Noqueado y enamorado Capítulo 22
45%

Capítulo 22

Rocío

—Madre mía, ahí hay muchos tíos. Vamos, no me vengo a un gimnasio de estos ni aunque me paguen —le dije a Coral después de preguntarle a un chico por Bruno.

—Y olor, mucho olor mezclado.

Intenté contener una risilla, pero me fue imposible, sobre todo después de ver la cara de asco que había puesto.

—Mira que en rara ocasión tienes razón, pero no puedo estar más de acuerdo contigo.

Que no digo yo que todo el mundo oliera así, pero los que olían, desde luego, se hacían notar.

—Oye, que soy muy sabia. Lo raro es que no tenga razón. —Con el dedo índice me dio un golpecito en el brazo—. Y, cuando quieras, te lo puedo demostrar.

—A ver, guapa, ¿en qué más has tenido razón?

Me puse las manos en la cintura esperando la respuesta.

Como estábamos en la entrada esperando a que llegara Bruno, terminamos enfrascándonos en una conversación.

—Para empezar, te dije que Alonso era un capullo y he tenido más razón que un santo.

Tuve que cerrar la boca porque era una verdad como una catedral de grande.

—Dime otra más —la reté.

—No he podido tener mejor idea que hacer que Bruno y tú os conocierais.

—Reconoce que fue idea mía —dijo Rubén llegando de pronto.

Resoplé poniendo los ojos en blanco.

No es porque el muchacho me cayera mal, todo lo contrario, me parecía un tío estupendo con el que me reía lo más grande.

El resoplido fue porque ahora empezarían con su tira y afloja, que si fue idea mía y que si fue suya.

—Los cojones, espabilado, que eres muy espabilado.

Se enfrentó ella a él mirándolo con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho.

—Te doy la razón si me das un beso en condiciones, de esos que dejan a todo el mundo con la cara partida.

Para cara, la de él.

No era listo el tío ni nada, pero vamos, que mi amiga, con tal de tener la razón, era capaz de eso y de más.

En realidad, sabía que le iba a dar un beso de película porque a ella eso de llamar la atención como que le iba mucho.

—Vale, pero este beso tiene que valer para que me des la razón durante dos semanas.

Solté una carcajada.

Rubén me miró sonriendo y me guiñó un ojo.

Y en cero coma se avecinaba la contestación.

—Preciosa, te he pedido que me des un beso, no que me la co…

—A callar —llegó Bruno dándole una colleja.

—Joder, a ver si usas esas manos para otra cosa —protestó riendo.

Estaba claro que no le había dado fuerte y que estaba bromeando.

—Hola —me dijo en voz baja cuando se acercó a mí—. ¿Cómo has pasado el día? —me preguntó posando sus manos en mi cintura.

—Hola. —Le rodeé el cuello con los brazos—. Como todos, en el restaurante siempre es más o menos lo mismo.

—No te pegues mucho, estoy sudado.

Vamos, que me importaba un pito su sudor.

Con las ganas que había tenido durante todo el día de verlo y de besarlo, un poco de sudor, desde luego, no me lo iba a impedir.

—No me importa, después me ducho y punto, pero ahora quiero un beso tuyo.

Enredé los dedos en el pelo de su nuca. Me encantaba hacer eso, tenía el pelo tan suave que era una pasada, aunque, cuando lo tenía mojado como ahora, el tacto era distinto, pero me seguía gustando tocárselo.

—Mejor nos duchamos juntos —susurró sobre mis labios—. El beso no tienes que pedirlo, soy yo el que me muero por dártelo.

Y vaya si me lo dio.

Fue un beso suave y lento, como si nos estuviéramos provocando el uno al otro.

Un beso que al principio fue sin lengua porque éramos conscientes de dónde estábamos, pero sin darnos cuenta, fuimos perdiendo toda esa conciencia.

El agarre en mi cintura se hizo más fuerte y yo me pegué mucho más a su cuerpo, tanto que entre nosotros no pasaba ni el aire.

Hasta un gemido se me escapó, menos mal que me salió bajo, porque, si no, me hubiera muerto de vergüenza.

—Joder, y yo que quería ser el que llamara la atención besando a mi chica. —Sonreímos sobre los labios del otro—. Tío, que le vas a absorber hasta la campanilla.

Qué capullo era.

Nos separamos sin ganas, pero teníamos que hacerlo, no era plan de llamar más la atención.

—¿Has aprendido cómo se besa? —le preguntó Bruno en broma.

—Tío, que tú no la has besado, que le has robado hasta la vida.

—No le hagas caso —me dijo cogiéndome de la mano.

Hasta que no sentí su mano alrededor de la mía, no me di cuenta del vendaje.

—¿No te molesta llevarlo tantas horas?

Iba caminando hacia donde estaban todos los de su equipo para presentármelos.

—¿El qué?

Claro, él no sabía que mi pregunta era por lo de sus manos.

—Las vendas —confirmé.

—Estoy acostumbrado, ni me doy cuenta de que las llevo puestas. —Se miró una de las manos, la abrió y cerró varias veces—. Es verdad que cuando me las quito siento un poco de alivio, pero no es porque me molesten.

Nos detuvimos delante de cuatro hombres.

A uno ya lo conocía, a los otros tres, como era normal, no.

Miré un momento por encima de mi hombro, quería saber dónde estaba Coral.

No sé, puede que fuera una tontería, pero saber que estaba cerca de mí como que me daba valor.

Vi que estaba casi a mi lado, me guiñó un ojo y volví la mirada hacia esos hombres.

—Cuñada —me dijo Hugo abriendo los brazos para darme un abrazo.

Me dejó un poco impactada eso de cuñada, vamos, que no me lo esperaba.

—No te asustes de tanto músculo, que son todos unos peluches, menos ese de ahí.

Señaló a un hombre de mediana edad. Bueno, era un poco mayor de mediana edad, o eso era lo que me parecía a mí.

—Hugo, no te la juegues —le advirtió uno que todavía no sabía quién era.

—El que te ha señalado mi hermano es Paco, mi entrenador —aclaró Bruno—. El que está a su lado es Luis, mi preparador físico, y el que falta es Julio, mi cutman . —Los miró a ellos.

»Chicos, ella es Rocío, mi novia. —El corazón me dio un vuelco cuando me nombró como su novia—. Y ella es Coral, la loca de su amiga y la novia de Rubén.

—Joder, es normal que los chicos estén tontos —dijo el tal Luis.

Roja es poco para como me tuve que poner.

—No los escuches, de todos modos no ha dicho ninguna mentira.

—¿Así que tú eres la causante de que mi chico no entrenara ayer?

Dios, este hombre imponía con su seriedad. Vamos, que porque estaba Bruno a mi lado, que si no, habría salido huyendo.

—Paco. —Sonó a advertencia.

—No, mi amiga es la causante de que tu chico hiciera deporte, pero de otro modo.

Abrí los ojos tanto como pude.

—Coral —la reñí.

Pero vamos, que no valió de nada, porque allí todos se rieron a carcajadas.

Aunque esa fue la entrada del entrenador, después estuvo hablando conmigo un buen rato, pero, sobre todo, lo que me pidió fue que no dejara que Bruno se desconcentrara ahora que estaba tan cerca de conseguirlo todo.

Le prometí que no se lo iba a permitir y que yo no iba a ser una distracción para él.

Y pensaba cumplirlo.

—Cuñada, ¿te ha dicho mi hermano que mi madre os espera mañana para comer?

Joder, me iba a ahogar hasta con mi propia saliva.

—¿Perdón?

—Estás perdonada mientras no dejes a doña Encarni plantada.

La madre que lo parió.

Este hombre no se cortaba un pelo.

—¿Es verdad lo de comer en casa de tu madre? —le pregunté a Bruno.

—Te lo iba a decir más tarde, pero aquí el lengua larga se ha adelantado.

Miró a su hermano, matándolo con la mirada, y el otro, con todo el descaro del mundo, le guiñó el ojo.

Me daba a mí que con estos hermanos no me iba a aburrir nunca.