Noqueado y enamorado Capítulo 36
73%

Capítulo 36

Bruno

Le tenía que dar la razón a mi hermano.

No me gustaba nada que, cuando le dieran el alta, volviera a trabajar allí. Y no porque sus jefes fueran malas personas, no lo eran.

Siempre la habían tratado muy bien, como alguien muy cercano a ellos. Eso era lo que me había contado Rocío.

Sabía de sobra que tanto sus jefes como la cocinera habían sido lo más parecido a una familia que había tenido o sentido, sin contar a Coral.

La razón por la que no me gustaba que regresara la sabéis de sobra. Si una vez había intervenido para que ese tío no le hiciera daño, qué no podría pasar cuando yo no estuviera allí.

O lo que era mucho peor, ¿y si le daba por hacer algo cuando no estuviera su jefe?

Se me podían pasar mil cosas por la cabeza y no me quería detener a pensar en ninguna de ellas.

—Nunca ha pasado nada —le contestó a mi hermano—. Y no me mires así, el día que te metiste, estoy segura de que no me hubiera hecho nada.

Me podía poner todas las excusas que quisiera, que a mí no me la iba a dar. Tanto ella como yo sabíamos de sobra que, si no hubiera intervenido, le podría haber pegado a ella o a su padre.

Estaba desesperado por conseguir dinero y poder pillar algo que meterse en el cuerpo.

Ese muchacho tenía un enganche muy grande. Lo suyo no era meterse algo para una fiesta, lo suyo era porque se lo pedía el mono y, cuando eso sucedía, no se era capaz de razonar.

Era más fuerte la necesidad que la lógica.

No es que estuviera muy puesto en ese tema, pero algo sí que entendía, y lo hacía porque se habían hecho socios del gimnasio algunos muchachos que habían estado metidos en ese mundo.

Esos chicos, cuando venían aquí, se desahogaban mucho y no lo hacían solo con golpes. Ellos hablaban mucho y nosotros no nos negábamos a escucharlos.

Me parecían unos valientes. No era fácil salir de ese mundo.

—Rocío, jamás te voy a decir lo que tienes que hacer, porque no tengo derecho a hacerlo ni tampoco me parecería bien. Siempre te voy a apoyar en lo que decidas, y si te equivocas en esa decisión y te caes, estaré a tu lado para levantarte.

»Pero sí te puedo dar un consejo, siempre pensando en tu bien. —Joder, estaban todos pendientes de mí. Al final era verdad que se me iban a pegar las charlas de Paco—. Y, en esta ocasión, es que te pienses seguir trabajando allí.

Sabía que uno de los motivos por los que le costaría mucho dejar el trabajo era por el gran cariño que sentía por esas personas.

—Te he escuchado con atención, pero ahora mismo voy a seguir. Eso sí, te prometo que, si noto algo o Fran empieza a dar más guerra, me voy de allí de inmediato.

Lo siento, pero no me la creía.

La última vez terminó así porque ella se metió en medio para defender a su jefe. Así que estaba seguro de que iba a volver a hacerlo.

Porque defenderse ella misma no era capaz, pero plantarle cara a un tío sí que era capaz de hacerlo.

En fin, que, como le dije a ella, solo me quedaba quedarme a su lado y apoyarla en todo.

—Te voy a creer, así que espero que no me estés mintiendo. —Se lo dije de esa manera por si tenía pensado hacer lo que os he contado, para que se lo pensara un poco mejor.

—Uy, madre mía, lo bien que se lo han montado estos aquí —dijo Coral cuando entró en la sala del comedor—. ¿Le has traído comida de Manuela y no me has dicho nada? Qué mala amiga eres.

Ella, ni corta ni perezosa, se sentó en una de las sillas y empezó a comer de los envases.

—Creí que ibas a venir ya comida. De todos modos, hay de sobra —le contestó Rocío.

Fue gracioso ver cómo Julio cogía uno de forma disimulada solo para él, aunque estaba claro que todos nos dimos cuenta.

—No me miréis así, tengo mucha hambre y esto está muy bueno. —Nos reímos al escucharlo—. Está claro que mi esposa no sabe cocinar al lado de esta mujer.

La verdad es que Manuela hacía muy bien de comer, pero a mí me gustaba mucho más cómo lo hacía mi madre. Y no es porque lo fuera, de verdad que no, pero es que mi madre sabía darle un toque diferente.

—Pues como te oiga decir eso, te aseguro que no te vuelve a hacer nada de comer —le dijo mi hermano con cachondeo.

—Ya, pero como no me ha escuchado ni se va a enterar, pues no hay problema —se defendió.

—Pero se lo puedo decir yo. —Le pinchó de nuevo Hugo.

—Como abras la boca, eres hombre muerto.

Lo señaló con el tenedor con el que estaba comiendo.

—Muchos Julios hacen falta para que puedan conmigo.

Cuando se ponía así era insoportable.

—Claro, porque tú eres Sansón —le dijo de pronto Coral.

La carcajada que soltamos todos se tuvo que escuchar en todo el gimnasio.

—La diferencia es que yo no pierdo la fuerza por cortarme el pelo —le replicó él.

Esto se ponía interesante.

—No, tú la vas a perder cuando te corten la coleta. —Hizo el movimiento con los dedos como si fueran unas tijeras—. Y ya sabes la coleta que quiero decir.

Creo que todos los hombres que había en la sala nos encogimos en nuestras sillas.

—No sé cómo mi cuñada es tu amiga, eres muy mala.

Resoplé.

De verdad que mi hermano era así con todo el mundo. Demasiado le aguantaban las personas, aunque en esta ocasión Coral también le estaba buscando la boca.

—Mi amiga tiene suerte de tenerme en su vida. La mala suerte la ha tenido cuando te ha conocido a ti.

—Vale ya, que empezáis con las bromas y al final os emocionáis más de la cuenta —les dijo Rubén.

—Hacía falta que se juntaran dos más locos que tú para darnos cuenta de que no estás tan mal como parecías —le dijo Julio a Rubén.

No, si aquí el que no corría volaba.

—¿Esto qué es? ¿Habéis montado una fiesta sin mí? —se quejó Luis cuando entró.

Miré a Rocío y estaba en la silla con la mano puesta sobre las costillas, porque no podía dejar de reír mirando a unos y a otros.

Le hice una señal para que viniera donde yo estaba sentado.

La necesitaba cerca. No sabía que se podía echar tanto de menos a alguien en tan pocas horas.

Porque hoy era de los días que menos tiempo llevaba sin verla y, aun así, era uno de los que más me estaba costando estar separado de ella.

En cuanto terminase toda esa locura, iba a organizar un viaje para los dos y nos íbamos a perder mínimo una semana en cualquier parte del mundo.

Pero antes había que seguir dándolo todo.

Se sentó sobre mis piernas, pasándome un brazo por encima del hombro y rodeándome el cuello.

—Es imposible aburrirse con todos ellos —me dijo en voz baja.

—No, nunca lo he hecho y puede que sea una de las cosas que más eche de menos cuando cuelgue los guantes.

«Colgar los guantes». Eso era lo que se solía decir cuando un boxeador dejaba las competiciones.

—Pero, aunque no compitas, eso no quiere decir que dejes de vivir estos momentos.

No, a mis amigos no los iba a perder nunca, porque éramos equipo, amigos y familia. Los fui mirando uno a uno y todos ellos tenían algo especial. El único que faltaba en ese momento era Paco.

Y cuando llegara él, se iba a terminar la pequeña fiesta que se había montado en menos de dos minutos.

Como decía Rocío, era imposible aburrirme con ellos.

—Si antes no nos aburríamos, ahora con la llegada de Coral y contigo nos vamos a aburrir mucho menos.

Los volví a mirar uno por uno.

Coral y mi hermano seguían lanzándose pullas. Entre ellos había una pequeña guerra para ver cuál de los dos soltaba la mayor burrada o gilipollez.

Desvié la mirada a Julio y a Rubén, que estaban más o menos como los dos anteriores. Solo que en esta ocasión estaba Luis, que iba pinchando a uno y a otro según le convenía.

—Me encantan todos —dijo mi chica con una sonrisa preciosa.

—A mí también, pero la que más me encanta eres tú.

No solo me encantaba, es que estaba locamente enamorado de ella.

—Más me gustas tú. —Me besó.

Y lo hizo sin miedo a que nos vieran, sin vergüenza por estar rodeados.

Me besó con el amor que sabía que sentía por mí, igual que el que yo sentía por ella.

—Así se entrena, sí, señor, es que no puedo tener mejor equipo —dijo con ironía Paco cuando nos vio a todos allí reunidos.

Separé mis labios de los de ella, sonriendo por la llegada del gruñón.