarse los días libres que él quisiera.

Me di una ducha, con trabajo y sin lavarme la cabeza. Vamos, que tampoco es que lo necesitara, estaba duchada de la noche anterior, cuando me ayudó Bruno.

Es verdad que cada vez me podía mover con mayor soltura, también podía hacer muchas más cosas. No me quedaba otra que tener paciencia, aunque tenía la esperanza de que me dijeran que podía empezar a trabajar. Sabía que me iban a decir que no, pero por soñar no se pierde nada.

Me puse una falda larga, de esas que son frescas, de cintura baja. Me gustaba mucho cómo me quedaba, eso por no decir su color, que era de un rosa bebé que quitaba el sentido de lo bonita que era.

Para la parte de arriba me puse un top. Era de manga corta, de esa que queda un poco por encima de los codos.

Era pegadito al cuerpo, con el cuello redondo, y me quedaba justo por encima del ombligo, por lo que enseñaba un poco la barriga.

Me puse unas cuñas altas, me maquillé de forma muy sutil y el pelo me lo tuve que dejar suelto, porque peinarme podía ya, pero hacerme las colas altas y estiradas que me gustaban de vez en cuando, todavía no.

Y, como ya sabéis, el perfume fue lo último que me eché antes de salir del piso.

Cerré la puerta con llave.

Cuando salí a la calle, ya estaban mis suegros esperándome.

—Es que no se puede ser más guapa —me dijo Fermín antes de acercarse para abrazarme.

Os juro que este hombre era puro amor. Y no solo hacia su mujer e hijos, es que lo era con todo el mundo, por lo menos así lo percibía yo.

—Eso es que tú me miras con buenos ojos —le contesté besando su mejilla.

—Voy a tener los nietos más guapos del mundo. —También me dio un beso acompañado de un abrazo.

—¿Cómo puedes saberlo sin que tus hijos tengan novia? —Me estaba aguantando la risa—. ¿Y si las novias que se echan no son muy agraciadas, las pobres?

—Yo hablo de los hijos que tengas con mi hijo.

Ese era un tema que le tocaba mucho.

Lo sabía porque Bruno me había dicho que su madre siempre estaba con el tema de que se tenía que buscar pareja y formar su familia.

—Pues como aceptes como nietos a un perro y a un gato, no sé yo, porque ninguno de los dos queremos tener hijos.

Me miró con cara de asesina, os lo juro. Eso sí, con cara de asesina graciosa.

—No me vais a dejar sin nietos, vaya que no. —Miró a su marido y este me miró a mí guiñándome un ojo—. Mira, si queréis, solo debéis tenerlo, después me hago cargo yo de cuidarlo.

Negué sonriendo.

—Tú lo que quieres es tener a un bebé. Te digo que, si montas una guardería, terminas antes.

—Tururú.

Ese tururú vino acompañado de una pedorreta que hizo poniendo los dedos alrededor de sus labios.

—Yo quiero nietos, mis propios nietos, no cuidar los de otros.

No podía dejar de reír al ver cómo se montaba en el coche sin dejar de refunfuñar.

Lo hacía tan bajo que ni se le llegaba a entender.

—Buena la has hecho —me dijo Fermín cuando ya estábamos los tres montados en el coche—, con las ganas que tiene de ser abuela.

La miré y, en el fondo, me dio un poco de pena, así que decidí decirle lo que habíamos hablado su hijo y yo.

—A ver, Encarni, nietos sí tendrás, mujer. Además, yo quiero ser madre y tu hijo también quiere ser padre. Pero es verdad que hemos hablado de que nos gustaría serlo dentro de muchos años. —La mujer seguía negando con la cabeza—. Es que antes queremos disfrutar los dos solos.

—Eso no me consuela. —Uy, que yo no sabía que de verdad era tan sensible con ese tema—. Dentro de unos años me habré muerto.

Lo sentí, pero la carcajada no la pude controlar.

—No sabía que eras tan melodramática —le dije con respeto y porque tenía confianza con ella—. Bueno, todavía es pronto, así que no le des más vueltas por ahora.

—No, vueltas no le voy a dar, simplemente me voy a poner en plan pesada con vosotros hasta que me deis la noticia.

Madre mía, que me estaba viendo venir que esta mujer iba a estar a pico y pala cada vez que nos viera.

—Unos tapones para los oídos me compro para cuando vaya a tu casa —le dije de broma.

—Niña, no des esa idea delante de mis hijos, que son capaces de tomarla al pie de la letra —me dijo mi suegro, siguiéndome el juego con la broma.

—Vosotros reíros, pero os digo yo que antes de tres años —levantó un dedo, vamos, que lo estaba dejando claro—, y estoy diciendo mucho tiempo, voy a tener a mi niño o niña entre mis brazos.

Ja, pues mío seguro que no iba a ser.

—Pues como no sea de Hugo o Mateo, no sé yo.

—Ya veremos.

Madre mía, cabezota era un rato y grande.

Dejamos la conversación ahí, porque ninguna de las dos estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. Esto era como la pescadilla que se muerde la cola o como el símbolo del infinito, no tenía fin.

Llegamos al hospital. Fermín nos dejó en la puerta mientras él fue a aparcar.

Por lo que parecía, iban con retraso. Vamos, por lo que parecía, no; es que entré en la consulta casi una hora y media tarde.

—Anda, dónde estáis perdiendo la mañana —les dije resoplando.

—No la estamos perdiendo, te estamos acompañando —me contestó Fermín.

Y mi suegra no dijo nada porque me llamaron para que pasara a la consulta.

—Buenos días —nos dijo un doctor algo mayor. Vamos, decir mayor era quedarse corto, ese hombre estaba para la jubilación—. Rocío, ¿verdad?

Uy, que este hombre no me daba mucha confianza.

—Sí.

—Bien, cuéntame qué es lo que te ha pasado.

Lo miré incrédula.

¿No se supone que eso lo tenía en el informe? Miré a los padres de Bruno, me encogí de hombros resignada y comencé a contarle todo lo que me había pasado.

—Vale, ¿cuándo tuviste tu último periodo?

Abrí mucho los ojos.

—Necesito saberlo antes de hacerte una placa.

A ver, que no cunda el pánico.

Lo tuve una semana después de dejarlo con Alonso. De todos modos, llevaba tres meses sin mantener relaciones con él.

Después de eso no la había tenido, pero es que no me preocupaba porque a mí se me atrasaba de vez en cuando.

Encarni me miró con esperanza en los ojos.

Negué sonriendo.

Esta mujer no se iba a rendir fácilmente.