Capítulo 24
Rocío
—Hugo, estás loco.
No podía dejar de reír.
Sabía que lo había hecho para hacerme sentir más cómoda o, por lo menos, para que me relajara un poco.
Desde luego que funcionó, aunque es verdad que Encarni me hizo sentir bien desde el momento en el que su hijo nos presentó.
Se notaba que era una buena mujer. Ya sé que no se puede decir eso de una persona que acabas de conocer y que en realidad no sabes cómo es de verdad.
Pero es como cuando conoces a alguien, la miras a los ojos y te transmite su bondad. Pues eso me había pasado con ella.
Además, no podía ser mala persona cuando había criado a unos hijos con buen corazón, porque, aunque Hugo fuera un poco más loco, había demostrado muy bien sus buenos sentimientos.
Y no solo eso, a la vista estaba lo responsable que había sido.
No solo él. Bruno era igual y Mateo, aunque no lo conocía, también sabía que era como ellos. Creo que incluso más responsable.
Ya digo, eso lo sabía por lo que me había contado Bruno cuando me habló de su familia.
—No te creas que te vas a librar, Encarnita —le dijo el hijo pequeño a la madre.
—Hugo, que me da igual que esté Rocío delante, sabes que todavía soy capaz de darte unos azotes.
Miré a Bruno sin dejar de sonreír. Desde luego, esto era ser una familia, y por lo que se podía ver, lo que más había en ella era amor, cariño y respeto.
—Sé que no harías tal cosa. Lo primero, porque soy tu hijo favorito y, lo segundo… —Bruno negó con la cabeza, por lo que supuse que eso era porque iba a soltar una de las suyas—, porque, si me das los azotes con el culo al aire, mi cuñada me puede ver las joyas de la corona.
Me tapé la boca con la mano intentando retener la carcajada.
Fue imposible.
Ese hombre no era normal, os lo digo de verdad.
Vamos, que Coral, a su lado, era más santa que Teresa de Calcuta.
—Hugo, córtate un poco, tío —le dijo su hermano.
Hugo me miró y me guiñó un ojo.
—Cuñada, ¿has visto qué aburridos son?
A su lado, cualquier persona parecería aburrida.
—No es que sean aburridos, es que tú eres demasiado animado. —Reconocí.
—Eh, no intentes poner a mi chica de tu parte, porque no lo vas a conseguir.
Bruno vino hacia mí, me rodeó los hombros con su fuerte brazo y me besó a un lado de la cabeza.
Miré a Encarni y me di cuenta de que tenía los ojos aguados, como si estuviera conteniendo las lágrimas.
Me asusté un poco, no sabía qué era lo que había podido pasarle.
—Encarni, ¿estás bien?
Sus hijos la miraron.
Hugo sonrió y no le dio importancia.
Bruno negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
La verdad, ver que sus hijos no le daban importancia hizo que me relajara un poco.
—Anda, ven aquí, tonta, que eres muy tonta —le dijo su hijo pequeño abrazándola.
—No me ha pasado nada, es solo que me he emocionado mucho al ver cómo mi hijo te mira y te abraza.
Pues seguía sin entenderlo.
Supongo que me abrazaba como cualquier hombre abraza a su pareja.
—Rocío no entiende lo que quieres decir —le dijo su hijo mayor sin dejar de abrazarme.
—Pues no, no lo entiendo. Creo que me abrazas como se abraza a cualquier persona.
—No, cuñada, mi hermano te abraza como mi padre lo hace con mi madre.
Y eso es amor de verdad, del bueno. Del que te cuida, te sostiene y, si hace falta, se vuelve un poco loco por ti.
—Cuanto más iba diciendo, más me emocionaba—.
Ese es el amor que mi madre siempre ha querido para cada uno de sus hijos.
Miré a Bruno y ni cuenta me di de que se me había escapado una lágrima hasta que me la limpió él. Primero pasó el dedo por allí y después me dio un beso en el mismo sitio.
Hay palabras que marcan mucho.
Hay palabras que marcan para mal. Te dañan, te hunden y se quedan ahí, aunque estés deseando olvidarlas y sacarlas de tu cabeza. Porque cada vez que vuelven a tu memoria, duelen otra vez.
Por desgracia, sabía muy bien lo que era vivir y sufrir algo así. No había tenido una madre que me dijera que me quería; más bien, me había dicho siempre todo lo contrario.
Pero luego estaban las palabras bonitas, las que te reconfortan, las que hacen que el corazón te crezca en el pecho porque sabes que están dichas con cariño y amor.
Esas palabras que se quedan grabadas hasta en el alma.
Así lo sentí cuando Hugo me dijo lo que para ellos era el amor o cómo ellos lo veían.
Y me alegraba que Bruno se hubiera criado viendo ese tipo de amor en casa, porque ahora entendía de dónde le venía esa forma tan bonita de querer.
—Uf, qué intenso me he puesto en un momento —dijo poniendo un toque de humor.
Primero se ponía sentimental y ahora saltaba con una de las suyas.
—Hijo, lo tuyo no es normal. Rocío va a pensar que estás mal de la cabeza.
—Mamá, que lo piense ella es lo de menos; el problema es que mi hermano no está bien de la cabeza, pero de verdad —pronunció Bruno.
—Capullo, ahora te vas a enterar.
Hugo se lanzó contra su hermano y, por poco, me llevó por delante.
Lo atrapó por el cuello, le metió la cabeza bajo el brazo y empezó a pasarle los nudillos por el pelo una y otra vez.
—¿Y ahora quién es el tonto? —le decía una y otra vez.
—Bruno, Hugo, parad ya —les riñó la madre—. Son imposibles cuando se ponen así —me dijo conteniendo la risa.
La verdad es que era de lo más divertido, parecían dos niños pequeños.
No creo que me hubiera reído tanto en una reunión familiar.
—Buenas tardes —dijo un hombre joven, por lo que supuse que era el hermano mediano—. Para variar, ¿cómo no ibais a estar liados? —resopló yendo hacia la madre.
Yo creo que no se dio cuenta de que estaba en la cocina, más que nada porque ni me saludó.
—Buenas tardes, cariño. —Le dio un beso—. Yo creo que no te has dado cuenta de que hay alguien más —le dijo la madre, señalando con los ojos hacia donde yo estaba.
Me miró y abrió mucho los ojos.
Estaba claro que no me esperaba para nada, vamos, que nadie le había dicho que iba a venir.
—Hola —le dije con una sonrisa.
No quise acercarme para darle dos besos porque recordé que Bruno me había dicho que su hermano era muy cortado.
—Perdona, no te había visto —se disculpó alargando la mano para presentarse—. Soy Mateo.
—Lo he supuesto, Bruno me ha hablado de ti, yo soy Rocío.
—Cuidado cómo la tocas —le dijo su hermano.
El pobre no sabía dónde meterse.
Yo creo que tenía más vergüenza que yo cuando llegué.
—No le hagas caso a tu hermano, encantada de conocerte en persona.
El único que faltaba era el padre, que, por lo que me dijeron, llegaba un poco más tarde.
Por lo visto, tenía un taller de coches y solía cerrar un poco más tarde, por eso era el último en llegar siempre.
—Chicos, id poniendo la mesa en el patio —les dijo su madre.
Los tres se pusieron a hacer lo que les había pedido.
En la cocina nos quedamos las dos solas.
Ella siguió dando el último toque a la comida y yo me puse a fregar los pocos cacharros que había sucios.
Estaba lavando un cuenco cuando me hizo la pregunta que tanto había esperado que me hiciera.
—¿Qué dice tu familia de tu relación con mi hijo?
Vamos, que me preguntó de manera disimulada por mi familia.
A ver, que la entendía perfectamente, era lo más normal.
Y yo no tenía por qué mentir sobre mi familia ni tenía por qué ocultarme como si hubiera cometido un delito.
En todo caso, yo era la que había sufrido las consecuencias de esos delitos.
—Mi familia no puede opinar nada sobre tu hijo, por la simple razón de que yo no tengo familia.
Tal vez no se lo tenía que haber dicho así, pero de nada servía que me anduviera por las ramas.
Está claro que después se lo expliqué todo, bueno, más bien se lo conté.
No me gustaba que sintieran pena de mí, por eso mismo siempre evitaba hablar de mi vida.
Pero la manera en la que me miró esa mujer y las palabras que dijo después me removieron toda por dentro.
—Que la parta un rayo. Ahora me tienes a mí, voy a ser para ti esa madre que no has tenido. —No sabía si lloraba más ella o yo—. Sé que te costará verme así, pero estoy segura de que, con el paso del tiempo, lo vas a hacer.
Me abrazó fuerte, me dio un abrazo tan de corazón que, por primera vez en mi vida, me hizo sentir lo que era que te abrazara alguien con el cariño de una madre.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Bruno preocupado cuando llegó hasta nosotras.
—Nada, que le he dicho que la voy a querer como a una hija.
No creo que hiciera falta que le dijera nada más para saber por dónde iba la cosa.
Al final terminó abrazándonos a las dos a la vez.
Y así fue como nos pilló su padre cuando entró en la cocina.
—Pero bueno, ¿se regalan abrazos y no me habéis dicho nada?
Sonreímos al escucharlo.
Si Encarni era buena persona, Fermín no se quedaba atrás.
Ese hombre era puro cariño hacia su mujer, hacia sus hijos y hasta hacia mí, que acababa de conocerme.
No podía decir que hacía mucho tiempo que no vivía una comida tan bonita, porque no la había vivido nunca. Hasta ese día no supe lo que era formar parte de una familia de verdad: una que te quiere por encima de todo, una a la que le importas.
Y ellos me hicieron sentir así. Me abrieron los brazos y me acogieron con el mayor de los cariños.
No podía sentirme más feliz en ese momento.
Miré a Bruno con todo el amor que sentía por él. Me devolvió la mirada, creo que de la misma manera.
—Gracias —le dije.
—¿Por qué?
—Por mostrarme lo que es tener una familia que te quiera.
Se inclinó y besó mis labios con un beso cargado de ternura.