Capítulo 30
Bruno
—Luis, esta tarde me vas a tener que hacer magia en el hombro izquierdo.
Lo moví rotándolo.
Llevaba desde el día anterior con una pequeña molestia. Sabía que no era nada importante, pero no quería dejarlo pasar, porque una tontería que no se cuidara bien se podía convertir en un desastre.
—¿Dónde te duele exactamente?
Le señalé la parte del hombro que era y le hice el movimiento con el que más notaba el dolor.
—No es dolor, más bien es molestia.
No era intenso, era eso, una pequeña molestia según qué movimientos.
—No te muevas, voy a ir a por la crema y te doy ahora un poco —me dijo antes de ir a la habitación donde tenía todas sus cosas y donde estaba la camilla.
Estaba sentado en un banco que había cerca del ring cuando llegó Rubén. Supuse que venía de su casa.
El último sacrificio, me dije cuando pensé que todo el mundo iba y venía mientras que yo me quedaba allí dentro casi las veinticuatro horas. Porque poco le faltaba, vamos, que mi vida ahora mismo era el gimnasio.
Y encima, justo ahora que había encontrado a Rocío, mi vida era casi todo gimnasio. No habíamos podido empezar como una pareja normal, ella estaba pasando por uno de los peores momentos de su vida y yo no podía estar con ella todo lo que quería.
—¿Qué te pasa? —me preguntó.
—Nada importante, una pequeña molestia en el hombro —le contesté viendo cómo llegaba Luis con las cremas.
—Tío, estás dándole demasiado duro. Como sigas así, no vas a llegar ni al combate.
Puede que tuviera razón, puede que si seguía así no llegara bien ese día. Nunca en ninguno de los otros combates en los que me había enfrentado y había ganado el título me había dado tan fuerte.
Creo que para este se nos había ido mucho la cabeza a Paco y a mí.
—Quítate la camiseta —me ordenó Luis—. Mira que en rara ocasión le doy la razón a este desastre, pero en esta se la tengo que dar.
—Te lo digo en serio, yo que tú me cogía lo que queda de tarde libre. Necesitas descansar esos músculos y hoy ya has hecho mucho.
Un último combate sí podía hacerlo.
—Echamos un combate más y nos vamos todos a casa a descansar —les dije.
—¿Cómo que nos vamos a casa? Todavía queda mucha tarde.
Rubén y Luis resoplaron cuando lo escucharon.
Les hice una señal dándoles a entender que yo me encargaba de hablar con él.
—Paco, me noto una molestia en el hombro izquierdo y creo que nos estamos excediendo un poco… —le dije con calma.
Le conté todo lo que había estado hablando con los chicos.
Dependiendo de lo que le dijera, hacía un movimiento de cabeza u otro, pero que se mantuviera callado y me escuchara sin interrumpirme ya era muy buena señal.
—Tenéis razón, tal vez deberíamos rebajar un poco la intensidad. —Terminó reconociendo.
—Pues venga, vamos a por ese asalto —dijo Rubén levantándose—. Mira, llegas justo a tiempo —le dijo a Julio, que llegó en ese momento—. Colega, cada día se te hace más tarde.
—Los cojones. He llegado a mi hora. Por un día que se ha quedado Luis a cargo del gimnasio y he podido ir a casa…
El pobre hombre tenía más razón que un santo. Cuando mi hermano o su ayudante no estaban, era Julio el que se quedaba a cargo de todo. Vamos, que lo abría todas las mañanas y se quedaba todos los mediodías.
Hoy había sido Luis quien se había quedado a comer conmigo y, de paso, le había hecho el favor de quedarse al mando de todo aquello.
Hugo dijo que hoy no se podía quedar, no me dijo ni adónde iba.
—Perdone usted, caballero. —El hijo de su madre encima se cachondeaba.
—Rubén, no te pases, que, aunque seas más joven que yo, te puedo dar lo tuyo.
Me tuve que reír. Era imposible no hacerlo con todos los que me rodeaban.
—Venga, dejad las tonterías y vamos a empezar. Cuanto antes comencéis, antes nos vamos hoy.
Estábamos en mitad del entrenamiento y, en uno de los descansos, me di cuenta de que Rocío estaba sentada en una silla que habían puesto a un lado.
Joder, ni cuenta me había dado de que estaba allí. No sabía ni cuándo había llegado.
La miré y le guiñé un ojo. Mi hermano estaba de pie a su lado, por lo que supe que la había traído él.
El hijo de su madre, que era la misma que la mía, o eso nos habían hecho creer nuestros padres, porque hoy día creo que mis dos hermanos fueron recogidos de la calle.
Me reí interiormente. Qué gran verdad era esa que decía que los hermanos mayores, en algún momento, les decíamos a los pequeños que habían sido recogidos de un contenedor.
El muy capullo se había tenido bien callado que iba a ir a comer a casa de mi madre. En el fondo creo que lo hizo para que no me sintiera mal por el hecho de que él podía ir y yo no.
Estaba perdonado solo porque había traído a mi chica con él.
—Vale, chicos, creo que por hoy es suficiente —nos dijo Paco.
—El protector —le dije señalándome la boca.
Estaba deseando quitármelo, enjuagarme la boca y darle un beso.
—Parece que tienes prisa por verla. —Se cachondeó.
—Paco, ¿cómo estabas tú al principio con tu mujer? —le preguntó Luis.
—Uf, no me lo recuerdes, el día que la conocí me cayó una cruz encima —se quejó, pero vamos, todos sabíamos que estaba de broma.
—Anda ya, la cruz le cayó a ella, pobre —le dijo Julio.
Yo mejor los dejaba con sus más y sus menos e iba a saludar a mi chica, que era lo que de verdad me importaba.
Me bajé del ring de un salto y, si no fuese por la lesión que tenía en las costillas, la habría cogido con fuerza para levantarla del suelo.
—Menuda sorpresa. —Llegué hasta ella.
Se levantó para darme un beso.
El no poder saludarme como a ella le gustaba era una de las cosas que peor llevaba. No podía hacerlo porque levantar el brazo derecho le costaba mucho.
La verdad es que podía abrazarme a medias, por lo menos con el izquierdo seguía pudiendo hacerlo.
—Aquí, la niña hoy estaba un poco tontilla y papá nos dijo que a lo mejor se alegraba un poco si la traía —me contestó mi hermano—. Y, por lo que parece, le ha venido bien verte, porque desde que lo ha hecho no se le borra la sonrisa.
Le acaricié la mejilla con la punta de los dedos. Era la única parte de la mano que tenía libre.
—¿No has estado bien hoy? —le pregunté mirándola atentamente.
—No es nada de eso, es solo que estoy un poco aburrida. Mira que con tu madre me lo paso bien, pero yo no estoy acostumbrada a no hacer nada.
La entendía bien. Cuando estás acostumbrado a trabajar, llevas haciéndolo toda la vida y de pronto te paras, el mundo se te viene encima. Y mucho más si es por obligación y no por placer.
También sabía, aunque no me había dicho nada, que echaba mucho de menos a su gente del restaurante. Para ella eran su familia, la única que había conocido aparte de Coral.
—Te entiendo. ¿Qué te parece si pasamos la noche en el piso y así mañana puedes ir dando un paseo tranquila al restaurante? —Se le iluminaron los ojos—. Creo que así te puedes despejar un poco.
Solo por la sonrisa tan bonita que le había sacado, merecía la pena eso y mucho más.
—Me parece una idea estupenda. —Se puso de puntillas para darme un beso.
Por fin, pensé cuando sentí sus labios junto a los míos.
Podía morir en esa boca y no me quejaría en la vida. Besarla era pecado y placer a partes iguales, y yo no había conocido nada que me enganchara tanto.
Me separé de ella y no precisamente por gusto. Lo hice porque me tenía que duchar. Cuanto antes lo hiciera, antes me la podría llevar a casa y pasar el resto de la tarde los dos solos.
—Me ducho rápido.
Le di un beso más antes de irme hacia los vestuarios. De camino, escuché cómo los chicos se fueron acercando a ella para preguntarle cómo estaba.
Sonreí.
Lo hice porque me gustó mucho que mis chicos la hubieran aceptado tan bien.
No era tonto y sabía que la tenían que aceptar de todos modos, pero saber que lo habían hecho de corazón significaba mucho para mí.
Me duché en poco tiempo. Estaba secándome cuando entró Rubén.
—Si yo fuera tú, me daría prisa en salir.
Lo miré sin entender qué quería decir.
—¿Por qué lo dices? —Me puse la ropa interior.
—Porque más de uno no le quita la vista de encima, y eso que todavía tiene morados en la cara.
La madre que me parió.
Yo no era celoso, o eso creía, porque los celos me comieron por dentro en ese momento.
El capullo de mi amigo, cuando me vio vestirme rápido y salir de allí, se rio a carcajada limpia.