Capítulo 29
Rocío
Mira que con Encarni era imposible aburrirse. Cuando no se le ocurría una cosa, era otra.
Vamos a ver, no vayáis a pensar que estaba como una cabra. No, no era nada de eso. Bajo mi punto de vista, era una de las personas más cuerdas que había tenido la oportunidad de conocer en mi vida.
Yo creo que lo de la locura era para hacerme pasar los días mucho más llevaderos o quizás un poco más alegres.
Que le gustaba el cachondeo era indiscutible, pero que se preocupaba por todos y, ahora sobre todo, por mí, tampoco se podía discutir.
Pero, aunque tuviese toda su atención e intentara implicarme en todo, me aburría. Y mucho. Yo estaba acostumbrada a trabajar, a estar casi todo el día fuera de casa, y quedarme todo el día encerrada dentro de una casa me estaba desgastando más de la cuenta.
Mucho más después de una semana y media, que era el tiempo que llevaba allí. Y lo vuelvo a decir, en mi vida me habían tratado tan bien, pero de verdad que estaba a punto de convertirme en la niña del exorcista cuando andaba por las paredes.
Pues así estaba yo.
Entre el aburrimiento y que, desde que había comenzado la semana, veía mucho menos a Bruno, se me estaba juntando todo.
Los tres o cuatro primeros días estuvo viniendo a comer a casa, pero entre que venía y se iba, perdía tiempo, porque, aunque el pueblo estuviera cerca, el tiempo se le iba.
Eso por no decir que el pobre tampoco se terminaba de concentrar, así que había tomado la decisión de comer en el mismo gimnasio. Es que no perdía el tiempo ni en ir a su piso.
Así que solo nos veíamos por las noches, porque eso sí, ahí no movía su decisión. Dijo que pensaba dormir todas las noches conmigo y eso estaba haciendo.
Pero claro, nos acostábamos temprano, ya que él se tenía que levantar a las cuatro de la mañana. Como mucho, alguna madrugada lo había hecho a las cinco.
Y encima la mierda esta, que iba a costar la misma vida que se curara. Que ya sé muy bien que las costillas eran de los huesos que podían tardar más en sanar y que eso no era cosa de una semana ni de dos. En fin, que no me quedaba otra que echarle paciencia.
Por no decir también que, al estar en el pueblo, podía ver menos a Coral. Aunque antes no es que nos viéramos todos los días, pero al menos alguna que otra tarde sí que caía.
Estábamos terminando de hacer la comida o, más bien, estaba terminando ella, porque a mí me dejaba hacer bien poco. Pelar alguna que otra patata o, a lo mejor, trocear la lechuga. Vamos, cosas de ese estilo.
—Hoy estás un poco más decaída —me dijo de pronto.
—No es decaída, es un poco aburrida. —Y antes de que pensara que con ella lo pasaba mal, se lo aclaré—. No vayas a pensar que contigo no me lo paso bien, porque sí que me divierto y mucho.
Me sonrió entendiendo lo que quería decir.
—Es que no estoy acostumbrada a estar tanto tiempo en casa.
Estaba sentada en la mesa de la cocina con una tabla de madera, troceando palitos de cangrejo para ponerlos de decoración en la ensaladilla rusa que estaba terminando de hacer.
—Cariño, no me tienes que dar explicaciones, te entiendo. Demasiado bien lo estás llevando todo.
—Es que ni yo misma sé lo que me pasa hoy, solo sé que echo de menos mi rutina —confesé.
Encarni dejó lo que estaba haciendo para venir donde estaba yo, retiró la silla que había junto a mí y se sentó en ella. Me cogió las manos para que dejara de hacer lo que estaba haciendo.
—Escucha, han sido muchas cosas en poco tiempo. —Ella sabía toda mi vida, estos días nos habían dado para hablar mucho—. Los malos recuerdos de tu niñez, la ruptura con ese hombre, aquella noche el miedo que pasaste…
Me fue enumerando las cosas que me habían pasado desde poco antes de conocer a su hijo.
Madre mía, cuando terminó, me di cuenta de que mi vida últimamente se había convertido en una tómbola. Vamos, que sabía cómo comenzaba el día, pero no cómo iba a acabar.
Joder, parecía que me había mirado un tuerto. Y que me perdonen, pero era una expresión que decíamos mucho por mi zona.
Si la intención de Encarni fue subirme el ánimo, terminó haciendo todo lo contrario.
Que no, que solo estaba bromeando.
Que esta mujer le subía el ánimo hasta a un muerto, quisiera este o no.
—Madre mía, Encarni, no sé si cortarme las venas o dejarlas que crezcan un poco más. —Me aguanté la risa al ver la cara que puso.
—Niña, te voy a dar unos azotes como los que les daba a los chicos. Con esas cosas no se juega.
Se me escapó una carcajada, pero, al hacerlo, me dio una gran punzada en las costillas.
—Ay —me quejé con una mueca de dolor.
—Te lo mereces, por jugar con esas chorradas.
—Uy, suegra, no sabía que era tan vengativa.
—Suerte has tenido de que no te haya dado una colleja, que es lo que te mereces.
Ay, Dios, mira que me dolía el costado, pero es que no podía dejar de reír.
—¿Cómo te hubiera sentado si te digo que me iba a tirar por un puente?
Oye, que se lo pregunté y ella creía que era broma, pero algún día me iba a tirar de uno.
Y no penséis mal, que os alarmáis muy pronto. Sí, algún día me iba a tirar de uno porque me encantaría hacer puenting .
¿Le gustaría a Bruno tirarse conmigo? Se lo tenía que preguntar, me encantaría tirarme con él, los dos juntos.
—No te va a hacer falta que te tires por uno, porque a este paso te voy a matar yo.
—Uy, cuñada, ¿qué has hecho para que Encarnita quiera matarte? —preguntó Hugo entrando en la cocina.
—No para de decir tonterías —protestó—. Y tú —lo señaló con el dedo— deja de llamarme así, que te estás buscando que te desherede.
Hugo pasó detrás de mí y me dio un beso en la cabeza. Después fue hasta su madre, que se había levantado de la silla para ir a remover la comida, y la abrazó por la espalda.
—La legítima no me la puedes quitar, Encarnita.
Qué bocazas era. Y no solo con su madre, lo era casi con todo el mundo.
Mateo no vino a comer ese día. Es verdad que, desde que estaba allí, había cogido un poco de confianza conmigo, pero estaba claro que ese hombre era muy introvertido.
Supongo que era su forma de ser. Es cierto que no lo era en todo momento y que tenía momentos un poco más divertidos, pero por norma general era así.
Pues eso, Mateo no vino ese día y, como he dicho antes, Bruno no estaba viniendo a comer, por lo que el único que faltaba por llegar era Fermín.
En cuanto llegó, comimos los cuatro juntos. Las comidas con ellos eran siempre de lo más divertidas. De verdad, es que cuando no era uno, era el otro, pero siempre había algún comentario o algo que te hacía sonreír.
Qué infancia más bonita habían tenido que pasar y qué diferente había sido de la mía.
De pronto se me hizo un nudo en la garganta que no me dejaba pasar la comida. No quería que se dieran cuenta del cambio de mi estado de ánimo.
Agaché la cabeza para que no me vieran, pero no valió de nada, porque el primero en darse cuenta fue Fermín y, claro, al hacerlo él, lo hicieron los otros dos.
—Ey, ¿qué le ha pasado a mi preciosa nuera?
Estaba sentado a mi lado, por lo que solo tuvo que estirar un poco la mano para poner dos dedos debajo de mi barbilla.
—No me pasa nada, solo me he emocionado.
Era una parte verdad y la otra no, pero no les iba a decir lo que había pensado.
—¿Y a qué se debe esa emoción? —me preguntó Hugo.
—Es que desde el primer momento en el que me conocisteis me habéis tratado tan bien.
Parpadeé un par de veces para evitar llorar.
De verdad que no quería seguir pareciendo una tonta llorona, pero es que había cosas que se clavaban tan dentro que era imposible que no dolieran.
Y esas cosas salían de vez en cuando, era imposible que no lo hicieran. Y eso era lo que me había pasado, en algún momento todo tenía que salir a flote.
—Es como te has ganado que te tratemos —me dijo mi suegra.
—¿Sabes lo que vas a hacer? Te vas a cambiar de ropa y después te vas a ir con Hugo al gimnasio. Así le das una sorpresa a Bruno, ves lo que hace de verdad y de paso te distraes —me dijo Fermín y, además, lo dijo convencido.
—Me parece una idea estupenda —corroboró Encarni.
Parecía una tontería, pero saber que iba a ver a Bruno me subió los ánimos, y mucho.
Fue mi suegra la que me ayudó a ponerme la ropa. Había ciertos movimientos que me costaba hacer y en esos mismos era donde me tenían que ayudar.
—No sé si llevarte con mi hermano o secuestrarte hasta que te enamores de mí.
—Hijo, mejor no digas eso delante de tu hermano —le dijo el padre.