Noqueado y enamorado Capítulo 18
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Capítulo 18

Rocío

Hacía bastante tiempo que no veía a mi madre y, la verdad, no sé por qué me había puesto así si todo lo que tenía que ver con ella lo tenía más que superado, o eso creía yo.

Aunque, por lo que pude comprobar, estaba claro que no era así.

Miré al hombre que tenía a mi lado y me di cuenta de que estaba totalmente enamorada de él.

Ya no tenía ninguna duda. Si ayer o esa misma mañana pensaba que estaba empezando a sentir algo por ese hombre, esa noche me había dado cuenta de que estaba totalmente enamorada de él.

Al final lo de ángel de la guarda iba a ser cierto.

A ver, que sé que todo eso es mentira y no creo en esas cosas, pero no era para pensar menos, porque desde que nuestros caminos se habían unido me había salvado… Bueno, creo que está mejor dicho que me había sacado de más de un apuro.

—¿Por qué me miras así? —me preguntó.

Normal, si es que me había quedado mirándolo como una tonta embobada.

—Por nada.

Ni loca le iba a decir que estaba enamorada.

—Ese «por nada» no ha sonado muy convincente.

Sacó las llaves del portal.

En cuanto abrió, se puso a un lado para darme paso.

—Gracias —le dije cuando pasé por su lado.

—De gracias nada, que lo hago para mirarte mejor el culo.

Sabía muy bien que había dicho eso para hacerme olvidar todo lo de antes, aunque también era verdad.

—¿Y qué te parece? ¿Lo apruebas o no? —le pregunté mirándolo por encima del hombro.

El muy descarado se puso a mirármelo fijamente. Lo peor es que iba moviendo la cabeza de un lado a otro, como si estuviera buscando todas las perspectivas posibles.

—Mmm… yo creo que tienes un notable alto, pero con un poco de ejercicio puedes llegar a matrícula de honor.

Solté una gran carcajada.

Una de esas que salen desde dentro y sientes que, cuando salen, se llevan con ellas todos los males y angustias.

Vamos, una de esas que dicen que son capaces de curar hasta el alma.

—Este trasero —me di una palmada a mí misma— jamás llegará a ser matrícula de honor.

Se acercó con una sonrisa de medio lado, de esas que hacían que el cosquilleo de mi estómago se alterara un poco más.

—No te he dicho qué tipo de deporte puedes hacer —me dijo de manera sensual y muy cerca de los labios.

—Ah, bueno, si es así, todo se puede negociar.

Él no iba a ser el único que iba a jugar a la seducción, yo también podía hacerlo.

—¿Tienes mucha hambre? Porque yo me muero.

Se pegó a mi espalda y sí, se notaba el hambre que tenía, pero su hambre era de devorarme.

Y yo me moría porque lo hiciera.

Creo que demasiado habíamos estado aguantando esta atracción que sentíamos el uno por el otro.

Había llegado el momento de dar el siguiente paso, ni necesitaba ni quería esperar más.

Lo que sí necesitaba era sentirlo por completo.

—Pulsa el tercero —dijo desde mi espalda cuando entramos en el ascensor—, parece que se te han puesto los vellos de punta.

El muy capullo me estaba provocando y a lo grande. Lo que no sabía él era que yo también podía jugar a ese juego.

Pocas veces lo había hecho en la vida, supongo que con las parejas que había tenido todo había sido más aburrido.

No sé cómo explicarlo para que me entendáis. No es que fuese aburrido, es que había sido todo como más mecánico, como que era lo que tocaba.

Que sí, que no digo que en esos momentos no hubiera ganas, lo que quiero decir es que lo que me estaba haciendo sentir Bruno era muy distinto.

Y me gustaba mucho.

Esos besos que nos habíamos estado dando durante toda la semana, esos roces con el cuerpo del otro y las miradas cargadas de deseo…

Todo eso había ido aumentando tanto que ya era imparable.

Por eso mismo he dicho que esa seducción a la que habíamos estado jugando había llegado a un punto tan alto que, en ese momento, el deseo nos consumía por dentro. Por lo menos, eso era como yo lo sentía.

—No lo parece, es que se me han puesto, pero la culpa es tuya.

Lo miré por encima del hombro.

Joder, que no valía para estas cosas y sentía que estaba haciendo el ridículo.

Pero vamos, que lo seguí haciendo. Una de dos: o lo ponía como una moto o terminaba descojonado de la risa tirado en el suelo.

Aunque creo que tan mal no lo estaba haciendo cuando su respiración se hizo más pesada. Pero, si lo noté en algo, fue en eso que me estaba presionando la parte baja de la espalda.

La mirada que le eché por encima del hombro la acompañé con una mordida en el labio inferior.

Que sí, que por fuera puede parecer un gesto sensual, y no dudo que lo fuese, pero yo me estaba descojonando por dentro al imaginarme haciendo esos gestos.

—Todavía no he hecho nada.

Eso sonó a que la noche prometía.

Pues, si sin hacer nada me tenía así, no me quería ni imaginar cómo sería cuando lo hiciera.

El ascensor se detuvo en la tercera planta. En cuanto las puertas se abrieron, salí de él con Bruno pegado a mi espalda. No me soltó en ningún momento.

Parecía que no quería mover las manos de mis caderas, que era por donde me tenía cogida.

Me indicó cuál era su puerta, porque yo en su piso no había estado nunca. Siempre había sido Bruno el que había venido a buscarme a mi casa.

Lo primero que vi al entrar fue un gran recibidor. Allí no había pasillo como en mi piso, era más bien un espacio abierto.

Desde la entrada se veía gran parte del salón y, en esa parte, lo que más me llamó la atención fue ver los tres cinturones que hasta entonces había ganado.

Ahí fue cuando se me pusieron los vellos de punta, pero esta vez por otro motivo.

Fue porque me di cuenta de todo el trabajo que había tenido que hacer durante toda su vida para llegar a donde había llegado.

Detrás de esos cinturones había horas, días, meses y años de dedicación y esfuerzo.

De golpes dados, pero también de muchos recibidos, sobre todo al principio.

—Bruno, eso es impresionante de ver.

Y eso que no estaba contando con todos los trofeos y medallas que había en una vitrina a un lado del salón.

—Gracias. —Me dio un beso en la base del cuello—. Allí es donde voy a poner el que me falta. —Señaló un lado de la pared—. Y allí es donde va a ir el que me dan al ganar los cuatro cinturones más importantes dentro de este mundo.

Sonaba orgulloso de lo que había logrado y no era para menos.

Eso me llevó a pensar que tal vez no estuviera siendo el mejor momento para conocernos. Había luchado tanto y le faltaba tan poco para conseguirlo todo que me daba miedo que por mi culpa lo perdiera.

¿Y si por dedicarme tiempo a mí se lo estaba quitando a su entrenamiento?

Porque era así, solo tenía que pensar que al día siguiente no iba a entrenar por quedarse conmigo.

—De pronto te has quedado muy callada.

Me hizo girar para quedar frente a él.

—Es que me he dado cuenta de que te puedo estar distrayendo —le dije en voz baja.

—No digas eso, porque desde que te conozco me siento más fuerte que nunca, así que no vayas a pensar esas cosas, te lo pido, por favor.

Puso una mano en mi mejilla, con parte de sus dedos llegando a la parte de atrás de mi cuello, y dejó el pulgar sobre esa zona de mi rostro.

Lo movió con suavidad, como si no pudiera dejar de acariciarme.

—Es que no quiero que por mi culpa pierdas algo por lo que llevas preparándote toda la vida.

—Nada me va a distraer de mi objetivo, pero tampoco voy a permitir que nada me separe de ti.

Joder, no sé cómo lo hacía, pero este hombre me iba conquistando cada vez más.

—Me tienes que prometer que, si alguna vez no puedes quedar conmigo porque tienes que descansar o entrenar, no dejes de hacerlo por mí. Te lo pido de verdad.

Puede que fueran las palabras más sinceras y dichas de corazón que le había dicho hasta ese momento.

—Te lo prometo, deja de pensar en eso y no le des más vueltas. —Me hizo sonreír cuando empezó a darme besos por todo el rostro—. Y ahora vamos a cenar.

Tiró de mi mano para llevarme a la cocina.

Y allí, entre besos que nos íbamos robando, miradas cargadas de pasión y sonrisas que prometían mucho, con todo eso y más hicimos algo de cenar.

Las prisas nos podían, y a la vista estaba el poco tiempo que tardamos en comernos esa cena, porque el deseo de comernos a nosotros mismos era mucho mayor.