Noqueado y enamorado Capítulo 26
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Capítulo 26

Bruno

—No, no pares de saltar todavía, quiero que sigas practicando el juego de pies —me dijo Paco sin dejar de mirarme.

Era más de mediodía. Hasta hacía unos quince minutos había estado dentro del ring practicando con Rubén.

Ahora estaba saltando a la comba. Esto nos venía muy bien a los boxeadores para coger agilidad en los pies.

Rubén estaba con las pesas.

Luis estaba dándole un masaje a mi hermano. Por lo visto, el día anterior se había lastimado el muslo al levantar más peso del debido.

Mira que se lo tenía dicho, que no abusara, que las lesiones musculares eran muy jodidas, pero nada, él terminaba haciendo lo que le salía de los cojones.

Julio salió del vestuario. Hoy no se podía quedar más tiempo, por lo visto, tenía que ir con su mujer a algún sitio.

—Rubén, el teléfono no para de sonarte. Creo que te han llamado más de cinco veces mientras me duchaba —le dijo Julio cuando pasó por su lado.

—Qué raro, no suelen llamarme a esta hora. Saben que nunca tengo el teléfono encima.

Se levantó de la máquina y fue al vestuario para mirar el móvil.

Supongo que, si habían insistido tanto, era porque tenía que ser importante.

Seguí saltando a la comba, ya nos diría qué era lo que había pasado.

—Sí, ahora mismo se lo digo. —Escuché que dijo más cabreado de la cuenta.

No era solo cabreo, sonaba preocupado.

Dejé de saltar cuando se paró delante de mí.

—No llores, vamos para allá ahora mismo.

Tiré la comba al suelo.

Me estaba empezando a preocupar. No me estaba gustando nada cómo me estaba mirando.

Los demás también dejaron de hacer lo que estaban haciendo para prestarle atención.

Colgó el teléfono un par de segundos después.

—¿Qué es lo que ha pasado? —le pregunté.

—Joder, tío, no sé cómo decírtelo.

Se pasó la mano por la cara. Parecía agobiado, pero, sinceramente, cómo se encontrara él en ese momento me daba igual.

A mí lo que me preocupaba era lo que me tenía que decir, porque que se enterara él y que tuviera que ver conmigo solo podía significar que era algo relacionado con Rocío.

—Dilo y sin rodeos, que sabes que no los soporto.

Me empecé a quitar las vendas. Le había escuchado decir antes que íbamos para allá.

—A Rocío le han dado una paliza y está en el hospital.

No pregunté nada más. Ya me enteraría de todo cuando la viera.

Corrí al vestuario para coger mi cartera, las llaves del coche y el móvil.

Ni ducha ni nada. No pensaba perder el tiempo, ya me ducharía cuando pudiera.

Lo que me importaba era verla y saber cómo estaba.

Estaba terminando de sacar las cosas de la taquilla en el momento en que llegó mi hermano, seguido de Rubén.

—Nosotros vamos también —me dijo uno de ellos.

No presté atención ni a quién era el que lo había dicho, me daba completamente igual.

Sentía una angustia dentro del pecho que me costaba hasta respirar.

¿Quién cojones se había atrevido a ponerle una mano encima?

Os puedo jurar que, cuando me enterara de quién había sido, ese no volvía a tocar a una mujer.

—¿Te ha dicho en qué hospital está? —asintió—. Pues vamos, quiero llegar cuanto antes.

—Vamos en mi coche —dijo mi hermano.

Supongo que lo dijo porque me vio alterado. Para mí fue un alivio, no tenía la cabeza para ir mirando semáforos, pasos de peatones o cualquier otra cosa de ese estilo.

Íbamos en el coche cuando hice un comentario que me llevó a saberlo todo.

—Como pille al tío que se lo ha hecho, lo mato y no me voy a arrepentir lo más mínimo.

—No ha sido un hombre, ha sido su madre. La pilló esta mañana en el portal de su casa y la metió dentro de un empujón.

—Hija de puta —dijo mi hermano apretando los dientes.

—¿Qué es lo que quería? —le pregunté cerrando los puños con fuerza.

—Por lo poco que le he entendido a Coral, quería robarle, pero, como ella se negó a seguir dándole dinero, le ha dado la paliza.

Me pasé las manos por la nuca y entrelacé los dedos.

Estaba intentando por todos los medios controlar la rabia que me había invadido el cuerpo.

Cuando pensaba que había sido un tío, por lo menos me quedaba la satisfacción de poder darle una paliza, porque estaba seguro de que antes o después terminaría encontrándomelo.

Pero, al ser una mujer, no le podía dar su merecido. Por mucho que se lo mereciera más que nadie, en mi vida había tocado a una mujer con malas intenciones, no lo iba a hacer ahora. Y no era porque no me faltaran las ganas.

—Le tenía que haber dado el dinero —dijo mi hermano.

Sé que él pensaba que así se habría evitado la paliza.

Aunque sonara contradictorio, había hecho bien en plantarle cara.

Lo que no podía ser era que volviera a encontrarse indefensa delante de esa mujer.

Os juro que iba a enseñarle lo básico, lo justo para que pudiera dar un golpe, ganar unos segundos y salir corriendo a pedir ayuda.

—Pues yo opino que ha hecho bien, en algún momento tenía que decir basta —dijo Rubén.

—¿Y de qué le ha valido decirle que no? De nada, porque estoy seguro de que encima ha terminado robándole.

Por la cara que puso mi amigo, la respuesta era que así había sido.

—Antes de buscar aparcamiento, a mí me dejas en la puerta de urgencias.

Hugo asintió.

Sabía de sobra que buscar aparcamiento en el hospital era tirarte como mínimo media hora dando vueltas, y eso si tenías suerte.

Me dejó tal como le dije. Rubén se bajó del coche conmigo.

Iba directo hacia el mostrador cuando apareció Coral, seguramente avisada por mi amigo.

—¿Cómo está? —fue lo único que le pregunté.

De todos modos, era lo único que me importaba en ese momento.

—Tiene una costilla rota, otra fisurada —respiré hondo apretando la mandíbula—, cinco puntos en la parte de atrás de la cabeza, por no decir que le van a salir morados por todo el cuerpo.

—Joder, ¿cómo es posible que le haya hecho tanto? —le preguntó Rubén.

—Esa mujer estuvo con un tío que practicaba peleas clandestinas y ella aprendió de él.

Miré a Rubén.

Los dos sabíamos muy bien cómo eran los golpes en ese tipo de peleas. Eran golpes sucios, directos a hacer daño, mucho daño.

Me podía hacer una idea de cómo le había dado y, por mucho que me jodiera admitirlo, aunque Rocío hubiera sabido defenderse, no habría podido contra esa mujer, no si iba así de sucio.

—Dime dónde está, no puedo esperar más a verla.

Asintió yendo por el pasillo por el que la había visto salir. Se detuvo delante de una puerta y se giró para mirarme.

—Ahora está dormida. Te voy a dejar a solas con ella, supongo que se sentirá bien al verte junto a ella. —Me puso una mano en el brazo—. Cuídala, está muy dañada y no me refiero a físicamente.

Se me hizo un nudo en la garganta que no me dejaba ni pasar la saliva.

Cogí el pomo de la puerta, respiré profundo y entré sin hacer ruido para no despertarla.

Lo rápido que puede cambiar todo.

Me fui esa madrugada de su casa, le di un beso, me la dejé dormida y ahora también estaba ante mí dormida, pero qué distinto era.

Me acerqué con cuidado.

Joder, se me rompió el corazón al ver los golpes que tenía por todo el rostro.

Y eso que todavía no se le notaban demasiado, no me quería ni imaginar cómo se iba a ver en dos días.

A mí me daba igual, quiero decir, tuviera lo que tuviera en el rostro, para mí iba a seguir siendo la misma de siempre.

Se me rompía el alma verla así.

No se lo merecía. Había pasado mucho durante toda su vida, era la persona que menos daño merecía que le hicieran.

—Hola —le dije en voz baja cuando se despertó.

—Hola —me sonrió.

Estaba molida a golpes y me sonrió.

—No tenías que haber dejado de entrenar, estoy bien.

Sí, muy bien, solo había que verla.

—Preciosa, al entrenamiento le pueden dar por culo, la que me importas eres tú.

Me senté a un lado de la cama. Necesitaba sentirla lo más cerca posible, pero sin hacerle daño.

—Paco me va a coger manía y tú no puedes dejar de entrenar por una tontería, no cuando estás tan cerca.

Sé que se preocupaba por mí y por todo aquello por lo que había luchado, pero, como dije antes, por mí le podían dar a todo, menos a ella.

—Paco no te va a coger manía, porque entiende lo que te ha pasado y sabía que nada ni nadie me iba a impedir venir.

—Gracias.

Le limpié una lágrima que se le había escapado.

—No vuelvas a darme las gracias por estar a tu lado. Además, he traído conmigo a dos pesadillas, así que estoy seguro de que no me lo vas a agradecer tanto.

Rio, pero se llevó una mano al pecho.

Hija de puta, ojalá todo el daño que había hecho lo pagara con creces.