Noqueado y enamorado Capítulo 21
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Capítulo 21

Bruno

—Bruno, ¿qué cojones te pasa? Estás a menos de dos meses y vas a venirte abajo ahora.

Ese fue el recibimiento que me dio Paco cuando entré por las puertas del gimnasio.

Todo era porque estaba enrabietado porque el día anterior no había entrenado.

—Paco, baja un poco el tono, que no soy un puto crío. Sé muy bien lo que hago.

—Estamos a un paso de ganar el último título y de que te conviertas en campeón indiscutible.

Lo corté.

—Lo sé muy bien, es por lo que llevo luchando toda la vida.

Estaba mucho más cabreado de lo que me esperaba.

—Entonces, ¿por qué desperdiciaste el día de ayer?

Me crucé de brazos y lo miré serio.

Había cosas que no se las iba a permitir ni a él ni a nadie, por muy amigo mío que fuera.

Eso por no decir que lo que para él era desperdiciar el tiempo, para mí había sido la mejor noche de mi vida y el mejor día.

Y me decía que había desperdiciado el día. Ojalá pudiera perder todos los días así.

—Tengo derecho a tener un poco de vida.

No cambié la postura. Por mucho que Paco fuera importante en mi vida, no iba a dejar que se pusiera por encima de mí.

No voy a decir que lo quería como a un padre porque sería mentir, pero sí que siempre había sido uno de mis pilares.

También era cierto que todo me lo había ido enseñando él, pero el empeño, las ganas, la fuerza y la entrega habían sido cosa mía, y nadie mejor que yo sabía lo que me podía permitir o no.

Y tomarme un día libre a la semana, me lo iba a tomar. Puede que las dos últimas semanas no lo hiciera, pero los demás sí, y pensaba hacerlo coincidir con los días en los que librara Rocío.

—Paco, sabes que los músculos también tienen que recuperarse. El chico lleva mucho tiempo sin un respiro —le dijo Luis, mi preparador físico.

—Ya pararé después del combate —contesté.

Lo mejor iba a ser ignorarlo, por lo menos hasta que se le bajaran los humos.

No me gustaban las discusiones y mucho menos con una persona importante para mí.

Preferí irme al vestuario y cambiarme mientras llegaba Rubén.

Mi hermano tampoco había asomado el pelo, y eso que el gimnasio era suyo. Claro que, como Julio le hacía el favor de abrir y quedarse a cargo hasta que él llegara, el capullo muchos días se dejaba ir.

Estaba terminando de ponerme la camiseta de tirantes cuando entraron Rubén y Hugo. Fuera del gimnasio no me la pondría ni de coña, pero para entrenar era lo más cómodo.

Estos dos llegando a la misma vez era de lo más raro. No, raro no, lo que estaba más que claro era que habían estado la noche anterior de fiesta y que uno se había tenido que quedar a dormir en casa del otro.

—¿Buena noche? —pregunté con ironía.

—No lo sabes tú bien —me contestó mi hermano, pasando por mi lado y dándome una palmada en el hombro.

—Hoy viene feliz —me informó Rubén—, anoche triunfó como los Chichos.

Sonrió.

—Por lo que veo, tú tampoco te quedas atrás.

Lo miré con una ceja alzada.

—Yo disfruto todas las noches con mi chica.

Capullo con suerte, pensé.

—Bruno, antes de que salgas… —Me detuve al escuchar a mi hermano.

—Tío, ponte por lo menos una toalla —le dijo Rubén.

Por lo que pude ver, no le había dado tiempo a ducharse antes de salir de casa.

Me había quedado claro que estos dos habían llegado juntos por pura coincidencia, pero Hugo, que de vergüenza iba justo, había decidido arreglarlo todo allí mismo.

Vamos, que si por él fuera, estaría todo el día en pelotas. Si no lo estaba, era porque no se podía. De lo contrario, sería el hombre más feliz del mundo.

—¿Para qué? ¿Te da envidia lo que ves?

Negué con la cabeza.

Es que era peor que un niño. No tenía ni idea de cuándo iba a crecer, y no precisamente de cuerpo, que de eso iba sobrado.

—Dime.

Mejor cortarlos, porque como se liaran, no iban a terminar nunca.

—Mamá me dijo ayer que, como mañana no vayas a comer a casa, viene a buscarte.

Y doña Encarni era capaz de eso y de mucho más.

—Vale, mañana voy a comer.

Total, echaba en coche diez minutos y me daba igual comer allí que en mi casa.

—Espera, que eso no es todo lo que me ha dicho que te diga.

Sonrió.

Y esa sonrisa significaba que estaba disfrutando. Y si él disfrutaba, era porque a mí no me iba a gustar lo más mínimo.

—Suéltalo ya.

Cuando se ponía así, me sacaba de mis casillas.

—Me ha dicho que te diga que ni se te ocurra ir sin tu novia.

Me quedé sin saber qué decir. Me había pillado totalmente desprevenido, es que yo no le había contado nada a mi madre sobre Rocío.

Por lo tanto, si no había sido yo, había tenido que ser él.

—Capullo, ¿quién te ha dicho que le dijeras nada?

Más me valía respirar con profundidad, eso si no quería darle una paliza por capullo.

—No te cabrees, te he visto hablar de ella tan entusiasmado que te he hecho un favor al decírselo.

Lo que yo decía, no tenía vergüenza.

—¿Y si Rocío no quiere porque todavía es muy pronto?

—Estoy seguro de que mi cuñada va a decir que sí.

—¿Cuñada ya? —le preguntó mi amigo.

—Claro, entre ella y yo hay confianza.

Mejor me iba a entrenar, porque, como me entretuviera un poco más, Paco iba a venir a sacarme por la oreja.

Que se las arreglaran ellos.

—No tardes, que Paco hoy está que trina —le dije a Rubén antes de salir.

—En cinco minutos estoy.

Asentí y fui directo hacia Paco, que ya tenía las vendas preparadas.

—No me mires así, ¿cuánto tiempo hace que no paro?

Me miró un segundo sin dejar de vendarme los nudillos. Siempre había sido muy meticuloso con eso, y es que era uno de los pasos más importantes en ese deporte.

Si no te protegían bien las manos, los nudillos podían sufrir mucho.

—Lo sé, es que no quiero que tires tu carrera y el esfuerzo de toda tu vida por una mujer que acabas de conocer.

En cierto modo, podía entender su recelo, por eso necesitaba hacerle ver que ella no me iba a hacer descuidar nada.

—Me conoces, llevas conmigo desde el principio, sabes cómo soy. Creo que con eso te lo estoy diciendo todo.

—Voy a confiar, pero me vas a dar todo lo que tengas en los entrenamientos. Me vas a demostrar de qué pasta estás hecho.

Terminó con la segunda mano justo cuando Rubén y Hugo salieron de los vestuarios.

—Hoy se va a pasar por aquí, así que no seas borde con ella o te doy una paliza.

Le di con el puño en el pecho.

—Me voy a portar bien —dijo riendo.

—Y, si no lo haces, mi chica te va a dar, pero bien dado.

Que Coral iba a venir también me acababa de enterar.

Así que, por lo que parecía, iba a ser una tarde de lo más divertida.

La mañana pasó sin tregua, tal y como me había advertido Paco. Me exigió al máximo y yo respondí.

Un golpe, otro, juego de pies, rotación de cadera, cubrirme.

Así fue, una y otra vez.

Llegó un punto en el que sentí que los músculos ya no daban más de sí.

Paraba cada cierto tiempo, me enjuagaba la boca, me secaba el sudor y volvía al trabajo.

No me dejó ni ir a comer a casa. Uno de los chicos se acercó a por comida para todos y comimos en la sala de descanso.

Después paramos media hora y volvimos a empezar.

Vamos, que el día estaba siendo duro, sobre todo para mí, porque Rubén se iba intercambiando con mi hermano y con Julio.

—Bruno —me gritó uno de los chicos que estaba entrenando por allí—, hay una chica preguntando por ti.

Fui en busca de Paco para que me quitara el protector bucal y los guantes.

—Ya sabes lo que te he dicho —le advertí.

—Que no soy un ogro.

Sonreí.

—Sí que lo eres, pero con otro físico —le dijo Rubén.

Paco le tiró el guante que me acababa de quitar.