Noqueado y enamorado Capítulo 17
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Capítulo 17

Bruno

—Tengo un problema —fue lo primero que me dijo cuando llegó a mi lado—. Se me han quedado las llaves dentro de casa.

—Buenas noches, estás preciosa, aunque no te guste que te lo digan —le dije, acercándome a ella para darle un beso—. En cuanto a las llaves, no te preocupes, ya buscaremos una solución mañana.

A mí me había venido de lujo que se le hubieran quedado las llaves dentro de casa, aunque, de todos modos, esa noche no pensaba dejar que volviera a la suya.

—Perdona, he salido pensando en eso y ni te he saludado.

Se acercó a mí los pocos pasos que nos separaban.

Llevó las manos, con una suave caricia, desde mi pecho hasta mis hombros y, de ahí, terminó rodeándome el cuello.

¿Y cómo cojones, después de esa caricia, iba a tener ganas de salir a cenar?

Lo que más deseaba era pasar la noche a solas con ella. No necesitaba personas a nuestro alrededor.

No necesitaba nada que no fuera Rocío en mi casa, y no era precisamente por tener sexo con ella.

A ver, que no nos vamos a engañar, tenía muchas ganas. Vamos, que me moría de ganas de tenerla debajo de mi cuerpo, encima o de lado.

Joder, que me daba igual. Lo único que quería era disfrutar de su cuerpo, pero, lo más importante, hacerla disfrutar a ella.

Con las manos sobre sus caderas, tiré un poco más de su cuerpo, tanto que quedó totalmente pegada al mío.

—Buenas noches. Y no, no me molesta que me digas preciosa, porque sé que lo dices de corazón y no por decir —murmuró sobre mis labios.

A la mierda con todo, pensé.

No tenía cojones ni ganas de ir a cenar a ningún sitio.

Atrapé su labio inferior entre los míos y tiré un poco de él. No lo hice fuerte, más bien fue algo sensual para provocarla un poco.

En cuanto abrió la boca, adentré mi lengua en su interior, haciendo que se encontrara con la suya a mitad de camino.

Besar a Rocío era una de las mayores sensaciones del mundo. Me hacía algo dentro del pecho, algo que nunca me había permitido el lujo de sentir por otra persona.

Me gustaba estar con ella. Me había gustado mucho ir conociéndonos durante esa semana, hacerlo poco a poco, sin prisa.

Hablábamos mucho, de todo un poco, pero nunca de su infancia.

Desde el comentario que hizo delante de mi hermano, no había vuelto a sacar el tema y yo no había querido preguntarle nada.

Prefería darle su espacio y que ella fuera la que se abriera a mí cuando estuviese preparada.

Fuera lo que fuese lo que le había podido pasar en la infancia, no iba a afectar en nada a la relación que estábamos construyendo, porque eso era lo que estábamos haciendo: construir nuestra relación de manera lenta y segura, y eso era lo mejor.

Separé mi boca de la suya. Lo hice sin ganas, pero es que no era plan de montar un espectáculo en la calle.

Y juro que, si no la cogía en ese momento en brazos y me la cargaba al hombro hasta su casa, era porque no podíamos entrar, que si no, de buena gana lo habría hecho.

—Con este beso, lo que menos me apetece es ir a cenar por ahí.

Si algo me había dicho Rocío era que le gustaba la sinceridad, pues sincero iba a ser.

—Pues no vamos. Nos quedan dos opciones —me miró conteniendo la risa—: llamamos al cerrajero y esperamos a que venga o vamos a tu casa y preparamos algo allí.

No tenía mucho que pensar.

Esperar al cerrajero no entraba en mis planes, por lo tanto, nos quedaba mi casa.

—Mejor nos vamos a la mía, ya si eso mañana miramos lo de la cerradura.

Me pareció que ella también prefería mi casa antes que cualquier otra parte.

Le di un último beso, de esos que son rápidos y que sueles dar cuando estás contento.

No vayáis a la ligera, que estaba hablando de los besos que se dan a una pareja, no de esos que se dan a cualquiera.

—Pues vamos. —Le di la mano para que entrelazara sus dedos con los míos—. Es increíble que, con lo cerca que vivimos, no nos hayamos tropezado nunca.

—Es verdad, no me había parado a pensarlo. —Me miró con una sonrisa preciosa—. Supongo que nos hemos movido por ambientes distintos.

—Y tan distintos —corroboré.

Según lo que ella me había dicho, siempre había sido nula en el deporte, todo lo contrario a mí. Encima, los años que nos separaban, que no eran muchos, pero sí los suficientes como para que no coincidiéramos.

—Supongo que no era el momento, todo pasa por algo o eso quiero creer. —No le podía decir que no cuando opinaba como ella.

Estaba seguro de que, si nos hubiésemos conocido en otro tiempo, ahora mismo no estaríamos así, tal y como estábamos en ese momento.

Íbamos caminando por la calle. Faltaban dos calles para llegar a mi piso cuando, de pronto, Rocío se detuvo.

Y no solo eso, lo que me preocupó fue que se quedó blanca como la leche.

De repente, la mano que le tenía cogida comenzó a temblar, pero no era un temblor normal. El suyo era un temblor de miedo, de ese pánico que te recorre el cuerpo.

De ese miedo que se te clava en el centro del pecho y te impide respirar con normalidad.

—Rocío —la llamé, necesitaba que me prestara atención a mí para que saliera del sitio adonde se había ido su mente—, mírame, estás conmigo, no voy a dejar que nada te pase. Dime qué o a quién has visto que te ha puesto así.

—Vámonos —fue lo que me contestó, intentando tirar de mi mano para que nos fuésemos—. Vamos, no quiero que me vea.

—Pero dime quién —volví a preguntar.

—Mi madre o, más bien, la que se suponía que debería haberlo sido.

Le solté la mano, no porque quisiera, sino porque la iba a coger de las mejillas para que me mirara y me prestara atención solo a mí.

—Rocío, mírame solo a mí, no pienses en nada, escucha solo mi voz. —Seguía sin conectar su mirada con la mía—. Rocío —la volví a llamar, parecía como si se hubiera quedado en su propio mundo.

»Tú eres más fuerte, ya no te puede hacer nada, ya no eres aquella niña. —Se me rompía el corazón verla así.

—Sé que tienes razón en todo lo que has dicho, pero no lo puedo evitar, es superior a mí.

Ahora sí, ahora había vuelto de donde fuera que se había ido antes.

—Bien, porque estamos a punto de llegar a casa y no vamos a cambiar el camino, así que respira y, sobre todo, piensa que yo estoy a tu lado y que jamás voy a permitir que te hagan daño, sea quien sea. ¿Me crees?

Asintió con la cabeza.

—Te prometo que no le tengo miedo. Si me pongo así, es por los malos recuerdos.

Le di un beso en la frente.

Creo que había sido el beso más puro y con los sentimientos más bonitos que había dado nunca en mi vida.

—Me voy a encargar de borrar cada uno de esos recuerdos. Los vas a ir reemplazando por unos nuevos, unos llenos de alegría y amor. Te lo prometo.

Apoyó la mejilla en el centro de mi pecho y me abrazó por la cintura.

Sentirla así, envuelta entre mis brazos y de la manera en la que se había puesto, me tocó el alma, pero de una manera que dolió, y mucho, porque la vi tan chiquita.

Y no chica de tamaño.

—¿Estás lista para pasar por ahí?

Miré sobre mi hombro. No sabía quién era su madre, pero supuse que, si había una mujer pendiente de ella, quizás fuese esa.

No vi a nadie que nos estuviera mirando.

—Estoy lista, contigo a mi lado sé que puedo con todo.

Joder, esas palabras significaron para mí más de lo que ella se podía llegar a imaginar.

—Y sin mí también, sé que eres mucho más fuerte de lo que piensas.

Le sonreí con ternura, la misma ternura que ella provocaba en mí.

La abracé por el hombro, ella me rodeó la cintura y así, los dos juntos, pasamos por ese lugar.

¿Si la madre la vio? No lo sé, puede ser que sí y que no se acercara porque iba conmigo.