Capítulo 19
Bruno
Ni loco iba a permitir que se separara de mí por no robarme tiempo de mis entrenamientos.
Era verdad que había luchado mucho para llegar adonde había llegado, pero no por ello iba a perderla a ella, no cuando había llegado a mi vida para hacerme sentir vivo.
Pero vivo de una manera distinta a como me había sentido toda mi vida. Era algo que no había experimentado nunca y no estaba dispuesto a perderlo.
Igual que no estaba dispuesto a perder el combate. Lo iba a ganar me costara lo que me costara, y lo iba a hacer con ella a mi lado.
Ni nos entretuvimos en recoger los platos de la mesa.
Lo sentía, pero ya no podía aguantar más. Y, por lo que vi en su mirada, ella tampoco quería hacerlo.
Me levanté de la silla y, sin dejar de mirar esos ojos que me tenían loco, me puse delante de ella.
Las palabras sobraron.
Hay momentos en los que no son necesarias, y aquel era uno de ellos.
Extendí la mano. Rocío me dio la suya y se levantó a mi lado. Con una sonrisa tímida por su parte, me soltó la mano para abrazarme por el cuello. Eso sí, se tenía que poner de puntillas, de lo contrario le costaba llegar un poco más.
No sabía que me gustaba tanto que me tocaran el pelo hasta que me lo tocó la primera vez.
Fue así, tal y como estábamos en ese momento, con sus brazos alrededor de mi cuello y los dedos enredados en el pelo de mi nuca.
Le pasé un brazo alrededor de la cintura y la levanté al vuelo, haciendo que sus pies quedaran colgando. De todos modos, en esa postura estuvo segundos, porque enseguida me rodeó la cintura con las piernas.
Cuando la tuve entre mis brazos y a mi misma altura, me sonrió con descaro.
—Por fin sé lo que se siente al ver el mundo desde tu altura.
Me hizo soltar una carcajada.
Ahí exageró un rato. Es verdad que era más alto que ella, pero tampoco había un mundo de diferencia.
—Qué bruta eres —le dije cuando dejé de reír.
—No, bruta no, para bruta ya tenemos a Coral.
Reímos con ganas.
Yo creo que se puso en plan graciosa porque era una manera de intentar aplacar un poco los nervios, ya que, aunque quisiera demostrar que estaba segura de sí misma, sabía que esos nervios de la primera vez con una persona los tenía en su interior.
Con ella en brazos comencé a caminar hacia mi habitación. Me conocía el camino tan bien que no me hacía falta ver por dónde iba para no tropezarme con nada.
Mis ojos estaban puestos en los suyos y, si dejaban de mirarlos, era para mirar su boca.
Esos labios que me estaban pidiendo a gritos ser besados.
Acerqué los míos. Dios, si fuese por mí, lo mandaba todo a la mierda y le hacía el amor contra la pared. Y digo pared porque era el sitio que me pillaba más a mano.
Rocío sabía muy bien cómo tentarme, aunque yo más bien diría calentarme, porque desde que nos habíamos visto al inicio de la noche no había parado de buscarme.
Me había calentado tanto que sentía el cuerpo ardiendo por completo. Era un calor que comenzaba en la nuca, bajaba por mi espalda y se concentraba donde más me estaba costando controlarlo.
Estaba ardiendo, sí, pero era el tipo de calor que daba placer y que gustaba sentir.
Con una mano la estaba sujetando por debajo del trasero y, con la otra, cogí la manilla de la puerta para abrirla, pero en ningún momento dejé de besarla.
Joder.
Pensé cuando gimió en mi boca.
Ese sonido hizo que mi pene diera un pequeño salto dentro del pantalón y la ropa interior.
—Me estás matando —dije sobre sus labios cuando dejé de besarla—. Sin embargo, me gustaría morir así.
—Yo no quiero que mueras, no cuando te acabo de encontrar.
Con esas palabras sentí un pellizco en el pecho y un nudo en la garganta.
—No te preocupes, que todavía queda mucho Bruno.
Sonrió.
Y esa sonrisa no tenía precio en este mundo ni en ningún otro. Esa sonrisa era uno de los mayores tesoros que podía guardar en mi memoria.
—Uf, menos mal, ya creía que te iba a tener que reanimar en vez de hacer el amor —dijo entre los besos que me fue dando por el cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja.
—Mmm… —Eché un poco la cabeza a un lado para que pudiera seguir besándome—. Así que me vas a hacer el amor —susurré.
—Sí —dijo con la voz cargada de deseo.
—¿Qué te parece si me haces el amor en otro momento y ahora nos devoramos?
Joder, como para ir lento.
Entre el tiempo que llevaba sin estar con una mujer, que no lo había estado porque no había querido, y cómo me había puesto desde que la vi por primera vez…
Bueno, la primera no cuenta, que ahí es verdad que no me fijé en cómo era, ahí solo quise ayudar a una mujer.
Pues eso, que desde que la había visto bien y desde que habíamos comenzado a vernos, me tenía más caliente que el palo de un churrero, y eso ya era decir.
Que sí, que iba a intentar ir lento, pero no sabía hasta qué punto podía aguantar.
Eso sí, me iba a encargar de hacerla disfrutar como se merecía, hasta que se olvidara de todo y solo existiéramos nosotros.
Me detuve en el centro de la habitación y bajó los pies al suelo.
—¿Quieres que me detenga?
Como dijera que sí, me iba a matar.
—Como te detengas, eres hombre muerto.
Para demostrarme que no quería que me detuviera, metió las manos por dentro de la camisa que me había puesto para esa noche.
—Madre mía, estos abdominales no son normales, tú te has tenido que poner prótesis para marcarlos.
Carcajada era poco para lo que se me escapó.
Le cogí la mano, se la fui bajando por el centro de esos abdominales que decía que eran de mentira y la bajé hasta que se la puse sobre mi miembro erecto.
—¿Esto también crees que puede ser una prótesis?
Tenía mi mano encima del dorso de la suya, por lo que hice que apretara un poco.
—Mmm… —La hija de su madre se puso como si lo tuviera que pensar—. Yo diría que no, pero hasta que no me lo demuestres, no te lo puedo confirmar.
—No te preocupes, te aseguro que cuando termine la noche no te va a quedar ninguna duda.
Dejamos las palabras a un lado cuando nos tiramos el uno sobre el otro.
La ropa voló de nuestros cuerpos. Nos desnudamos con prisas, estaba deseando descubrir su cuerpo.
Me moría de ganas por besar cada centímetro de su piel, recorrerlo con los ojos, con las manos y con la boca.
Aprenderme cada lunar o marca que tuviera.
La cogí en brazos para dejarla en el centro de la cama. Antes de tenderme sobre su cuerpo, me acerqué a la mesita de noche, abrí el cajón y saqué los preservativos.
Sí, los, porque con uno no iba a tener suficiente de ella.
¿No me dijo que no quería que descuidara mi deporte?
Pues le iba a demostrar que no iba a dejar de hacer deporte. Eso sí, iba a ser el deporte más placentero.
—Eres preciosa —le dije con la voz ronca.
Me puse de rodillas ante su cuerpo y la miré una vez más con deseo.
La miré desde sus ojos, bajé a sus labios, esos que tenía entreabiertos, seguí por su pecho, por su vientre y llegué a su sexo, donde se podía ver la humedad acumulada por la excitación.
—Preciosa se queda corto para cómo eres realmente.
Abrió las piernas para dejarme espacio y que me pudiera colocar justo en el centro de su cuerpo.
Me dejé caer sobre ella. En cuanto nuestros sexos se rozaron, se desató la lujuria.
Le besé el cuerpo entero. Llegué a su sexo, se lo lamí, mordisqueé y toqué hasta que tuvo su primer orgasmo.
—Joder… —dijo arqueando la espalda cuando llegó al clímax.
Volví a subir con besos por el centro de su cuerpo. Fue a cogerme el pene con la intención de darme placer.
—En otro momento, como me toques ahora, no voy a aguantar —confesé antes de coger el preservativo y ponérmelo.
Estaba tan excitado que no sabía cuánto más podría aguantar.
En cuanto me lo puse, me adentré en su interior.
Lo hice despacio, disfrutando de cada centímetro que iba ganando. Cuando estuve por completo dentro de ella, eché la cabeza hacia atrás y respiré hondo.
Joder, me sentí como si hubiera llegado al paraíso como mínimo.
—Bruno…
Mi nombre, dicho en ese tono, fue cuanto necesité para comenzar a moverme y no parar.
Le cogí una pierna por debajo de la rodilla, la puse sobre mi hombro y en esa postura seguí moviéndome.
—Dios, no pares —dijo entre jadeos y gemidos.
—Ni bajo amenaza me detengo.
Le mordí flojo el cuello.
Ella arrastró las uñas por toda mi espalda hasta llegar a las nalgas.
Estaba a punto de llegar al orgasmo, pero antes de hacerlo necesitaba hacerla llegar de nuevo, por lo que metí una mano entre nuestros cuerpos y, con pequeños círculos sobre su clítoris, llegó otra vez.
Fue en ese momento cuando me dejé llevar yo y alcancé el orgasmo.
Me quedé en su interior unos segundos, los justos hasta recuperar la respiración.
—Ha sido perfecto —me dijo abrazándome.
Me dio la sensación de que su vida sexual no había sido demasiado buena o de que no se habían preocupado mucho por su placer.
Fui saliendo de ella, lo hice sin ganas, vamos, que si fuese por mí me hubiera quedado ahí toda la noche.
Me levanté para ir al baño, donde tiré el preservativo, me limpié y cogí una toalla, humedeciéndola por una esquina para que ella se pudiera limpiar.
Tiré la toalla a un lado cuando terminó, me metí en la cama junto a ella y, abrazándola contra mi pecho, dejé que el sueño nos venciera.