Capítulo 28
Bruno
—¿Se sabe algo de esa mujer? —me preguntó Paco.
Habían pasado tres días desde que Rocío salió del hospital y cuatro desde que la hija de puta esa le había dado la paliza, y desde entonces era como si se la hubiera tragado la tierra.
La policía la había buscado por los sitios por los que sabían que se movía. Tal y como nos habían dicho, la tenían fichada. A su hija no había sido la única que había robado ni pegado.
Pero, como nos dijeron los propios policías, las leyes estaban un poco revueltas y esas personas se tiraban la mitad de la vida entrando y saliendo de las cárceles.
De verdad que no lo entendía.
Si eran delincuentes reincidentes, ¿por qué no los metían dentro y los dejaban allí de una vez? Si sabían de sobra que la iban a volver a liar.
Es que no se entendía, de verdad que no. Después pasaban cosas mayores, como que en uno de esos arrebatos le quitaran la vida a alguien, y ahí sí que no había solución.
—Nada, ha desaparecido por completo —le contesté mientras me iba poniendo las vendas.
—¿Y cómo está ella?
¿Cómo estaba? De ánimo, la verdad, me esperaba que iba a estar mucho peor y eso, quisiera que no, era un gran alivio. Pero físicamente estaba hecha un cromo. Literalmente.
Uno de los ojos, el que se llevó el primer puñetazo, ya lo podía ir abriendo más o menos, pero tenía un gran derrame.
La barriga, los brazos y las piernas los tenía cubiertos de morados. Daba pena ver su cuerpo, y no por estética, daba pena porque sabía cuánto dolor había aguantado.
—Es mucho más fuerte de lo que creía. En cuanto a las lesiones, ya sabes cómo van, algunas necesitan más tiempo que otras, pero poco a poco se repondrá.
—No quiero que te tomes a mal lo que te voy a decir, pero sabes que no te puedes distraer más.
Resoplé porque tenía razón.
No me había perdido ni un solo día de entrenamiento. Los únicos días que entrené algo menos fueron el día que le pegaron y al día siguiente, que me quedé en el hospital hasta que llegó mi madre. El resto de los días había tenido el mismo horario de siempre.
Pero sí, no podía quitarle la razón cuando la tenía por completo.
Había tenido la cabeza más en Rocío que en lo que estaba haciendo y ese despiste me podía salir caro.
Esa distracción me podía costar el trabajo de toda una vida. Y no solo mi trabajo, porque también era el de mi equipo al completo.
Y no, no podía jugármela de esa manera, ni mucho menos jugársela a todos ellos.
Iba a ganar el título, me lo debía a mí mismo y se lo debía a los chicos.
Y cuando lo ganara, me iba a retirar, pero lo iba a hacer en lo más alto.
Era lo que me había prometido a mí mismo cuando decidí meterme en ese mundo. Tal y como nos dijo mi padre, podíamos hacer lo que quisiéramos, pero yendo a por todas.
Pues eso era lo que yo había hecho: ir a por todas. Y fue ahí, cuando empecé, cuando me hice la promesa de llegar a lo más alto y, una vez allí, colgar los guantes. Por lo menos en el mundo profesional.
—Sé que he estado muy disperso con todo lo que le ha pasado a Rocío. Te prometo que, a partir de hoy, voy a dar todo lo que tengo.
Y Paco sabía muy bien que, cuando yo hacía una promesa, la cumplía aunque me costara la vida.
—Te creo, porque te conozco más de lo que te conoces tú mismo. Haz que me sienta orgulloso de ti, haz que el esfuerzo de todos estos años haya valido la pena.
Levanté un poco el labio superior en un amago de sonrisa. No lo podía evitar, cada vez que me daba uno de sus discursos motivadores, me hacía un poco de gracia.
—Esas palabras no sería mejor que me las dijeras el día del combate —le dije para pincharlo un poco.
—Anda y tira, que al final, en vez de una charla, te voy a dar una paliza.
Me terminó de poner las vendas y, tras ellas, los guantes.
¿Cuántas vendas me habría puesto desde que empecé en este mundo? Kilómetros y kilómetros de ellas. Era imposible calcular la cantidad.
Recuerdo que, al principio, los primeros meses, me hacía los nudillos polvo. Eso fue hasta que llegó Paco a mi vida como entrenador. Se podría decir que llevo desde el inicio con él, pero la verdad es que estuve unos meses sin su ayuda.
Bueno, todo esto iba porque quería decir que colocar unas vendas no era tarea fácil. Había que saber muy bien cómo hacerlo para que el boxeador no se dañara.
Eso por no decir que el día del combate, y no hablo solo del que me iba a enfrentar, sino de todos, la colocación de las vendas era casi un ritual bajo supervisión.
Las ponían en completo silencio en los vestuarios, bajo la atenta mirada del supervisor oficial y del árbitro designado.
Una vez colocadas, uno de ellos las sellaba o firmaba para dejar una marca y que, a la hora de poner los guantes, se pudiera comprobar que no habían sido manipuladas.
Cuando veían que todo estaba en orden, colocaban los guantes, que también se sellaban para asegurarse de que nadie los tocara.
Ese día se seguían muchos rituales y cada equipo tenía el suyo propio. En el mío, lo más importante para mí era que, unos veinte minutos antes, me dejaran solo.
Necesitaba ese tiempo para mí, para pensar y mentalizarme.
Joder, macho, por dónde había terminado y eso que solo quería contaros lo de las vendas. Pues no hay mal que por bien no venga, porque pensaba contar todo esto el día del combate y ya no hace falta.
—¡Rubén, Bruno está listo y tú todavía no has salido de los vestuarios!
Me encogí porque poco más y me dejaba sordo del grito que había dado Paco para que mi amigo lo escuchara.
—Joder, Paco, la próxima vez manda a alguien, que al final vas a ser tú el culpable de que me lesione.
—No seas tan exagerado, que no ha sido para tanto.
Pues menos mal que no había sido para tanto, pensé.
—Paco, cuanto más cerca estamos de la pelea, más insoportable te pones —le dijo Rubén sonriendo, este no le temía al peligro—. Como sigas así, te va a dar un infarto y no vas a ver a tu chico ganarlo.
El hijo de su madre.
Todos los que lo oímos nos reímos a carcajadas.
—Lo que pasa es que soy el único que se lo toma en serio.
Eso sí que no. Y lo sabía.
—Eso no es así y lo sabes —le rebatí.
—Bruno tiene razón. Lo que pasa es que estamos tranquilos porque sabemos de sobra lo preparado que está nuestro campeón y todo lo que hemos currado todos —habló Julio.
Y para que Julio hablara, le había tenido que sentar como una patada en el culo, por no decir otra cosa.
—Tenéis razón, perdonad, ya sabéis que la boca me pierde en muchas ocasiones.
—No te preocupes, sabemos cómo eres, pero intenta medir un poco más lo que dices, porque aquí hemos trabajado todos —dijo Luis.
Nadie estaba enfadado, pero era verdad que, cuando decía algo de ese estilo, había que cortarle el rollo.
Me subí al cuadrilátero esperando a que Julio terminara con Rubén. En cuanto estuvo listo, nos pusimos los protectores bucales. Era una mierda tener eso en la boca, pero mucho peor era perder los dientes o un trozo de lengua por cortártela de un bocado.
—No te pases, no vayas a pagar conmigo que estés a dos velas.
Hijo de puta.
Cómo disfrutaba metiendo los dedos en la llaga.
—No te preocupes, soy tan bueno que voy a hacer que tampoco puedas hacer nada.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—Tío, que estaba bromeando.
Reí.
—Pues yo no.
Era mentira, no le iba a hacer daño a propósito.
—Te lo digo en serio. —Estaba acojonado.
No le gustaba tanto gastar bromas, pues ahora iba a recibir un poco de su propia medicina.
—Venga, ¿a qué esperáis? —nos animó Paco a comenzar.
—Tírale, ataca primero.
Negó con la cabeza repetidamente.
Estaba claro que me seguía el juego, de sobra sabía él que jamás en la vida le iba a hacer daño.
—Rubén, empiezas o subo y te doy una patada en el culo —le riñó el entrenador.
—Ya me estoy llevando la bronca por tu culpa —me dijo con toda la cara del mundo.
—La culpa es tuya por tener la boca tan grande.
Al final dejamos las bromas y nos pusimos en serio.
Decir que el día fue largo y agotador era quedarme demasiado corto.
Cuando salí de los vestuarios recién duchado, sentía que no podía con mi cuerpo.
Di todo de mí, tal y como le había prometido a Paco que iba a hacer.