Noqueado y enamorado Capítulo 33
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Capítulo 33

Rocío

Dios mío de mi vida.

Eso fue lo que pensé cuando sentí los labios de Bruno alrededor de mi clítoris.

Y me había dicho que, si me dolían las costillas con algún movimiento, se lo dijera para detenerse.

Vamos, mis cojones.

Así se me rompiera otra costilla, yo no iba a abrir la boca para quejarme. Me tenían que torturar para hacerlo. Era uno de los mayores placeres que había sentido en mi vida.

Os prometo que no lo digo por decir, pero ¿cuántas de vosotras habéis estado con hombres que sí, puede que os proporcionaran algún placer, pero no de esos que hacen que se te pongan los ojos en blanco y te hagan ver las estrellas?

Porque o yo había tenido muy mala suerte en mi vida o los capullos con los que había estado eran unos egoístas de mierda que se preocupaban más por ellos mismos que por la mujer con la que estaban.

Que no, que no sabía lo que era sentir que se podía volar sin tener alas hasta que Bruno me tocó por primera vez.

Desde el primer instante en el que puso sus manos sobre mi cuerpo, me di cuenta de lo que era sentir que te tocaran de verdad. Con deseo. Con ganas. Como si no existiera nada más.

Arqueé la espalda en cuanto pasó la punta de la lengua sobre mi sensible clítoris.

—Dios… Bruno. —Casi me salió la voz con un grito.

Sentí cómo sonrió sobre mi sexo, pero me daba igual. Por mí podía sonreír todo lo que quisiera mientras no dejara de hacer la magia que estaba haciendo con sus labios y su lengua.

Joder, sé que puedo ser muy repetitiva, pero es que mi cuerpo parecía estar siendo consumido por las llamas en ese momento.

Metió dos de sus dedos en mi interior. Lo hizo girándolos un poco, con las yemas hacia arriba. No los introdujo demasiado, con la mitad le era suficiente para llegar a esa zona rugosa.

Esa que, cuando sabían cómo encontrarla y tocarla, te podía provocar uno de los mayores orgasmos que se podían tener en la vida.

Otra cosa que le debía a él, porque ese placer también lo viví por primera vez junto a Bruno.

—Ah… no pares. —Creo que no era consciente ni de las palabras que salían por mi boca.

No, no se detuvo ni cambió el ritmo con la lengua ni con los dedos. Siguió exactamente igual.

¿Por qué hay hombres que, cuando se les dice que no paren, aumentan la velocidad o la fuerza? Era algo que no llegaba a entender.

Se supone que, cuando decimos que no paren, es por eso mismo, para que no paren. Porque nos están volviendo locas con el ritmo y la profundidad con la que lo hacen.

Me dolió, no lo niego. Me dolió mucho la zona de las costillas cuando el orgasmo atravesó mi cuerpo y me hizo arquear la espalda por completo, pero mereció la pena esa punzada.

Como dije antes, por sentir ese placer era capaz de aguantar cualquier cosa.

Pero claro, Bruno conocía muy bien mi cuerpo y las expresiones de mi rostro, por lo que notó que ese movimiento me había molestado.

Levantó la cara rápido para mirarme con seriedad.

—Te pedí que si te hacías daño me lo dijeses.

Le acaricié la mejilla con ternura. Nunca se habían preocupado de esa manera por mí. Quiero decir, con los sentimientos con los que lo estaba haciendo él.

Porque sí, era consciente de que me querían muchas personas, igual que yo las quería a ellas, pero ese amor, ese cariño o ese cuidado eran muy distintos. Entendéis lo que quiero decir, ¿verdad?

—No te enfades, que no ha sido para tanto —le dije en voz baja sin dejar de acariciarle la mejilla.

Subió por mi cuerpo. Esta vez lo hizo sin besos, sabía que estaba deseando llegar hasta mi altura.

Al llegar, se apoyó sobre sus antebrazos para no dejar caer su peso sobre mí. Siempre estaba pendiente hasta del más mínimo detalle.

—Vamos a dejarlo aquí, no quiero que te hagas más daño.

Si no era amor querer parar en pleno calentón, no sé qué sería. Y sí, tengo muy claro que el amor no se basa solo en eso, lo sé de sobra, soy muy consciente de ello, pero digo yo que sí demostraba lo que sentía por mí.

Otro en su lugar habría seguido sin importarle cómo me sintiera con tal de obtener su propio placer.

Estaba claro que no iba a dejar que se detuviera.

Primero, porque seguía necesitando mucho más de él. Y segundo, porque no iba a permitir que se quedara con las ganas o, como se dice en mi tierra, con dolor de huevos.

Le rodeé la cintura con las piernas y entrelacé los tobillos detrás de su espalda. Le sonreí guiñándole un ojo.

—De aquí no te mueves hasta que termines lo que has empezado.

Sonrió.

—Cariño, es mejor que lo dejemos.

Moví las caderas para que nuestros sexos se rozaran. Cerré los ojos unos segundos disfrutando de lo que su contacto me provocaba.

—¿Estás seguro de que quieres detenerte ahora?

Cerró los ojos con fuerza, respiró hondo y apretó la mandíbula.

Yo creo que estaba contando hasta diez, como mínimo, para controlarse.

Levanté el brazo, le rodeé el cuello y tiré un poco de él hacia abajo para darle un beso.

Nos besamos despacio, uniendo nuestras lenguas, saboreándonos por completo y haciendo que la temperatura subiera mucho más.

No tuve que decirle nada más, porque, en medio de ese beso, volví a mover las caderas, haciendo que la punta de su pene rozara justo con mi clítoris y provocando con ese movimiento que ya no hubiera marcha atrás.

Metió una mano entre nuestros cuerpos, cogió su miembro y lo dirigió justo a la entrada de mi vagina.

Fue instintivo para los dos. En cuanto se adentró en mi cuerpo, yo cerré los ojos y él echó la cabeza hacia atrás. Nos quedamos así unos segundos.

Supongo que los dos necesitábamos ese instante para digerir bien lo que nos estábamos haciendo sentir el uno al otro.

—Madre mía, y tú querías privarnos de esto —le dije cuando fui capaz de hablar.

—No provoques. —Salió un poco de mi interior para volver a entrar despacio, pero profundo—. Joder, qué bueno —pronunció con la voz ronca.

Cuando se le ponía la voz con ese tono, me erizaba todo el cuerpo.

Es que la voz de Bruno, ya de por sí, te ponía la piel de gallina. Era un hombre con una de esas voces profundas, sexis, de esas que llamaban la atención, pues mucho más se le ponía en momentos como ese.

—Buenísimo —corroboré con un jadeo.

—Te lo digo en serio, como note el más mínimo gesto de dolor, paro en el acto. —Detuvo los movimientos de su cadera para decirme esas palabras.

—Como te detengas, te prometo que la próxima vez que te quedes dormido, te la corto con unas tijeras de podar.

—Joder, que vas a hacer que me detenga, pero porque se me va a venir abajo. —Hizo una mueca de dolor.

Reí.

Fue graciosa la cara que puso.

Pero no, no se detuvo. No nos dejó a medias.

Me dio mucho placer y se lo dio a él mismo.

Eso sí, lo hizo despacio, con suavidad, sin prisas. Por mucho que le dije que aumentara un poco, no lo hizo. Y no por eso fue menos bueno, fue igual de placentero, solo que de distinta manera.

Quizás fue una de esas veces en las que más pudimos descubrirnos el uno al otro.

Fueron miradas distintas, caricias más lentas, más sentidas e íntimas. Fueron susurros dichos a media voz.

Sentía que tenía atascadas unas palabras en la garganta y que necesitaba decirlas.

—¿Se puede llegar a querer a una persona en poco tiempo? —le pregunté con la mano enredada en el pelo de su nuca.

Nos habíamos quedado en la misma postura después de llegar al orgasmo.

—Sí, se puede. Y no lo digo porque lo crea, lo digo porque es lo que siento por ti. —Se me encogió el corazón dentro del pecho con las palabras que estaba diciendo—. Te quiero, te has convertido en mi todo, en esa persona sin la que no podría vivir.

¿Que si lloré?

Pues claro que lo hice, pero no llorar de que se te escapa una lágrima, no. Yo lloré a mares, vamos, que mis ojos parecían dos ríos como mínimo.

—Ey, si llego a saber que esas palabras te van a hacer llorar… —me miró con una pequeña sonrisa— también te las habría dicho.

Me hizo soltar una carcajada. No me esperaba esas últimas palabras.

—Te quiero —logré decir cuando me calmé—. Me he enamorado de ti.

Que conste que no fui la única que se emocionó, porque él también lo hizo.

Me había enamorado de él, sí. Y lo había hecho locamente y sin remedio. Y me importaba un pito que llegara alguien a decirme que eso era imposible.

Para mí no lo fue, ni para él tampoco.