Noqueado y enamorado Capítulo 16
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Capítulo 16

Rocío

Había pasado una semana desde que Bruno me dio aquel primer beso al llegar al portal de casa.

Una semana desde que sentí el calor de sus labios junto a los míos y, desde entonces, nos habíamos visto todos los días.

Es cierto que no tanto como nos hubiera gustado, pero sí lo suficiente como para ir conociéndonos poco a poco, sin prisas, pero sin pausas.

Dejando que la atracción fuera creciendo, dejando que un simple roce de manos nos pusiera los vellos de punta.

Lo que más me estaba gustando de Bruno era que me estaba dando mi tiempo, no solo en lo que a lo sexual se refería, sino también para que le hablase de mi vida.

Y no, todavía no le había dicho cómo me había criado ni junto a quién.

En su momento pensé que mi abuela lo había hecho lo mejor que había podido. Con el paso de los años me di cuenta de que no, de que lo podría haber hecho mucho mejor.

Podría haberme protegido un poco más de su hija. Claro, eso lo pensaba a ratos. Supongo que tenía mucho que ver con el estado de ánimo en el que me encontrara en cada momento.

Pero bueno, dentro de lo que pudo, yo creo que lo intentó de corazón. Y sí, es cierto que no me protegió del todo, vamos, como he dicho antes, aunque tan mal supongo que no lo hizo.

Desde luego, yo no me consideraba mala persona. Es verdad que los valores que tenía los había adquirido por mí misma, porque en aquella casa me dieron pocos.

Eso sí, los pocos que me dieron fueron de mi abuela. Si hubiese sido por mi madre, me podría haber muerto de hambre en la esquina de cualquier habitación.

Y sí, eso era lo que más podía agradecerle a mi abuela. No supo darme una buena educación ni unos buenos valores.

Como he dicho, esos me los busqué yo, y muy orgullosa me sentía de haberme hecho a mí misma.

Jo, mira por dónde voy, y eso que había empezado contando que llevaba una semana conociendo a Bruno. Pero bueno, he creído que también era importante que conocierais un poco el ambiente en el que me había criado.

Que sí, que sé muy bien que de la que dice ser mi madre he hablado poco o más bien nada, pero es que en estos momentos ni fuerza ni ganas tenía, porque hablar de esa mujer era echarle horas, y mi tiempo aquel día era bastante reducido.

Por fin había quedado con Bruno para salir a cenar sin mirar el reloj. Y digo por fin porque ya habíamos cenado varias veces, pero nunca pudiendo disfrutar sin pensar en el tiempo.

Pero esa noche no había prisa, ni esa noche ni al día siguiente.

Él lo tenía libre y yo lo tenía de descanso.

Es verdad que Bruno se había cogido el día de descanso para pasarlo conmigo, porque se suponía que ahora mismo debería estar dándolo todo, ya que en dos meses tenía el combate.

Ese que le faltaba por ganar. Si lograba hacerse con ese cuarto cinturón, esa misma noche se convertiría también en campeón indiscutible.

Lo máximo que se podía conseguir a nivel mundial dentro del mundo del boxeo.

Madre mía, me había quedado asombrada conmigo misma.

Ni cuenta me había dado de todo lo que había aprendido de ese mundo en apenas una semana.

Cómo se nota que, cuando le ponemos interés a algo, lo rápido que aprendemos y lo bien que se nos puede dar. Bueno, en este caso, aprender había aprendido, pero eso de que se me diera bien mejor lo dejábamos de lado.

Porque, como ya he dicho en varias ocasiones, yo de deporte nada, pero nada de nada, nula por completo.

Es más, yo creo que si tuviera que correr, parecería un pato mareado y mira que es difícil no saber hacerlo.

Venga, vale, reconozco que en ese sentido he exagerado un poco, y eso que yo no tiendo a hacerlo.

Pero es que de verdad, el deporte no me gustaba nada de nada y encima se me daba fatal, pues se termina juntando el hambre con las ganas de comer.

Pues, como iba diciendo, Bruno se había querido coger mañana libre para que pasásemos toda la noche y al día siguiente juntos.

Me sentí un poco mal que hiciera eso, pero era la única forma si queríamos pasar un poco más de tiempo y no como lo habíamos estado pasando durante toda la semana.

No tenía ni idea de adónde me iba a llevar; bueno, llevar no, que no era un animal, ya me entendéis lo que quiero decir.

Y la verdad, me daba igual dónde fuera; con tal de estar junto a él, me era suficiente.

Es verdad que esa noche me quise arreglar un poco más; no por él, quise hacerlo por mí misma.

Venga, lo admito.

También me apetecía que Bruno me viera bonita.

Me puse unos pantalones tipo chino, pero de esos modernos, de cintura alta y entallada.

Eran blancos y terminaban quedando un poco por encima del tobillo.

Me gustaba mucho cómo me quedaban. Eran de esos pantalones que se pueden tener como favoritos, eso por no decir que me hacían un culo redondo y respingón.

Vamos, que, para mi parecer, me hacían un trasero perfecto.

¿Veis? No necesito que nadie me suba el ánimo, ya me lo subo yo solita.

De zapatos, me puse unas cuñas de esparto con unas tiras gruesas de tela en color celeste.

Fue precisamente por ese color por lo que las elegí, porque era el mismo color que la camisa que me puse.

En esta ocasión sí que me recogí el pelo, lo hice en una cola alta, bien estirada.

Unos complementos dorados, no muchos porque no me gustaba ir muy recargada, y un poco de maquillaje, lo justo para verme con algo de color.

Con esto de que era friolera, todavía no había pisado la playa para darme un baño y tomar el sol.

Para pasear sí que la pisaba durante todo el año, de eso no me faltaba.

Lo último fue el perfume. No sé por qué, pero no me gustaba echármelo hasta que iba a salir de casa.

Estaba terminando de ponerme el segundo pendiente cuando llamaron al portero.

Sabía que era él y lo sabía por dos motivos:

El primero: era la hora en la que habíamos quedado.

El segundo: se había acostumbrado a que, cuando llamaba, lo hacía dos veces seguidas.

Sonreí con mucha ilusión antes de salir de casa e ir a su encuentro.

Lo que me estaba haciendo sentir Bruno, y en tan poco tiempo, era lo más bonito que me había pasado en la vida.

¿Y si me enamoraba de él y después me dejaba?

Qué tonta eres, ya estás enamorada de él.

Eso fue lo que mi voz interior me dijo.

Y puede que tuviera razón, puede que ya estuviera enamorada de él; solo era que me faltaba reconocérmelo a mí misma.

Cogí el bolso. Me hizo ilusión usarlo porque me lo había regalado Coral por mi cumpleaños. Aunque no lo había celebrado, ella no se había olvidado de mí. Claro que yo tampoco me había olvidado nunca del suyo ni pensaba hacerlo en la vida.

El caso es que era precioso, era uno de esos pequeños que se cuelgan del hombro, en los que caben la cartera y el móvil, pero a lo justo.

Salí de casa y, al cerrar la puerta, me di cuenta de que acababa de liarla, pero no de cualquier forma, no, qué va, porque aquí, la tonta que está hablando, cuando liaba alguna, lo hacía a lo grande.

Y es que, al cerrar, me di cuenta de que me había dejado las llaves dentro.

Así que no tenía ni puta idea de cómo cojones iba a volver a entrar en casa, porque hasta donde yo sabía todavía no tenía el poder de atravesar puertas ni paredes.

Por lo que no me quedaba otra, si quería dormir en mi cama esa noche, que llamar a un cerrajero o que Bruno se compadeciera de mí y me dejara pasar la noche en su casa.

Y no penséis mal, que sé muy bien por dónde vais y os aseguro que los tiros no iban por ahí.

Así que eso de que había podido dejarme la llave dentro a cosa hecha no era así.

De verdad que no. Tenía que ser la tía más tonta del mundo para hacer eso y, encima, tener que gastarme dinero en un cerrajero con lo caros que son.

En fin, que ya lo arreglaría en otro momento. Ahora lo único que me importaba era disfrutar al lado del hombre que estaba haciendo que mi corazón latiera con fuerza con solo pensar en él.