Noqueado y enamorado Capítulo 23
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Capítulo 23

Bruno

—No sé cómo he terminado metida aquí.

Reí al escucharla.

Era la quinta vez que lo decía en menos de diez minutos, que era el tiempo que tardaba más o menos en llegar a casa de mi madre.

—Tranquila, te prometo que no te van a comer. —La miré de reojo un segundo, casi sin apartar la mirada de la carretera—. Como mucho, te pueden someter a un interrogatorio de tercer grado.

—Bruno, no juegues conmigo, que soy capaz de bajarme del coche en marcha.

Qué exagerada era.

—No estoy bromeando.

Sí lo estaba haciendo, pero quería que se relajara un poco, aunque no sabía qué era peor, si el remedio o la enfermedad, porque creo que la estaba poniendo mucho peor.

Solté la palanca de cambios y, a tientas, busqué su mano, entrelacé mis dedos con los suyos y le di un pequeño apretón.

—Rocío, somos una familia normal. Bueno, todo lo normal que se puede ser teniendo a Hugo cerca, pero a ese ya lo conoces.

Por lo menos le saqué una pequeña sonrisa.

—Yo no estoy acostumbrada a estar en familia. —Sentí un pellizco en el corazón—. Coral y los del restaurante son lo más cercano que tengo a una familia.

Después de la noche en la que vio a su madre, que fue la misma que pasamos por primera vez juntos, al día siguiente se abrió a mí y me contó todo.

Cómo había sido su infancia y cómo la había criado su abuela lo mejor que había podido. También me habló de la hija de puta de su madre, de los malos tratos, de los golpes y de todas las veces que la hizo pagar por tener que hacerse cargo de ella.

Me había contado barbaridades de esa mujer.

La reacción que tuvo Rocío al verla fue más que normal. Desde luego, después de la puta infancia que había tenido, era lo más normal del mundo.

Cada vez que pensaba en todo lo que me había contado, la sangre me hervía.

Me daba rabia pensar que había tenido que pasar por todo eso. Me daba mucho coraje pensar en el montón de niños que había en el mundo pasando por lo mismo o incluso por cosas mucho peores.

Qué mierda de vida más injusta y cuántos hijos de puta había repartidos por el mundo.

Joder, si me dejaran en las manos a todos, les iba a enseñar lo que estaba bien y lo que no.

—Pues ahora tienes otra familia cerca, con nuestros más y nuestros menos, pero en esta casa amor y respeto no han faltado nunca. —Me llevé el dorso de su mano a los labios para darle un beso—. Pero te tengo que advertir una cosa.

Aguanté una sonrisa.

—No me asustes, ¿qué cosa?

Madre mía, parecía un flan de lo nerviosa que estaba.

—Una vez que entras en mi familia, ya no se sale de ella.

Reí.

—Que sepas que hoy me estás cayendo muy mal.

Hizo el intento de soltar mi mano, pero no se lo permití.

—No te enfades, tonta, solo estoy intentando que no estés tan nerviosa. —Volví a besarle la mano—. Te lo digo de verdad, puedes estar tranquila. Mis padres son de lo más normal, Mateo es muy callado con los desconocidos, eso sí, hasta que coge confianza, y a Hugo ya lo conoces.

—Bueno, venga, ya me caes un poco mejor.

Por el rabillo del ojo vi que sonrió.

Aparqué el coche justo en la puerta de la casa de mis padres.

Al ser un pueblo pequeño, era fácil el tema de los aparcamientos; no como en la ciudad, que allí, como no metieras el coche en algún parquin, era imposible.

Y a eso había que sumar la tranquilidad de vivir ahí, el poco ruido, la amabilidad de los vecinos.

Me gustaba mucho ese pueblo. No sé si tenía algo que ver la infancia tan bonita que había vivido, los buenos recuerdos que tenía de correr por esas calles con mis hermanos.

Llevaba mucho tiempo queriendo buscar algo allí con tranquilidad, sin prisas, porque no la tenía, pero acababa de decidir que me iba a poner con ello en cuanto pasara el combate.

Sí, les diría a mis padres que me avisaran si se enteraban de alguna casa. Eso sí, la quería de buen tamaño, que no le faltaran metros, y si había que reformarla, no me importaba.

De todos modos, casi lo prefería así, ya que le podía dar el enfoque que más me gustara.

Me bajé del coche, lo rodeé por la parte delantera y fui a por Rocío, que se había quedado fuera, al lado de la puerta, sin moverse de allí.

Era como si los pies se le hubieran quedado pegados al suelo.

—¿Entramos? —le pregunté tendiéndole la mano para que me la cogiera.

Me dijo que no moviendo la cabeza de un lado a otro.

—No seas tonta, como salgan y te vean aquí será mucho peor —le dije, intentando convencerla.

En cuanto me dio la mano, tiré de ella para acercarla a mi cuerpo, haciendo que chocara contra mi pecho.

Le levanté el rostro por la barbilla, nos miramos a los ojos y lentamente nos acercamos el uno al otro.

Nos besamos. Fue un beso de cariño, de esos que dan tranquilidad, de esos que solo son un roce tierno de labios.

Me separé de ella, no porque quisiera, sino porque era lo que tenía que hacer.

—Ya verás, son más los nervios a lo desconocido que cualquier otra cosa.

Le di un último beso en la frente.

Rocío respiró hondo. Me hacía gracia, se comportaba como si se fuera a someter a la prueba más difícil de su vida.

La casa de mis padres era grande, mucho. Como ya dije, tenía un gran patio interior, pero, además de eso, la cocina y el salón eran enormes.

La mayoría de los días de invierno solíamos comer en la cocina, sobre todo cuando éramos pequeños y llegábamos del colegio.

Este pueblo creo que era de los pocos que quedaban donde podías dejar la puerta de casa abierta y quedarte tranquilo.

Sí que es verdad que todo iba cambiando y que ya no se podía confiar igual que antes, porque nunca sabías quién podía aparecer.

Supongo que era como todo: había que aprender a vivir con eso, porque no se podía ir por la vida esperando siempre lo peor.

Madre mía, por dónde he terminado hablando.

En fin, a lo que iba.

Que la puerta de casa estaba abierta, por lo que no necesité sacar mis llaves para entrar.

Desde la cocina salía el olor de la comida y la verdad es que se me hacía la boca agua.

No es por nada, pero mi madre tenía una mano para la cocina que ya quisieran muchos cocineros.

Miré a Rocío justo antes de entrar.

Le guiñé un ojo sin dejar de sonreír. Era una sonrisa tranquilizadora, para darle el valor que le faltaba.

—Ya estamos aquí. —Entramos en la cocina y no le solté la mano a Rocío—. Qué bien huele, mamá.

Me acerqué para abrazarla con el brazo que tenía libre.

—Oh, qué guapa es —fue lo que me dijo cuando me abrazó.

—La más guapa. —Le di la razón, porque para mí lo era—. Rocío, ella es mi madre, Encarnación —le dije a mi chica—. Mamá, ella es Rocío, mi novia.

—No me llames Encarnación —le advirtió mi madre—. Soy Encarni.

Y es que mi madre odiaba ese nombre, pero vamos, que no sé ni cómo no me había dado una colleja por presentarla así.

—Mucho gusto, Encarni —le contestó un poco cortada.

—Siéntete como si estuvieras en tu propia casa.

Mierda, se me había olvidado advertirle a mi madre que no se le ocurriera preguntarle por su familia.

No porque ella tuviera que ocultarse de nada, no era por eso, es que no quería que pasara un mal rato.

Ya tendría tiempo de contarle a mi madre algo sobre su familia, porque iba a tener mucho tiempo para que se conocieran las dos.

Cada día tenía más claro que Rocío era la mujer indicada para mí, esa que había estado esperando sin saberlo.

—Gracias. —Me di cuenta de cómo respiró profundamente antes de hablar—. Dime cómo te puedo ayudar.

Y con esa pregunta me di cuenta de que iba a dejar la vergüenza a un lado para intentar pasar una comida agradable.

—Si quieres, puedes ir haciendo una ensalada.

Me encantó ver cómo se pusieron una al lado de la otra, cómo poco a poco fueron surgiendo temas de conversación entre ellas, cómo se iba riendo de cosas que le estaba contando mi madre de cuando yo era pequeño.

Me gustó el ambiente que había en la casa de mi madre, eso hasta que llegó el porculero de mi hermano.

—Buenas tardes, Encarnita. —Mi madre le dio con el trapo de la cocina—. Cuñada, ¿has visto lo que me quiere? Anda, ven aquí tú.

Cogió a Rocío, la levantó del suelo y la abrazó tal y como yo solía hacerle a mi madre.

Lo mejor fueron las carcajadas que soltó Rocío.