Capítulo 20
Rocío
Los inicios de semana nunca me habían gustado. Supongo que, como a mí, le pasaría a la mitad de la humanidad, pero es que, de verdad, el comienzo de esta me estaba gustando menos que nunca.
Solo recordar lo bonito que había sido el fin de semana me hacía desear retroceder en el tiempo para volver a vivirlo.
Y no fue porque hiciéramos algo especial, no, más bien fue por todo lo que nos fuimos descubriendo el uno al otro.
Dormir desnuda abrazada a Bruno fue maravilloso.
Me sentí bien, a gusto, protegida, pero, sobre todo, querida. Sí, porque puede que ni él me lo hubiera dicho a mí ni yo a él, pero se notó en todo lo demás.
Me había hecho prometerle que, cuando terminara mi turno en el restaurante, me pasaría por el gimnasio.
No dejó de hacerme cosquillas hasta que terminé prometiéndoselo. O se lo prometía o iba a terminar meándome encima de él, y no era una manera de hablar, era literal.
Cuando empezó a hacerme cosquillas, estábamos sentados en el sofá. Bueno, más bien estaba sentado él, porque yo estaba a horcajadas sobre él.
Por eso mismo he dicho que me habría meado encima. También digo que sí, que me habría muerto de la vergüenza, pero la culpa habría sido suya.
Llegué al restaurante contenta porque, a pesar de que no me había gustado ese inicio de semana —no me voy a repetir porque ya os he dicho por qué—, iba superfeliz.
Había sido el fin de semana más bonito que había vivido en muchos años. De hecho, creo que nunca me había sentido así de bien.
—Buenos días a todos —dije fuerte cuando entré por la puerta del restaurante—. Venga, arriba esas sonrisas. Al que se tire más tiempo sonriendo, le invito a una cerveza.
Los que había sentados en la barra eran los clientes fijos, menos en una mesa que había al lado de una ventana, donde había una pareja de mediana edad.
Pero se rieron al escucharme.
—Chicos —les dije a mis clientes fijos—, yo no es por nada, pero los nuevos parece que se quieren hacer con la invitación.
—Niña, que la cerveza sale de mi bolsillo —protestó Pepe.
Él lo hacía de broma. Nunca le había pesado invitar, era una persona con un corazón de oro. Qué pena que su único hijo fuera así con ellos.
Uf, mejor no pensaba en el capullo ese o me iba a poner de mala leche.
—No seas tacaño, Pepe. —Le guiñé un ojo.
—Ya se escucha a la niña ahí fuera liándola —dijo Manuela, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
—Manuela, déjala, que dice que nos va a invitar —le dijo Antonio a la cocinera.
Uy, no sabía cómo podía terminar la cosa, porque estos dos se mataban vivos.
—Tú a callar, que con tal de beber de gratis eres capaz de vender hasta a tu gato.
El bar entero se echó a reír.
—La pena es que te estoy intentando vender a ti, pero es que ni regalada te quieren.
—Uy, Antonio, estás a punto de que Manuela te dé con el cucharón en la cabeza —le dijo mi jefe.
—Pepe, tiene razón y encima estás haciendo que los clientes se rían. Y tú eres el único que no lo está haciendo. —Anda que no conocía bien lo que tenía que hacer para que dejaran de pelear—. Manuela, una tostada con aceite, tomate y jamón, pero jamón del bueno.
—¿Para qué mesa es? —me preguntó.
Mi jefe me miró con las dos cejas levantadas. El pobre mío no sabía alzar una sola.
Claro, él me miró porque sabía que no me lo había pedido nadie.
—No es para una mesa, es para mí, que traigo mucha hambre. —Yo no sé si la felicidad da ganas de comer, lo que sí sabía es que esa mañana era capaz de comerme hasta las piedras—. Por eso te he dicho que del jamón bueno.
—Está bien, si es para ti, entonces te preparo la mejor del mundo —dijo antes de meterse en la cocina otra vez.
—Rocío —me llamó Antonio. Me acerqué para ver qué era lo que necesitaba—. Mañana pides otra de esas tostadas y dices que es para ti, pero me la pones a mí.
Reí.
—Pide tú la tuya —le contesté.
—No, que a mí me pone el peor jamón que tiene Pepe, ese que son restos y que no se lo comen ni los perros de lo duro que está.
Pepe negó con la cabeza sin dejar de reír.
—Antonio, eso no es verdad.
—Sí que lo es. Lo que pasa es que es muy listilla y la capa de arriba de jamón la pone bien para dar el pego, pero el resto no se puede comer.
—Me cuesta trabajo creer que Manuela haga eso —le rebatí.
—Te digo que sí y, si no me crees, haz la prueba, pide una tostada para mí.
Lo miré entre asombrada y un poco incrédula, pero iba a hacer la prueba.
—Manuela, una tostada como la mía para Antonio —le pedí por el hueco de la ventana por donde salían los platos.
—Marchando —contestó.
Mientras hacía las tostadas, fui a soltar el bolso, que todavía lo llevaba colgado, y también me puse el mandil. Ese día me puse el burdeos.
—Niña, esta es la tuya —me señaló la mía—. Y esta la del feo.
Sonreí por el apodo que le había puesto.
Cogí los platos y a simple vista parecían iguales.
—Yo las veo iguales, Antonio.
Me acerqué a donde estaba él.
—Si las ves iguales, ¿por qué te ha dicho cuál es la tuya y cuál la mía?
La verdad es que tenía razón.
—Toma mi tostada, yo me quedo con la tuya.
No le di ningún bocado, simplemente levanté la capa de jamón que estaba más arriba.
Y el pobre hombre tenía razón, la muy capulla le había puesto todo el jamón duro, pero duro de verdad, de esos restos de la pata que se iban sacando y se quedaban más secos.
Que no estaba malo ni mucho menos, solo que no había cojones de morderlo si no te querías dejar los dientes.
Ese jamón era el que utilizábamos para hacer las croquetas y no os alarméis, que al pasarlo por la picadora quedaba como virutas, así que no había problema.
Como he dicho antes, de sabor estaba buenísimo.
Cogí la tostada y entré con ella en la mano a la cocina.
—Manuela, ¿cómo me has hecho hoy la tostada? Mujer, que un poco más y me atraganto con el jamón.
Me hice la tonta, como si me hubiera equivocado al cogerla.
—Niña, esa no era la tuya, era la del feo.
La miré con los ojos de par en par.
—Vamos, que no te cortas en admitir que le has estado poniendo estas tostadas a Antonio.
—Solo cuando las pedía con jamón. Si las pide de aceite, pues no se lo puedo poner.
La madre que la parió.
Y se quedaba la tía tan tranquila.
—Manuela, que ese hombre es un cliente como otro cualquiera, que paga sus desayunos como todo el mundo.
—Niña, no me quites mi única manera de chincharle.
Reí a carcajadas.
—Pues no puedes hacerlo más. Y ahora hazme otra tostada, que Antonio se está comiendo la mía.
Desde luego, en mi trabajo no me aburría ni un día. Allí, cuando no era una cosa, era otra.
En fin, mejor desayunaba algo antes de ponerme a revisar que no faltara de nada, que con hambre no se podía trabajar bien.
Salí de la cocina con la tostada en la mano, esta vez con una buena, y me hice un café como los que a mí me gustaban, que más que café era una leche manchada.
Siempre me lo preparaba en una taza y me encantaba que llevara mucha espumita.
—Uy, al final va a ganar Pepe, que se va a ahorrar la cerveza —volví a decir en voz alta de camino a una mesa para sentarme y desayunar.
—Rocío, digo yo que eso tendrá un tiempo, no podemos comer y reír a la vez.
—Antonio, calla y come, que parece que el único cliente que hay eres tú —le dijo Manuela, sacando la cabeza por la ventana por donde salían los platos.
Puse los ojos en blanco.
Lo de estos dos no era normal.
Al final le iba a tener que dar la razón a Pilar.
Anda que no me había dicho veces que esos dos se mataban porque se gustaban y los muy tontos no eran capaces de dar el paso, pero ni el uno ni la otra.
Si Pilar tenía razón, era para darles como mínimo una colleja a cada uno.
El día fue avanzando con normalidad: servir mesas, recoger, limpiar.
Vamos, lo normal para una camarera. Lo que fue un alivio fue que Fran no apareció.
Menos mal que no lo hizo, porque la tensión entre él y yo cada vez iba creciendo más.
La que sí apareció fue la medio loca de mi amiga. Como ya no tenía que ocultar que estaba con Rubén, me dijo que venía conmigo al gimnasio para ver a su chico.