Noqueado y enamorado Capítulo 27
55%

Capítulo 27

Rocío

—Cariño, no te puedes quedar sola en tu piso y sabes que, si lo haces, Bruno va a estar más tiempo pensando en ti que concentrado en los entrenamientos —me dijo Encarni cuando vino al hospital por la tarde.

—No quiero ser una molestia para nadie —confesé.

Sabía que ella se estaba ofreciendo de corazón para que me fuera a su casa, por lo menos hasta que me pudiera mover con mayor facilidad.

Pero es que, de verdad, esta mujer ya tenía lo suyo como para que encima tuviera que estar pendiente de mí. Claro que, si no me iba a su casa, Bruno no iba a ir a los entrenamientos, cosa que no se podía permitir.

O, por otro lado, iba a ir, pero no se iba a concentrar lo suficiente, lo que sería igual de malo.

Y tampoco podía decirle de irme a casa de Coral, porque ella no estaba allí. Como era normal, tenía que trabajar, así que pasaría lo mismo que si me quedaba en la mía: iba a estar sola.

—No eres una molestia, todo lo contrario. Creo que me ayudarías más tú a mí que yo a ti.

—¿Cómo te voy a ayudar?

No tenía ni idea, pero si había algo que pudiera hacer por ella, lo iba a hacer encantada.

—Haciéndome compañía, que paso mucho tiempo sola. Por lo menos contigo no lo voy a estar.

Le sonreí con cariño.

Era tan buena que hasta había puesto esa excusa de la soledad para que yo sintiera un poco de lástima y quisiera irme con ella.

—Encarni, sé que nos conocemos desde hace poco, pero eso de la soledad no me lo trago.

Es que no ocultó que era una trola. Vamos, que más claro no se le pudo ver en la cara.

—Hija, pon un poco de tu parte y haz como que me has creído.

Me puse una mano en el centro del pecho, que ahí no tenía nada roto, pero me dolía horrores.

La otra me la puse en el costado, justo encima de donde me había roto una costilla y fisurado otra.

Y madre mía si dolía la mierda esta, hasta con la respiración molestaba.

Me puse las manos en esos lugares porque comencé a reír por lo que había dicho.

—Si a ti te hace feliz que haga como que te creo, yo lo hago encantada —le dije.

Hice el intento de guiñarle un ojo, pero ya lo tenía tan hinchado que no hizo falta. Lo tenía en ese estado constante.

—Eso, tú intenta guiñar el ojo. —Se carcajeó de mí.

—Suegra, no te rías, que estoy convaleciente —me quejé un poco más.

Por no decir que me atreví a decirle suegra.

—Ains —se puso una mano en el pecho—, me ha dicho suegra. Ya puedo presumir de manera oficial de que tengo una nuera.

La madre que la parió, después se quejaba de los hijos.

Creo que en esa familia el más cuerdo era Mateo, y yo creo que opinaba eso porque era al que menos había conocido.

—No me hagas reír, que me duele por todos mis muertos.

—Perdona, tienes razón, pero el problema es tuyo, que no te puedes reír. Yo sí lo puedo hacer.

No era tonta, sabía de sobra que todas las cosas que estaba diciendo eran para hacerme olvidar un poco lo ocurrido y que mis ánimos estuvieran algo mejor.

Lo que estaba haciendo Encarni por mí no tenía cómo agradecérselo.

Era increíble el cariño tan grande que podía darte una persona sin apenas conocerte. Tanto ella como toda su familia me lo habían dado, pero, sobre todo, me lo habían demostrado.

—Parece que mis chicas se lo están pasando bien. —No, no era Bruno el que dijo esas palabras, fue su padre.

—Cariño, dile a nuestra nuera que se tiene que venir a casa, por lo menos hasta que se pueda mover un poco más.

Fermín me miró como diciendo que contra su mujer poco se podía hacer.

No iba a dejar que me rogara más. Si iba a terminar aceptando, mejor hacerlo ya. No por mí, porque yo sabía que podía valerme por mí misma. A ver, una cosa era valerme y otra muy distinta hacer ciertos movimientos sin ver las estrellas.

—No hace falta que me lo digas otra vez, me voy a ir a vuestra casa —iba a decir algo, pero no la dejé hasta que terminé de hablar—. Pero —levanté un dedo— solo hasta que me pueda mover un poco mejor.

—Perfecto, vas a ser mía hasta casi el combate.

—No, para eso falta mucho —le contesté.

—¿Y cuánto crees que tardan unas costillas en curarse? Mira que de otras cosas no entiendo, pero de costillas rotas entiendo y mucho, y todo por culpa de tu novio.

Pobrecito. Con lo que dolía y a él se las habían roto más de una vez.

—Cariño, deja que la niña descanse —dijo mi suegro.

¿Cómo unas simples palabras podían llenar tanto? No lo sabía, pero ese simple «niña» me había llegado al alma.

—No tengo sueño, si he dormido casi todo el día.

La puerta se abrió y por ella entró Bruno. Se había ido antes sin ganas, y lo había hecho para ducharse y llamar a un cerrajero para que cambiara las cerraduras de casa.

Mira por dónde, al final me iba a tener que gastar el dinero, porque ni loca las dejaba sin cambiar. Vamos, con el bolso que me había robado y las llaves dentro, era capaz de dejarme el piso pelado en una sola noche.

—Hijo, ya está solucionado dónde se va a quedar Rocío —le dijo su madre antes de que él pudiera decir nada.

Le sonreí con cariño, pero, sobre todo, por la felicidad que se le veía a su madre.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde se va a quedar? —Se acercó a mí para darme un beso—. ¿Cómo te sientes?

Él preguntaba cómo me sentía anímicamente. A ver, que se preocupaba por mi estado físico, pero el otro era el que más.

—Me siento bien. —Levanté la mano y se la puse en la mejilla—. Te lo prometo.

Puede que no fuera muy normal o puede que sí. Como no entiendo de estas cosas, solo puedo decir lo que me había pasado a mí o, más bien, cómo me había hecho sentir lo que mi madre me había hecho.

Y el resultado de verme en el hospital fue que, a pesar de sentir el cuerpo dolorido y hecho una mierda, me sentí más fuerte que nunca, porque por primera vez en mi vida no estaba sola después de que me dieran una paliza.

Ahora tenía una familia que miraba por mí, que me demostraba amor, que me cuidaba y, sobre todo, que estaba a mi lado.

—Se va a quedar en casa —le contestó el padre.

Me miró esperando que se lo confirmara. Asentí con la cabeza sonriendo.

—Tu madre puede llegar a ser muy convincente.

Me sonrió con una de esas sonrisas capaces de hacer que te temblara hasta el alma.

—¿Te vas a quedar en casa de mis padres? —me preguntó con una ceja levantada.

—Hijo, es lo mejor, así tú puedes seguir entrenando tranquilo. —Miró a su madre mientras le hablaba—. Se quería quedar sola en su piso.

Resoplé poniendo los ojos en blanco.

—Sabes que no te iba a dejar sola, ¿verdad?

—Bruno, me voy a ir con tus padres para que estés más tranquilo, pero sabes que podría quedarme sola en casa y no pasaría nada.

—Sí que pasaría, te lo digo yo, que sé muy bien lo que es tener unas costillas rotas, así que no me digas eso.

Tocaron en la puerta, pero no esperaron a que les dieran paso. Abrieron directamente.

Hugo entró con una piruleta casi más grande que mi cabeza. Nos reímos lo más grande cuando lo vimos aparecer con esa cosa.

—Pero ¿adónde vas con eso? —le pregunté riendo lo que el dolor del costado me dejaba—. Me va a entrar diabetes por tu culpa.

—Pues no seas golosa y cómetela poco a poco —saltó Encarni.

La miré negando con la cabeza. Cada vez tenía más claro que sus hijos habían salido a ella.

—Cuñada, encima que pienso en ti. —Uy, esa sonrisa no me gustaba—. He pensado que te puedes entretener un poco con ella, así te mantienes relajada, como mi hermano no va a poder relajarte en un tiempo.

—Hugo —le riñó el hermano, pero aguantándose la risa.

Madre mía, no se cortaba un pelo y eso que sus padres estaban delante. Ahora mismo estaba entre coger la sábana y taparme la cabeza con ella o levantarme y huir, aunque, como era normal, no iba a hacer una cosa ni la otra.

—No he dicho nada que no sea verdad. —Dejó la piruleta encima de la mesilla y se acercó a mí—. No te puedes avergonzar, en esta familia no hay secretos y se habla de todo con normalidad.

Me dio un beso en la frente.

Pues también tenía razón, no había nada malo por lo que tuviera que sentir vergüenza.

—No le hagas caso, es verdad que en casa siempre hemos podido hablar de todo, pero lo de él ya no es normal —dijo el padre levantándose de la silla donde estaba—. Creo que lo mejor que podemos hacer es dejarla descansar.

Me dio un beso en la frente.

Por lo que pude comprobar con ese beso, a los hombres de esa familia les encantaba besar la frente de las mujeres que pertenecían a ella.

Nos dejaron solos a Bruno y a mí.

Esa noche la tenía que pasar en el hospital y, por mucho que había insistido para que no se quedara, no hubo manera de convencerlo.

Me prometió que, en cuanto por la mañana llegara su madre, él se iba a ir a entrenar.

No quise insistirle más.