Capítulo 32
Bruno
Antes de meternos en la cama la noche anterior, decidí quitar el despertador. No iba a salir a correr esa madrugada, con el entrenamiento del gimnasio iba a tener más que suficiente.
Me apetecía quedarme en la cama con ella tanto como me fuese posible.
No sabía qué hora era. Imaginaba que todavía era de madrugada porque no se veía nada de luz.
Me había desvelado. Supongo que era lo más normal, teniendo en cuenta que tenía el cuerpo hecho a levantarme temprano.
Estaba acostado de lado, con Rocío de espaldas a mí, mientras la rodeaba por la cintura con el brazo. Vamos, lo que era de toda la vida la postura de la cucharita.
Podéis creer que es una postura de lo más inocente, pues desde ya os digo que no. Y menos para los hombres, porque eso de tener el trasero de tu pareja pegado a tu sexo, como que no ayudaba mucho.
En realidad, no ayudaba nada.
Joder, es que no era lo mismo dormir solo que dormir con la mujer más bonita del mundo. Para mí lo era y, como estoy hablando yo, pues es lo que hay.
Pues eso, que me había tirado sin sexo mucho tiempo antes de conocerla, pero ahora era imposible aguantarme las ganas. Y saber que no podíamos hacer nada, como que no ayudaba mucho.
De verdad que estaba por levantarme de la cama, ir al baño y masturbarme, a ver si así me relajaba y volvía a quedarme dormido un par de horas más.
Para un puto día que decidía quedarme en la cama más tiempo, me desvelaba con un calentón.
—No puedes dormir, por lo que veo —me dijo con la voz ronca por el sueño.
—Tú tampoco —resoplé cuando movió el trasero—. Preciosa, no hagas eso, por favor.
Intenté retirarme un poco, pero ella se volvió a mover. Dios, me iba a volver loco, es que estaba llegando al límite.
—Es que yo también me muero de ganas de que me hagas el amor.
Cogió la mano que tenía sobre su cintura, puso la suya encima y nos fue guiando hasta que llegamos a su sexo. Apretó nuestras manos contra él y, a través del pijama, noté el calor que desprendía.
Joder, que no iba a tener fuerza de voluntad para decir que no.
—Rocío, cariño, que no podemos.
Apretó su mano contra la mía, lo que hizo que mis dedos la tocaran con más intensidad.
—Sí podemos, porque sé que vas a tener mucho cuidado.
Se giró quedando bocarriba. Me miró directo a los ojos. Los suyos estaban cargados de lujuria, imagino que ella vio en los míos lo mismo.
Me apoyé sobre un codo y, con la otra mano, le acaricié la mejilla. Bajé la cabeza hasta que nuestros labios se encontraron. La besé despacio, con deseo y con las ganas contenidas de todos esos días.
Sentir el calor de su boca y la suavidad de sus labios no tenía comparación. Ya lo había dicho, pero es que me había vuelto adicto a esos labios y a su forma de besar.
Me separé de ellos para mirarla bien a los ojos y hablarle.
—Me tienes que prometer que, si en algún momento te duele o te hago daño, me lo vas a decir, ¿vale? —le hablé con todo el amor que sentía por ella.
Porque me había enamorado de ella. No pienso decir que me había enamorado como nunca lo había estado, porque eso ya lo sabéis.
—Te prometo que, si siento alguna molestia, te lo digo —me dijo sonriendo.
Fue una sonrisa de esas que te salen cuando te has salido con la tuya, una de esas capaces de iluminar todo el cielo.
Le cogí el bajo de la camiseta del pijama y se la fui subiendo por el torso poco a poco, dejando centímetros de su piel al descubierto. Apreté los labios al ver las marcas de su cuerpo. Muchas ya estaban más claras y algunas casi habían desaparecido, pero las más grandes todavía eran visibles.
De nada servía pensar otra vez en lo mismo. Lo único que podía conseguir con ello era que el humor me cambiara, y eso no se lo merecía ella.
—Levanta los brazos. —Lo hizo; uno con más facilidad que el otro—. Eres perfecta —le susurré sobre el cuello cuando le quité la camiseta.
Se quedó totalmente desnuda de cintura hacia arriba. Lo único que seguía cubriendo su cuerpo eran unas braguitas de esas que son minúsculas.
Le recorrí el cuello con la boca, despacio, con besos cortos y húmedos. Fui bajando por el centro de su pecho hasta desviarme hacia uno de sus pechos, atrapé el pezón entre mis labios y lo acaricié con la lengua, dibujando círculos sobre él.
Se le puso erecto en pocos segundos. El otro pecho no dejé de amasarlo, acariciarlo y apretarlo entre mis manos. No lo hacía con fuerza, solo hasta donde sabía que la volvía loca.
—Me encanta cómo me tocas, cómo me haces ver el firmamento —dijo entre jadeos.
Solté el pezón que tenía entre mis labios y, aprovechando que estaba húmedo, soplé sobre él. Sonreí contra su piel cuando se le escapó un gemido un poco más fuerte.
—Te voy a tocar así toda la vida —le contesté bajando por su cuerpo.
Lo hice dejando un camino de besos y lametones por su piel. Le rodeé el ombligo, llegué a una de sus caderas y le di un montón de besos cortos allí.
Hice lo mismo con la otra. Después cogí cada una de sus piernas por el interior de los muslos y se las separé. Su sexo seguía cubierto por la ropa interior.
Podía ver lo desesperada que estaba porque la tocara justo ahí, pero yo quería desesperarla un poco más.
Seguí bajando con los labios por una de sus ingles, pasé por el interior del muslo y llegué hasta el interior de su rodilla. Hice el mismo camino hacia arriba, pero por la otra pierna.
—Me estás provocando.
Metió los dedos entre mi pelo, pero, en vez de acariciarlo como otras veces, cerró la mano atrapando una buena cantidad entre sus dedos. Dio un tirón, no fue fuerte, solo lo justo para que levantara la cabeza.
—Estás jugando con mi paciencia —dijo con los ojos entrecerrados.
—No, estoy dándote todo el placer que te mereces —le contesté con una sonrisa.
—Pues sigue dando ese placer, pero que sea un poco más intenso.
—Cariño, no pienses que a mí no me está costando lo mío.
Y si no, que se lo preguntaran a mi pene, ese que estaba desesperado por recibir un poco de atención.
—Pues por eso, porque no quiero que sufras.
Levantó un poco las caderas en una clara invitación para que siguiera por donde lo había dejado.
Le di un beso justo encima de su ropa interior antes de enganchar los pulgares en los laterales de esa prenda. Cerró un poco las piernas para que se la pudiera sacar.
Se quedó totalmente desnuda ante mí y, joder, tenía un cuerpo hecho para pecar.
Ver a esa mujer tendida en el centro de mi cama, con su cuerpo al aire, esa melena negra desparramada por la almohada y esos ojos claros mirándome expectantes, era suficiente para llevarme al límite sin que llegara a tocarme.
Me levanté de la cama para quitarme el pantalón de pijama. Solo había dormido con él, ni me había molestado en ponerme ropa interior.
Rocío levantó la cabeza para ver cómo me quitaba la prenda y quedaba totalmente desnudo ante su mirada.
Quise provocarla un poco, por lo que me cogí el pene por la base, lo envolví entre mis dedos y subí la mano por su longitud. Cuando llegué al glande, pasé el pulgar por la hendidura, recogiendo la gota de líquido preseminal.
Ella me respondió provocándome de la misma forma.
Separó las piernas dejando su sexo totalmente expuesto y, con una sonrisa provocadora, llevó el brazo que podía mover bien hasta allí. Pasó la punta de los dedos sobre sus pliegues y, tal y como había hecho yo, recogió la humedad con ellos.
Ver cómo hacía eso fue lo que me llevó a perder la poca cordura que me quedaba.
Me arrodillé ante ella. Con la punta de los dedos fui subiendo por sus piernas en una suave caricia, al mismo tiempo que me inclinaba sobre su cuerpo.
Llegué a tenderme entre sus piernas, con la boca a la altura de su sexo. En cuanto sintió el calor de mi aliento sobre él, dejó salir un jadeo.
Le separé los pliegues con dos dedos, y fue en ese momento cuando acerqué mi boca a esa zona de su cuerpo tan sensible, esa que se moría por ser tocada.
—Ya sabes, si sientes que te duele, dímelo —le recordé.
Asintió.
—Te lo prometo, pero, por favor, tócame ya, que me va a dar un puto infarto.
Sonreí antes de atrapar el clítoris entre mis labios.