Noqueado y enamorado Capítulo 25
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Capítulo 25

Rocío

Sentí un beso en la frente.

Abrí un poco los ojos, pero no mucho, no era capaz.

No sé cómo este hombre era capaz de levantarse a esa hora de la madrugada de la cama, si era cuando más a gustito se estaba.

—Sigue dormida —me dijo flojito para que no me espabilara.

—Que disfrutes de tu carrera —le contesté medio adormilada.

Si me contestó algo, desde luego que no me enteré.

Cerré los ojos y no los volví a abrir hasta que me sonó el despertador. Y porque sonó, que, de no ser así, todavía seguiría dormida.

Hoy era uno de esos días en los que sentía que todo me pesaba: mover las piernas, los brazos o incluso abrir los ojos.

Vamos, que no dejaba de respirar porque sabía que, si lo hacía, me moría, y yo no quería morir todavía. Mucho menos ahora que había encontrado a un hombre que me estaba dando la vida.

Sabía que la tontuna esta se me iba a ir en el momento en el que saliera de la cama y me metiera en la ducha, pero a ver si tenía cojones y salía de ella.

Venga, Rocío, a la de tres sales de la cama, me dije a mí misma.

Eso hice, pero, en vez de llegar a tres, me levanté en el uno.

Ni café ni nada, lo primero que hice fue darme esa ducha y, mira que era friolera, pues terminé dándomela con agua fría.

Una de dos, o me espabilaba de verdad o cogía una buena pulmonía.

Lo mejor de tener que usar uniforme es que no me tenía que calentar la cabeza con la ropa que me tenía que poner.

Lo peor estaba claro: hasta el moño estaba de ir de negro.

Sí, lo próximo que les iba a proponer a Pepe y a Pilar iba a ser que las próximas camisas fuesen rosas, verdes o yo qué sé, pero algo que diera un poco de vidilla.

Que con tanto negro parecía que se me había muerto el canario y que estaba de luto.

Me recogí el pelo en una coleta alta.

Siempre era lo mismo, una cola alta o una trenza de esas que se llaman de espiga. Bueno, no es que se les diga así, es que ese es su nombre.

Mis deportivas negras, esas que son de una marca conocida por su comodidad y que usa casi todo el mundo que pertenece a la hostelería.

Y, como siempre, por último, el perfume.

Cogí el bolso de bandolera, era el que siempre usaba para el trabajo.

Y sí, esta vez no se me quedaron las llaves dentro. Vamos, que solo me había pasado dos veces, si no recordaba mal, y la segunda no tuve que soltar un céntimo porque, por suerte, Bruno me la pudo abrir al día siguiente.

No había terminado de poner el pie en la calle cuando sentí que me daban un empujón en el hombro para volver a meterme dentro del portal.

Fue tan rápido que no me di cuenta.

—¿Te crees que no me di cuenta de que eras tú? —me preguntó la hija de puta de mi madre—. Si no me acerqué a ti fue por el grandullón que iba a tu lado.

Cerré los ojos diciéndome que ya no era una niña con la que podía hacer lo que le diera la gana.

Ya no era esa niña a la que, cuando mi abuela no estaba, cogía y sentaba en una silla.

Una silla a la que me ataba y me tenía allí durante horas mientras ella se metía en alguna habitación con alguien que le diera dinero o drogas.

Pero, por mucho que me dijese que ya no era esa niña, el miedo que había pasado a manos de esa mujer no se me quitaba.

Daba igual los años que hubieran pasado. La pesadilla que viví no se olvidaba, mucho menos cuando a ella le daba por aparecer cada vez que le venía en gana.

—¿Qué es lo que quieres? —le pregunté después de tragar la saliva que se me había quedado atascada en la garganta.

—No te hagas la tonta, sabes que necesito dinero.

Y una mierda.

Esta vez no pensaba darle un duro, no iba a hacer lo mismo que había hecho las otras veces.

No, ya no.

—Trabaja como hace todo el mundo —le contesté.

Por la cara que puso, se notó que no se esperaba mi respuesta. Estaba acostumbrada a que las otras veces siempre se lo hubiera dado sin rechistar.

—¿Cómo te atreves? Gracias a mí estás en esta vida.

Tenía que estar bromeando.

Era increíble, es que no daba crédito a la poca vergüenza que tenía. Y ya no era que no la tuviera, era lo mala persona que era.

¿Cómo era posible que una madre le hiciera todo eso a su propia hija?

Ya lo sé, pienso como vosotras, porque esa mujer no era madre ni era nada. Si no se quería a sí misma, ¿cómo me iba a querer a mí o a cualquier otra persona?

—A ti no tengo nada que agradecerte. No te debo nada, solo una infancia de pesadilla.

El puñetazo que me dio en todo el ojo ni lo vi venir.

Joder, ¿cómo era posible que pegara tan fuerte?

Sentí el impacto de mi cabeza contra la pared. Me había dado tan fuerte que no pude evitar el golpe.

Intenté empujarla, apartarla, hacer cualquier cosa para que parara, pero seguía pegando igual de fuerte que siempre.

—¡Para ya! ¡Me puedes matar si quieres, pero no te pienso dar nada! —grité con todas mis fuerzas por si algún vecino me escuchaba.

—Pues no pienso parar hasta matarte, pero tu dinero me lo llevo.

Me fui escurriendo hasta el suelo. Ya no sabía qué parte del cuerpo me dolía más: la cara, el pecho o los brazos de intentar cubrirme.

Cuando caí del todo, empezó con las patadas. Una de ellas debió de darme con más fuerza, porque todo se volvió negro.

Después solo recuerdo gente hablando a mi alrededor, aunque las voces me llegaban desde muy lejos. Era como si tuviera la cabeza debajo del agua y todo sonara distorsionado.

Lo siguiente fue una sensación de movimiento, como si me estuvieran trasladando, y el sonido de unas sirenas.

Luego volví a perderme. Era como si tuviera mucho sueño.

De pronto, me vi en una habitación rodeada de médicos. Unos me revisaban una cosa, a otro lo escuché decir que me tenían que hacer una placa en la cabeza, en el pecho y en las costillas.

No sabía lo que me estaban haciendo, pero de mi lado no se despegaba nadie.

Es verdad que, cuando abrí los ojos rodeada de esas personas, me encontré un poco confusa, pero poco a poco la mente se me fue despejando.

Así que sí, era consciente de lo que me había pasado. Lo que no tenía ni idea era de quién me había encontrado y llamado a la ambulancia.

Lo que sí tenía claro era que, si había tenido la posibilidad, me había robado todo lo que llevaba encima.

—Vaya, parece que estás volviendo a la vida —me dijo un enfermero—. Dime que recuerdas quién eres y lo que ha pasado.

—Me acuerdo de todo —le confirmé con la poca voz que me salió.

—Bien, porque la verdad es que no me apetecía tener que inventarme una nueva identidad para ti.

Me reí, o más bien lo intenté, porque la zona de la barriga y de las costillas me estaba matando.

—Chica, no rías, que, por lo que parece y a falta de confirmarlo, mínimo tienes una costilla rota. Y eso sin contar los golpes del resto del cuerpo. Vamos, que dentro de unos días vas a tener más manchas que un vestido de lunares.

Y me decía que no me riera, pero eso era imposible con el arte que tenía el hombre este.

—¿Sabes si me han traído con mi bolso?

—No, cielo, has venido tal cual. De hecho, hasta que no nos des tus datos, no sabemos quién eres.

Le di todos los datos y le pedí que, por favor, llamara a Coral. Era el único número de teléfono que me sabía de memoria.

Creo que volví a quedarme dormida, porque me desperté con su voz a mi lado.

Por lo visto, estaba hablando con el médico. Vamos, que le estaba contando todo lo que la hija de puta esa me había hecho.

Mira que no le deseaba el mal a nadie, pero con ella hacía una excepción. Ojalá en el próximo chute que se metiera se quedara ahí para siempre.

No podía odiar más a una persona que a esa tía.

—Por fin despiertas. —Hala, lo decía como si estuviera dormida por gusto—. Estamos esperando que nos digas quién te ha hecho esto; por lo visto, te encontró un vecino tirada en el suelo.

Así que, después de darme la paliza, me había robado y se había largado.

—¿Quién crees que ha podido ser?

—Yo qué sé, Rocío, si lo supiera, se lo habría dicho ya a la policía.

Se notaba que tenía los nervios de punta.

—Ha sido mi madre. —El médico me miró con cara de espanto y ella con una rabia que se le podía ver en los ojos—. Me pilló desprevenida.

—Hija de puta, como me la encuentre por algún lugar, la mato.

—Coral, déjalo, ahora no es el mejor momento.

Estaba cansada, me dolía la cabeza y lo único que quería era descansar, dejar de recordar y que todo dejara de doler.