Capítulo 35
Rocío
—Pero ¡mira a quién tenemos aquí! —exclamó Antonio al verme.
No sé cómo se las arreglaba, pero ese hombre vivía anclado al taburete pegado a la barra.
Y no os creáis que él se sentaba en cualquier parte, que no era el caso.
¿Vosotras sabéis esa zona de la barra que muchos bares tienen reservada solo para los camareros? Pues con Antonio pasaba lo mismo. Vamos, que nadie tenía cojones a sentarse en su sitio.
—Buenos días —saludé en general—. ¿Te has quedado esta noche haciendo guardia?
Me senté a su lado un momento antes de entrar dentro para saludar al resto.
—Qué va, lo que pasa es que a ti se te han pegado las sábanas —me contestó antes de darle un sorbo a su café.
Hizo una mueca poniendo cara de asco.
Antonio era muy delicado para sus cafés. A mí me costó la misma vida cogerle el punto, no quería ni imaginarme al novato que me estaba cubriendo.
—No pongas esa cara, hombre, que te ve el muchacho y se deprime —le dije dándole una palmada en el brazo.
—Niña, es que esto no es un café, esto es agua sucia con aroma a café.
Es que encima tenía arte hasta para decirlo.
—No digas eso. —Reí.
—Vale, no lo digo, pero es la verdad —terminó diciendo en un susurro—. ¿Por qué no entras y me haces uno con disimulo?
—Eres lo que no hay, te vas a librar porque me voy a hacer uno para mí.
Y lo tenía que hacer rápido, que estaba de baja y no podía meterme detrás de la barra. Como me pillaran, se me iba a caer el pelo a mí y a Pepe también.
—Solo este —le advertí dándole con la punta del dedo en ese moflete regordete que tenía.
—Por algo eres la mejor, anda que no ha tenido suerte ese boxeador al conocerte.
Reí.
—No seas pelota.
Entré dentro de la barra, le hice primero el café a él y después hice el mío. Bueno, lo mío no se podía ni llamar café, para lo poco que le echaba.
—Aquí tienes. —Se lo puse delante.
El mío lo dejé a su lado mientras entraba en la cocina. Me parecía superraro que Pepe no estuviera fuera ni que Manuela hubiera asomado la cabeza.
—¿Os habéis escondido todos al escucharme? —pregunté entrando en la cocina.
Pero, al hacerlo, me di cuenta de la cara de pena y dolor que tenían Manuela, Pilar y Pepe. De hecho, mi jefe tenía abrazada a su mujer mientras ella lloraba sin consuelo sobre su pecho.
—¿Qué es lo que ha pasado? —pregunté, aunque algo me decía que detrás de lo que fuera que hubiese ocurrido iba a estar Fran.
—Anoche Fran les robó todo lo del día —me contó Manuela.
—¿Lo habéis denunciado?
No sé para qué preguntaba, si de sobra sabía que no lo habían hecho ni lo iban a hacer.
—No, no lo han hecho. Hasta que no ocurra una desgracia, no se van a dar cuenta de que lo tienen que internar en un centro que le dé ayuda.
No podía estar más de acuerdo con Manuela.
—Pilar, así no podéis seguir —le dije con tiento.
—Es mi único hijo.
Ella siempre decía lo mismo.
No se daba cuenta de que daba igual los hijos que tuviera; doler le iba a doler igual. Por no decir que era una excusa que ponía una y otra vez.
Creían que así estaban ayudando a su hijo, pero no se daban cuenta de que era mucho peor, que actuando de esa forma le estaban haciendo más daño que otra cosa.
—Lo sé, pero, si sigues cubriéndole, le estás haciendo mucho más daño.
Me acerqué para abrazarla. Soltó a su marido para dejar que la envolviera entre mis brazos.
Me daba tanta pena ver lo mal que lo pasaban por culpa del hijo, aunque, que me perdone quien sea, pero la culpa la habían tenido ellos por no inculcarle valores y por darle todos los caprichos del mundo.
Lo siento, pero si crías a un niño sin límites, ese niño se convierte en un monstruo.
—Ojalá fuera tan bueno y responsable como lo eres tú.
—No es eso, Pilar, Fran solo necesita ayuda. Una que no le podéis dar vosotros. —Miré a mi jefe—. Pepe, tenéis que hacer algo y cuanto antes, mejor.
—No quiere, no sé qué hacer para convencerla.
El pobre parecía desesperado y no era para menos.
De otra cosa no, pero de lo que eran capaces de hacer las drogas, de eso entendía y mucho. Por desgracia, me había tocado vivirlo toda mi vida con una madre como la que tenía.
En realidad, no sabía ni por qué le seguía llamando madre, cuando esa mujer podía ser de casi todo menos madre.
Me tiré un rato con ellos en la cocina, intenté que Pilar entrara en razón, pero de nada sirvió todo lo que Manuela y yo insistimos. Al final, las que desistimos fuimos nosotras.
El café lo tiré. Se había quedado helado y las ganas de otro se me quitaron.
Menos mal que el estado de ánimo de mis jefes fue mejorando un poco. A ver, pienso que, si no vas a hacer nada para remediar las cosas, tampoco puedes estar todo el día llorando por las esquinas.
Entendía que era una situación muy difícil y que era muy fácil opinar desde fuera, por eso digo lo que yo haría, pero siempre con el mayor de los respetos.
Me quedé a pasar la mañana allí. Era a lo que había ido y no me iba a ir cuando más me necesitaban.
Cuando se fue acercando la hora de la comida, le pedí a Manuela que me hiciera algo de comer.
—Eres la mejor —le dije cuando me preparó la comida en uno de esos envases que aguantaban el calor.
—Y tú una pelota. —Le saqué la lengua—. Anda, tira, que seguro que tu chico se está muriendo de hambre.
Rio y yo lo hice con ella.
—Y que sepas que no te lo he dicho para hacerte la pelota, eres la mejor de verdad —le dije antes de darle un beso—. A ver cuándo vengo otra vez, estoy deseando empezar a trabajar.
—No corras tanto, ya empezarás cuando estés recuperada y lo diga un médico —me dijo Pepe.
—Parece que no eres tú el que paga mi seguro —le contesté con cachondeo.
—Pues lo pago y caro que me sale —negó con la cabeza—. Anda, vete ya.
Me despedí de todos, hasta de Antonio, que seguía en el mismo lugar.
Para ir al gimnasio, lo hice en taxi. Andando estaba lejos y no quería entretenerme.
Como ya era la tercera vez que iba, más o menos algunas caras me sonaban y, lo que era mucho mejor, Bruno me había repetido tantas veces quién era Julio y quién Luis que al final me lo había aprendido y ya no me equivocaba.
—Buenas tardes, Julio, ¿has comido ya?
—Buenas tardes, Rocío. La verdad es que no, estaba a punto de ir a la cafetería de la esquina a por algo.
—Pues ya no te hace falta, traigo comida. —Levanté la bolsa con los envases.
—Niña, muchas gracias. —Se notó que lo agradeció de corazón.
—Pues vamos, ¿dónde están Bruno y Hugo?
—Están en la sala de descanso.
Fui hacia allí con Julio a mi lado. Si te fijabas bien en su rostro, te podías dar cuenta de que en realidad aparentaba mucho menos de lo que era.
Supongo que cuidarse y hacer deporte ayudaban mucho.
—Ya estoy aquí —dije cuando entré en la sala.
—Es que no se puede tener una cuñada mejor que tú —dijo Hugo levantándose para saludarme.
—Joder, pues yo no sabía que estabas y no te he traído nada. —Lo miré con cara de pena—. Lo siento mucho, pensé que ibas a comer hoy con tu madre.
Bruno se levantó detrás de él, negando con la cabeza sin dejar de reír.
—Sé que no me harías eso, pero, si fuese cierto, no tendría ningún problema, porque me iba a comer la comida de mi hermano.
No, desde luego que él lo arreglaba pronto. Me cogió la bolsa de la mano y se la llevó a la mesa. Julio lo siguió. Estaban los dos casi salivando.
—¿Cómo has pasado la mañana? —me preguntó Bruno acercándose a mí.
—Entretenida —le contesté antes de darle un beso.
—¿Qué ha pasado?
Nos sentamos junto a los chicos y allí, entre bocados y con los tres pendientes de mí, les conté cómo había sido mi mañana.
—¿De verdad ha tenido el descaro de decirte esas cosas? —me preguntó Julio en referencia a Angustias.
—Y porque no me quedé a seguir escuchando, si no, estoy segura de que hubiera dicho muchas más.
—Cuñada, ¿te puedo ser sincero? Y esto no tiene nada que ver con esa mujer.
Asentí. Era la primera vez que lo veía tan serio.
—No me gusta que vayas a trabajar allí con ese tío.
Miré a mi chico y me di cuenta de que pensaba igual que su hermano.