Noqueado y enamorado Capítulo 31
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Capítulo 31

Rocío

—En cuanto te recuperes, te quiero ver aquí una hora todos los días —dijo Paco.

Bueno, más que decirlo, sonó a una orden, pero una de esas que te hacen mearte encima como no la cumplas. Pues así sonaron sus palabras y su tono de voz.

—Paco, que la niña no te conoce como nosotros y la vas a asustar.

Creo que el que dijo eso fue el que se llamaba Luis.

Todavía los confundía, y no sé por qué, pero a mí se me había metido en la cabeza cambiarle el nombre a él por el de Julio. Pero lo peor no era eso, lo peor era que, encima de que se lo cambiaba, le decía Julián en vez de Julio.

Anda que a los pobres no les había caído nada encima conmigo.

Pues eso, que el único nombre que me había aprendido bien y que no confundía era el de Paco, y porque ese hombre imponía lo más grande.

Miedo no era, de sobra sabía lo buena persona que era. Más bien era mucho respeto.

—Anda ya, sé leer muy bien a las personas y os digo yo que esa chiquilla tiene más fuego dentro de lo que ella cree, solo tiene que aprender a sacarlo.

—Cuñada, a ver si vas a llevar dentro una estufa y no nos hemos enterado.

Si Hugo no daba su puntillita, no era él.

—Era raro que llevara tanto tiempo callado —pronunció el que se llamaba Julio. ¿O era Luis? Madre mía.

Le iba a hacer una foto a cada uno, la iba a poner en la puerta de la nevera con sus nombres debajo, seguro que así me los aprendía de memoria.

—No te quejes, que estoy siendo bueno —le respondió.

—Bueno, cuando me subas el sueldo. —Pasó por su lado dándole una palmada en el brazo.

—Y te quejarás de lo que te pago.

Yo miraba a uno y al otro.

—No, pero si me lo subes, me haces más feliz —contestó riendo.

Desde luego que estos se lo pasaban de lujo allí.

—Ni que fuera una obra benéfica.

Creo que los que estábamos a su lado no podíamos parar de reír, y a mí me estaba matando.

—Pues, ya que lo dices, podrías fundar una ONG.

—¡Eh, tú! ¿Qué miras tanto? —gritó Hugo, y no tenía ni idea de a quién le había gritado—. Como mires otra vez así a mi cuñada, te voy a dar una que te vas a cagar.

Tierra, trágame, fue lo que pensé.

—Perdona, tío, no sabía que era tu cuñada —se disculpó el muchacho.

—Pues ya lo sabes, y que no se te olvide si no quieres que Bruno se convierta en Brutus.

—Hugo, para, que el muchacho no ha hecho nada —le dije tocándole el brazo para llamar su atención.

—Hay que dejarles las cosas claras. Aquí siempre podrás venir tranquila, pero hay alguno que otro más joven que no controla mucho las hormonas, que digamos.

Digo yo que se había tenido que quedar a gusto con todo lo que había soltado en menos de dos segundos.

A ver, que en parte lo entendía, que lo que había hecho era para que me respetaran, pero también tenía que reconocer que la vista era libre y cada uno podía mirar donde le diera la gana.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Bruno, llegando a mi lado y pasando el brazo por mi cintura.

—No pasa nada —le contesté.

Madre mía, mira que eran protectores estos hermanos. Pero es que, por lo que parecía, no eran solo los hermanos, porque el resto del equipo tenía el ceño fruncido.

No sé por qué, pero algo me decía que ese muchacho iba a cancelar su suscripción en ese gimnasio.

Vamos, que ese no aparecía más por allí.

—No me digas que no ha pasado nada, que Rubén me ha dicho algo y, cuando iba saliendo del vestuario, he oído a mi hermano.

Uy, esta versión de hombre de Cromañón como que no iba conmigo. Una cosa era ser protector y otra muy distinta era ponerse como se estaba poniendo.

—Bruno —sé que se dio cuenta de mi tono de voz—, por ahí no.

Me miró, entendiendo muy bien lo que quería decir. Y lo que me había dado un poco de rabia era que él no se había comportado nunca así.

—Lo siento, es que me ha recordado al tío que te iba siguiendo por la playa y me he puesto de mala leche.

Se notaba que sus disculpas eran sinceras.

Además, dándome esa explicación, lo entendía un poco mejor, aunque él tenía que entender que no todos los hombres ni todas las mujeres eran iguales.

—No pasa nada, pero no te pongas más así sin motivos. Pierdes mucho y no quiero que pierdas.

Levanté el brazo que no me molestaba mover y puse la mano sobre su mejilla. Me miró atentamente. Asentí, y él confirmó que me había entendido con otro asentimiento de cabeza.

Unos minutos después me dijo que, en cuanto quisiera, nos podíamos ir.

Me despedí de todo el equipo.

—Dile a Coral que mañana voy a estar en el piso de Bruno, que se pase por la tarde.

—¿Sabes lo que son los móviles? —me preguntó con ironía.

Que lo había dicho bromeando, y si lo había dicho en serio, dos problemas tenía, porque a mí me iba a entrar por un oído y salir por el otro.

—Claro, es lo que usa mi amiga para ponerte en tu sitio —los chicos se echaron a reír—, así que ya sabes, más vale que se lo digas o hago que mi chico te dé mañana una buena paliza.

—Madre mía, Paco, yo creo que te puedes traer a Rocío contigo, te digo yo que nos pone las pilas mejor que tú —se quejó Rubén.

—Amigo, donde las dan las toman —le dijo Bruno pasando por su lado conmigo de la mano—. Chicos, nos vemos mañana, descansad.

Sin soltarme, llegamos al aparcamiento donde tenía el coche.

—Vamos a pasar un momento por el súper. Con esto de que no he estado casi por casa, no habrá mucho para cenar ni para comer mañana.

—Perfecto, así podemos comprar helado de limón. Dios, solo de pensar en él se me hace la boca agua.

—Eso no me lo habías dicho.

Como tantas otras cosas, pensé.

—Supongo que nos queda un mundo por descubrir el uno del otro. —Me cogió la mano cuando sacó el coche del aparcamiento—. ¿Cuál es el sabor de helado que más te gusta? —le pregunté, ya que habíamos empezado con eso de querer descubrirnos.

—No suelo comerlo, pero, cuando lo hago, me gusta el de vainilla con nueces de macadamia.

—Eso sí que no me lo esperaba yo —le dije, lo que le provocó una sonrisa.

—¿Y qué es lo que esperabas? Los helados son todos dulces, por eso te he dicho que no suelo comerlo.

—Tienes razón. A ver, otra, ¿perro o gato?

De eso tampoco habíamos hablado. Digo yo que aquí tenía que interesar todo, no solo los dramas y esas cosillas.

—Me gustan los dos, en casa siempre hemos tenido perros y gatos.

Sonreí.

—Eso no vale, uno de los dos te tiene que gustar más.

Rio.

—Está bien, los perros me gustan un poco más. ¿Y a ti?

—Nunca mejor dicho, somos el perro y el gato. —Ya sé que el dicho no es exactamente así, pero lo amoldé a nosotros—. A mí me gustan más los gatos.

Jo, no había llorado yo de pequeña pidiéndole a mi abuela un gato. Ahora lo pensaba y, en el fondo, agradecía que no me hubiera dejado tenerlo. Estoy segura de que mi madre le habría hecho algo con tal de hacerme daño a mí.

—¿Y nunca has tenido un gato?

—No, de pequeña no pude y de mayor no he querido porque con el trabajo no he tenido mucho tiempo para cuidarlo.

Vamos, que no le iba a contar lo que he dicho antes ni loca.

—Estoy seguro de que en algún momento tendremos ese perro y ese gato.

Qué bonito sonaba eso de tendremos. No deseaba otra cosa que pasar el resto de mi vida junto a él.

No había podido tener más suerte en que Bruno se cruzara en mi camino.

Llegamos al súper e hicimos una pequeña compra. Bueno, la hizo él, porque ni me dejó hacer nada ni mucho menos pagar.

De todos modos, no creía que para esa noche nos complicáramos mucho. Bruno tenía pinta de estar más cansado de la cuenta y tenía que aprovechar que había terminado antes para descansar.

—Puedo hacer algo —protesté cuando no me dejó ni sacar la compra al llegar a su piso.

—Sé que puedes hacer cosas, pero prefiero hacerlas yo.

No iba a dar su brazo a torcer.

Pues no, no me dejó hacer nada. Este era peor que su madre. Ella por lo menos me dejaba hacer algo, aunque fuera cortar verduras.

Como era normal, tampoco me dejó recoger los platos y, como ya era costumbre, me ayudó a ducharme. Es que lavarme la cabeza era lo que más me costaba.