Noqueado y enamorado Capítulo 37
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Capítulo 37

Rocío

—Me hacen falta bikinis —me dijo Coral nada más salir del gimnasio.

—A mí también, ya hace unos cuantos veranos que no me compro ninguno, creo que por fin toca este año.

Y tanto que me tocaba. Antes no me los compraba porque cada céntimo que ganaba iba destinado a mantenernos a Alonso y a mí, porque no solo me encargaba de los gastos del piso y la comida, sino que también le costeaba cualquier capricho que se le antojara. Hasta el teléfono le pagaba.

Y tenía valor la madre para venir y reclamarme, en fin.

—Pues a donde vamos a ir, conozco una tienda que está en una calle del centro y tiene los bañadores y bikinis más bonitos que hayas visto.

Iba conduciendo, por lo que me miró de reojo. Sabía que detrás de esa mirada se escondían preguntas que quería hacerme, o también podía ser que soltara una de las suyas. Con Coral podía ser cualquier cosa.

—Espero que no sean muy caros. Que me haya quitado de encima a Alonso no quiere decir que no siga teniendo los mismos gastos. —Iba a protestar—. Te recuerdo que no hace mucho fuimos de compras y me obligaste a comprarme toda la ropa interior.

Se rio.

—Pero ¿no me digas que ahora no te alegras de ello? O, más bien, se puede alegrar Brunito.

Estaba fatal, pero me hacía reír como nadie.

—Con el tamaño que tiene mi chico, no creo que Brunito sea el nombre más indicado para llamarlo.

Desde luego que no era lo más indicado.

—No, si Brunito es la cosita que le cuelga entre las piernas.

Menuda carcajada se me escapó. No me esperaba esa respuesta para nada, y mira que con ella estaba acostumbrada a cualquier cosa.

Le iba a seguir la broma y la iba a pinchar un poco.

—No creo que a lo suyo tampoco se le pueda decir Brunito.

Me miró con los ojos de par en par.

—¿Te estás quedando conmigo? —me preguntó casi gritando.

—Para nada. —Me aguanté la risa.

Del tamaño de Bruno no iba a hablar, ni mucho menos comparar. No me parecía bien. Solo iba a decir que tenía más que suficiente.

—Te estás quedando conmigo.

Me encogí de hombros.

—Te vas a quedar con la intriga —le contesté riendo.

—No seas así, yo te digo cómo la tiene Rubén.

La madre que la parió.

—No me interesa saber cómo la tiene tu novio, el mejor amigo de mi novio.

—¿Estás segura de que no te interesa?

La miré con las cejas levantadas, como diciendo: «¿Lo preguntas en serio?»

—Segurísima. Con saber que a ti te hace feliz, tengo más que suficiente.

—Pues me hace muy feliz, de eso puedes estar muy segura. —Iba lenta con el coche porque estaba buscando aparcamiento, aunque por allí iba a estar difícil, por no decir imposible—. Pero en todos los sentidos.

Me hacía tan feliz oírla decir eso.

Muy pocas personas conocían a Coral. No digo conocerla sin más, yo hablo de saber cómo era ella en realidad, de todo lo que guardaba debajo de esa capa de mujer pasota o demasiado loca.

Debajo de lo que mostraba al mundo había una Coral que lo había pasado mal en su vida sentimental. Una vida en la que los hombres de los que había estado enamorada le habían dado más palos que alegrías.

Que sí, que sé que por desgracia no le ha pasado solo a ella, que hay millones y millones de mujeres que han pasado por lo mismo. Ojo, que también hay hombres que han sufrido mucho por culpa de una mujer.

El caso es que debajo de esas sonrisas constantes, de esas palabras sin sentido en muchas ocasiones, se había escondido una mujer herida que solo se permitía el lujo de llorar cuando estaba sola en su casa o delante de mí.

Por eso mismo me emocionaba tanto que dijera esas palabras.

—Y no sabes cuánto me alegro de que te haga feliz. —Le puse una mano en la pierna.

—Sí que sé cuánto te alegras de eso y de mucho más. —Puso su mano sobre la mía.

Coral no solo era la loca de mi amiga; ella había sido y sería mi hermana, la única familia que había conocido de verdad.

Ella y su madre.

Anda que no me había salvado la madre de Coral de palizas de mi madre, sobre todo cuando mi abuela no estaba porque se iba algunas temporadas al pueblo.

Y claro, por muy hija de puta que fuera su hija, era la que decidía por mí, así que, con tal de fastidiar, no dejaba que mi abuela me llevara con ella. Estoy hablando de cuando tenía vacaciones en el colegio.

Y era ahí donde entraba la madre de Coral. No sé cómo se las arreglaba esa mujer, pero conseguía convencer a mi madre para que me dejara irme unos días a su casa.

Por desgracia, murió hacía cuatro años. Nos dejó un vacío muy grande, pero sobre todo se lo dejó a mi amiga, porque era la única familia que tenía, ya que el padre de Coral murió cuando ella era muy pequeña.

Tampoco tenía hermanos. Su madre nunca llegó a rehacer su vida, siempre nos decía que jamás llegaría a amar a otro hombre como había amado a su marido.

Recuerdo que siempre nos decía:

«Espero que algún día encontréis el amor, pero no un amor que te haga creer que estás enamorada. El amor que yo digo se siente; cuando llega, lo sabes porque nace desde lo más profundo de tu ser.

Ahí os daréis cuenta de lo que es amar de verdad y por encima de todo».

Y no es por nada, pero estaba casi segura de que había encontrado ese amor, porque por Bruno sentía todo eso y mucho más.

Por él sentía algo tan dentro de mí que muchas veces me costaba digerirlo, algo que nunca había sentido.

Cada vez que estaba junto a él me hacía sentir más viva que nunca. Bruno era mi media mitad, esa que dicen que todos tenemos, pero que no todos tienen la suerte de encontrar.

Pues eso era él para mí, mi mitad.

—Yo creo que no vas a encontrar aparcamiento —le dije cuando llevaba un rato dando vueltas.

—Mira, allí se va uno. —Señaló un coche que estaba saliendo en ese momento.

—Si lo llego a saber, lo hubiera dicho antes —dije riendo.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer para otro día.

Aparcó en el hueco que dejó el otro coche.

—Vamos a disfrutar de las compras.

Dio una palmada de lo más feliz antes de girarse hacia el asiento de atrás para coger el bolso que tenía allí.

—No, este no me lo compro ni muerta —le dije mirándome en el espejo.

Eso no era un bikini. Lo que me había obligado a ponerme Coral era una declaración de intenciones. De las intenciones de poner a tu pareja más caliente que el palo de un churrero.

La parte de abajo era un tanga, vamos, que me tapaba solo lo que viene siendo el sexo. Y la parte de arriba era sin tirantes. La verdad es que esa parte sí me gustaba como me hacía el pecho.

—No seas tonta, te hace un cuerpazo de escándalo.

Ella se había puesto el mismo modelo que yo, con la diferencia de que el mío era rojo y el suyo blanco.

Y mira que no me gustaban los colores fuertes, pero en ese caso le tenía que dar la razón a mi amiga. Entre el color de mi pelo y el tono de mi piel, que, aunque fuese invierno, siempre tenía un tono tostado, el rojo me quedaba bien.

—Me gusta la parte de arriba, la que no me gusta es la de abajo. —Me giré para volver a mirarme el culo.

—Te digo yo que te queda perfecto —insistió.

Siempre terminaba convenciéndome.

Al final me lo compré. Y no solo ese, me compré algunos más.

De esa tienda fuimos a otra, que no es que fuera muy cara, pero tampoco muy barata, por lo menos para un bolsillo como el mío. Es verdad que de vez en cuando entraba y pecaba con algún gel de baño o una crema corporal.

Es que esa marca de cosmética corporal tenía unas fragancias increíbles y encima todos los veranos sacaba una nueva línea.

—No me gasto ni un céntimo más —le dije cuando salí de esa tienda.

—Ni yo tampoco, creo que me he gastado el presupuesto para tres meses. ¿Quieres un heladito? —me preguntó riendo.

—Pero ¿no decías que te habías gastado el presupuesto para tres meses? —le pregunté con ironía.

—Mujer, que para un helado me queda todavía.

Nos sentamos en la puerta de una heladería, yo con mi tarrina de limón y ella con la de fresa.

—Rocío.

—Mmm… —Saboreé una cucharada.

—¿Vas a ir al combate de Bruno?

—No lo sé. Por un lado, quiero estar junto a él, que sienta que le apoyo por encima de todo, pero, por otro, no me veo capaz de soportar ver cómo le pegan.

Solo de pensar en ese momento se me encogía algo dentro del pecho.

—Tía, que digo yo que él pegará más de lo que le peguen a él, por algo es el campeón.

Rio y yo lo hice con ella.

Tenía sentido, pero eso no lo iba a salvar de recibir. Y mucho.

Que sí, que al final iba a terminar haciendo de tripas corazón e iría. No lo iba a dejar solo un día que era tan importante para él y para todo su equipo.