Capítulo 34
Rocío
—¿Quieres que te deje en el restaurante antes de ir al gimnasio? —me preguntó después de ayudarme a vestirme.
Esa madrugada no fue a correr y encima iba a ir al gimnasio más tarde, ya que después de hacer el amor, nos volvimos a quedar dormidos abrazados.
No fueron muchas más horas, pero sí las suficientes para levantarnos descansados. Lo primero que hicimos fue darnos una ducha y, tras ella, me ayudó con la parte de arriba y a peinarme.
Eso de tener el pelo tan largo era una locura para manejarlo con el brazo así. Lo bueno era que a Bruno no se le daba del todo mal.
—Se te da bastante bien, y eso que tengo el pelo bastante largo —le dije.
Estábamos en el baño y era lo último que le quedaba por ayudarme para estar lista. Lo miré a través del espejo cuando le dije esas palabras.
—Voy a practicar mucho contigo para cuando tengamos una niña y la peine. Que vaya la mejor peinada de todo el colegio —soltó.
Sus ojos me decían que eso era lo que deseaba de verdad, que era lo que sentía.
—¿Te gustaría tener hijos conmigo? —le pregunté ilusionada.
Nada me gustaría más que tener hijos, y me aseguraría de que ninguno de ellos pasara nunca por lo que tuve que pasar yo.
—Solo si es contigo —me confirmó.
Y, aunque sabía que lo decía porque era lo que sentía, no me quería hacer ilusiones tan a la ligera.
—La vida da muchas vueltas, no se sabe con quién puedes terminar haciendo tu vida.
Desvié un momento los ojos. No era capaz de mirarlo, no cuando pensaba que lo podía perder en algún momento. Daba igual el motivo que fuese, lo que dolía era pensar que podía no estar a su lado.
—Yo sí lo sé. —Puso un dedo debajo de mi barbilla para que levantara la mirada y lo volviera a mirar a través del espejo—. Es contigo o no es con nadie. Y deja de darle vueltas a esa cabecita, piensa solo en lo bien que hemos empezado y en lo bien que vamos a seguir.
Cómo se notaba que estaba acostumbrado a los discursos motivadores que le daba Paco. Vaya, que eso lo sabía porque Bruno me lo había dicho, no porque yo fuese adivina ni nada por el estilo.
—¿Esa técnica la has cogido de Paco? —le pregunté bromeando.
—Algo se me ha pegado, es lo que tiene escucharlo tantos años.
Terminó de atarme la cola.
Oye, pues no le había quedado nada mal para ser la primera que se suponía que hacía, porque las otras veces me había peinado, pero dejando el pelo suelto.
—Cuando dejes el boxeo puedes abrir una peluquería.
Me guiñó el ojo como respuesta.
—Prefiero dejar mi habilidad solo para tus pelos.
¿Cómo podía ser un hombre tan perfecto? No tenía ni idea y también era consciente de que para todo el mundo no lo era, pero me daba igual. Mientras lo fuese para mí, tenía suficiente.
Me giré para mirarlo de frente.
—No me puedo creer la suerte que he tenido al encontrarte.
Con cuidado me levantó, sentándome en la encimera del lavabo.
—La suerte fue toda mía, y no sabes cómo me arrepiento de no haberte prestado atención aquella noche. Y mucho más me arrepiento de no haberle dado una buena hostia a ese tío.
Me pasó con suavidad la punta de los dedos índice y corazón por todo el contorno de la mejilla.
Sentir cada roce suyo era como si me diera vida. Daba igual en qué sentido fuese, lo único que me importaba era sentirlo y, cuanto más cerca, mejor.
—Bueno, y ahora contéstame, ¿quieres que te deje en el restaurante o vas dando un paseo?
Normal que me lo volviera a preguntar, si no se lo había contestado.
—Te agradezco la oferta, pero prefiero ir dando un paseo.
Sabía que no le hacía mucha gracia que fuese sola, solo por el hecho de que no habían encontrado a mi madre.
Que esa era otra, era como si se la hubiera tragado la tierra. O eso decía la policía, aunque, sinceramente, no creo que ni se estuviesen molestando en buscarla.
¿Por unos simples robos y una paliza? No, desde luego que por esas cosas no iban a destinar a sus agentes.
Y por eso era por lo que a Bruno no le hacía mucha gracia que fuese sola, pero digo yo que no iba a tener tan mala suerte de volverla a ver en tan poco tiempo.
—Vale, pero te quiero con mil ojos —me dijo muy serio.
—Sí, papá —le contesté con cachondeo.
—Por mucho que me guste cómo suena, antes de que seamos padres me gustaría disfrutar durante unos años a solas contigo.
—Me encanta cómo suena eso, por no decir que todavía somos muy jóvenes —corroboré.
—Me tengo que ir. Es raro que Paco no se haya presentado aquí buscándome para llevarme al gimnasio a patadas en el culo.
Reímos.
Yo, por imaginarme esa situación, y él, creo que por lo mismo.
Me bajó de la encimera del lavabo con el mismo cuidado con el que me había subido.
—Que te vaya bien y al mediodía nos vemos.
Al final habíamos quedado en que yo iría al gimnasio y llevaría la comida para comer allí. Después, cuando llegara Rubén, Coral vendría con él y de allí nos marcharíamos las dos juntas para dar una vuelta.
—Te quiero —me dijo y, aunque me lo había dicho varias veces desde que nos habíamos levantado, no podía evitar que se me encogiera el estómago cada vez que lo escuchaba—. Cualquier cosa, me llamas.
Me dio un beso en la frente y otro en los labios.
Me quedé en el piso un par de horas más. No quería ir tan temprano, porque, aunque Bruno se hubiera quedado hasta más tarde, seguía siendo muy pronto.
Sé que me iba a llevar una bronca cuando regresara a casa, pero ya que estaba allí, iba a aprovechar y hacer todo lo que pudiese.
No era tonta y yo mejor que nadie sabía hasta dónde mi cuerpo era capaz de aguantar.
Más o menos dos horas más tarde, salí del portal de su piso y no, esta vez no hubo sobresaltos. A ver, que estaba siendo irónica. Estaba claro que, porque me hubiera llevado un sobresalto a la salida de mi portal, no tenía por qué pasar más veces.
—Rocío. —Escuché decir mi nombre.
Pero bueno, que en el mundo había más mujeres con mi nombre, sobre todo en el sur de España. Como no vi a nadie, seguí caminando como si nada.
—Rocío, chiquilla, que parece que no conoces a nadie.
Fue entonces cuando me giré, porque ya sí me pareció conocida esa voz. Y sí, era la madre de Alonso, la persona que menos me esperaba encontrar. Y no porque fuese imposible, sino porque nunca la había escuchado decir que se moviera por esa zona.
—Angustias. —Y nunca mejor dicho su nombre, porque era una auténtica angustia verla—. Perdona, no te había oído, ¿cómo te va la vida?
Mira que no era mala persona. No es que hubiésemos sido íntimas, pero nunca me había mirado con la cara de desprecio con la que me estaba mirando en ese momento.
Claro, normal que me mirara así, ya no estaba manteniendo al vago de su hijo.
—Dejaste a mi hijo y ni siquiera viniste a hablar conmigo.
¿Perdón? Había tenido que oír mal.
¿Que no había ido a hablar con ella? ¿Y para qué cojones iba a hablar con ella? Vamos, esto era para flipar, pero hacerlo a lo grande.
—Perdona, Angustias, pero el que tenía que hablar contigo era tu hijo y no yo —le contesté.
No sabía si estaba asombrada o cabreada por esas palabras.
—Por lo menos me podías haber explicado por qué lo dejabas.
Lo que yo decía, esto tenía que ser una puñetera cámara oculta.
—Por qué lo he dejado, lo sabe Alonso. Perdona, no quiero ser maleducada ni nada, pero es que no tengo que darte explicaciones de lo que hago ni de las decisiones que tomo.
Vamos, sería lo último que yo hiciera en la vida.
—Vaya, parece que estás sacando a relucir tu verdadera cara.
Cara la que tenía ella al hablarme así.
—Mira, de verdad que no quiero contestarte mal, pero creo que lo que estás diciendo no tiene ningún sentido.
—Ya me había dicho mi hijo cómo eras de verdad.
—Claro que sí —le contesté con sarcasmo—, también te tenía que haber dicho que se ha estado rascando los huevos a dos manos mientras yo me deslomaba trabajando para pagarle sus cervezas.
Vaya que me quedé a gusto al decirle todo eso. Faltaría más, encima que venía a buscarme, pues hala, me había encontrado.
—Es lo mínimo que tenías que hacer por él, después de todo lo que hemos hecho por ti.
Mira, mejor me mordía la lengua o íbamos a salir en los periódicos.
—Lo siento, pero ni puedo ni quiero seguir hablando contigo. Que te vaya la vida bien.
Ni opción a réplica le di.
Me di la vuelta y seguí mi camino con tranquilidad. Fui dando un paseo sin prisa, porque raras veces podía disfrutar de caminar sin correr de un lado para otro.