Capítulo 15
Bruno
—Digo yo que el muchacho no será para tanto —me contestó cuando le dije que había visto a mi hermano.
—No, es peor —corroboré.
—Me da que estás exagerando —insistió.
Dios no quisiera que tuviera que comprobarlo por sí misma.
—Te prometo que no. Hugo es… —Pensé un poco cómo decirle cómo era para que se hiciera una idea lo más acertada posible—. A ver, es como una Coral, pero en versión hombre.
Creo que ese era el mejor ejemplo que podía ponerle, más que nada para que lo pillara bien.
—Eso es imposible, otra persona como Coral no puede haber en este mundo —dijo abriendo mucho los ojos.
—Pues yo creo que las hay y…
No pude seguir hablando.
De pronto, una presencia grande se puso ante mí.
No me hacía falta levantar la vista para saber quién era.
—No me puedo creer lo que estoy viendo, mañana me chivo a Paco.
—¿Qué te trae por aquí, Hugo?
Lo mejor era ignorar sus comentarios.
—Dar una vuelta y tomar una copa, aunque parece que tú has tenido mucho más suerte que yo.
—Hugo. —Por el tono de voz y la manera de decirle su nombre, sabía que por ahí mejor que no fuera—. Rocío, él es mi hermano Hugo.
Se levantó para saludarlo con dos besos.
No dejé de mirar a mi hermano, que este, con tal de buscarme la boca, era capaz de hacer una gilipollez.
—Encantado, preciosa.
Rocío lo miró conteniendo la risa.
Creo que se había dado cuenta de qué palo iba mi hermano.
—¿Me puedo sentar con vosotros?
Resoplé mentalmente.
Había que ser muy capullo para sentarse allí cuando sabía de sobra que era la primera vez que había quedado con ella.
—Claro, aunque no creo que te quieras quedar mucho.
Hugo y yo miramos a Rocío. No teníamos ni idea de por qué había dicho eso.
—¿Y eso por qué? —le preguntó él.
—Oh, no es por nada, es que creo que te vas a aburrir con nosotros.
—No creo, preciosa, siempre disfruto de la compañía de mi hermano.
Este era peor que Rubén, pero de lejos.
—Hugo, ¿te puedo hacer una pregunta? —Mi hermano asintió—. ¿Te funciona eso de preciosa para ligar?
Se me escapó una carcajada que se tuvo que escuchar en toda la terraza.
—Hermano, creo que con ella has dado con hueso —le dije sin dejar de reír.
Y eso que no estaba su amiga, porque una guerra entre esos dos debería ser de lo más divertida.
Estaba seguro de que palabras no les iban a faltar a la hora de dirigirse el uno al otro.
—Hasta ahora no he tenido ningún problema.
Le guiñó un ojo y ella puso los suyos en blanco.
—Te doy un consejo, en ti está que lo quieras tomar o no.
Me eché hacia atrás, extendí las piernas y las crucé por los tobillos. Vamos, que me había puesto cómodo para escuchar lo que ella le iba a decir.
—Adelante, te escucho.
—A ver, eres un hombre guapo, joven, con buen cuerpo, ¿de verdad piensas que necesitas esos «preciosas»? Porque déjame decirte que yo creo que sobran.
—¿Me estás diciendo que a las chicas no os gusta oír piropos?
—A una que sea inteligente, a una que no vaya buscando un simple polvo, a una con dos dedos de frente, te aseguro que los «preciosas» esos nos sobran todos. —No me esperaba esas palabras por su parte—. Y que conste que estoy hablando desde mi punto de vista.
—Joder, me has dejado sin palabras y mira que eso es difícil que alguien lo consiga. —Le dio un sorbo a la copa que nos habían puesto—. Si te digo la verdad, nunca me habían callado de esta manera.
—Doy fe de ello —corroboré—. La única que es capaz de callarlo es mi madre, y porque sabe que si no lo hace, le vuela una hostia.
—No sé, pero algo me dice que vuestra madre no os ha tenido que dar muchas hostias.
—Que no dices. —Hugo me miró y los dos comenzamos a reír—. De dos en dos. Vamos, que nos daba una con cada mano y, si hacía falta, de regalo nos llevábamos una patada en el culo.
—¿Eso es verdad? —me preguntó Rocío.
—Te lo prometo. ¿Te imaginas criar tres hijos y que se lleven tres años unos con otros? Y no éramos muy tranquilos que digamos. Miento, Mateo siempre ha sido el calmado de los tres.
—La hemos liado muchas veces, sobre todo en el taller de mi padre, allí sí que podíamos lucirnos a gusto.
—Doy por sentado, o más bien por lo que has dicho antes, que todas las cosas que hicisteis en el taller fuisteis vosotros dos.
Nos señaló a los dos, primero a uno y después al otro.
—Claro, en las pocas cosas en las que ha participado Mateo ha sido porque lo teníamos que amenazar —le contestó mi hermano—. Lo hacíamos así para que nos echaran la bronca a los tres y no nos librásemos ninguno.
—Qué malos habéis sido con vuestro hermano.
Al final estábamos disfrutando los tres.
La verdad, no me esperaba que Hugo se estuviese comportando así.
Vamos, que si me lo hubieran dicho, no me lo habría creído en la vida.
—No, solo buscábamos la igualdad entre hijos —volvió a contestar Hugo.
Nos reímos los tres.
—Leches, pues hubierais buscado esa igualdad con vuestro comportamiento, en vez de hacer que el pobre hiciera las cosas mal. Las hubierais hecho vosotros bien.
—Es que entonces perdía la gracia. —Hugo me miró y ahí me di cuenta de que podía soltar una de las suyas—. Hermano, esta no me gusta para ti, es demasiado aburrida.
Lejos de que Rocío se lo tomara mal, se echó a reír.
Lo que fue un alivio para mí, no quería que se sintiera incómoda.
—Lo siento, pero es lo que hay. Supongo que, cuando te toca ser adulta desde joven, pierdes un poco el sentido del humor.
No creo ni que se diera cuenta de lo que había dicho, pero fue algo que nos dejó sin palabras a mi hermano y a mí, sobre todo porque detrás de las suyas se escondía mucho.
—Pues a mí me parece que tu sentido del humor está muy bien —dije yo.
Solo lo hice para cambiar de tema, no porque no me interesara saber de ella, sino porque no quería que tocara temas tristes o que le dolieran.
No había que ser muy inteligente para darse cuenta, por esas palabras, de que no había tenido una infancia muy agradable.
Y sí, me interesaba mucho saber cómo había sido su vida, pero saberlo hoy no iba a solucionar nada, así que ese tema lo iba a dejar para otro día.
Eso si tenía la suerte de que quisiera volver a quedar conmigo.
Yo creía que sí, pero nunca se podía dar nada por sentado.
Le hice una señal a mi hermano con los ojos. Con eso le bastó para saber lo que había querido decirle.
—El de Coral es mucho mejor que el mío.
No opinaba igual.
—No, el de Coral es mucho más loco que el tuyo, aunque loco no es exactamente lo que quiero decir.
—Te he entendido, el de ella es más extremo —reconoció.
—Creo que conozco a la mujer de la que estáis hablando. —Rocío y yo miramos a mi hermano; eso no podía ser—. Si no me equivoco, es la que está saliendo con Rubén.
Así que el capullo de mi amigo se la había presentado antes a mi hermano que a mí.
Ya lo cogería por la mañana, vaya que sí.
Tener amigos para esto, en fin.
Yo más o menos podía entender el comentario de mi hermano, porque sabía de qué iba todo, pero, por lo que parecía, Rocío todavía no sabía de qué iba la cosa.
Y eso quería decir que su querida amiga había decidido mantener el pico cerrado.
—Es imposible, si ella ha conocido a Rubén esta madrugada.
—No, creo que Coral debería haber hablado contigo. Te prometo que yo no sabía nada tampoco.
Uy, esos ojos me estaban diciendo que más me valía empezar a hablar.
—Pues verás… —le conté toda la historia tal y como ellos me la habían contado a mí.
La pobre se quedó sin saber qué decir, por lo menos por el momento.
—Pues ya tienen imaginación esos dos —dijo mi hermano sin parar de reír.
Y es que no era para menos, porque cuando salías del shock inicial, te tenías que reír por cojones.
—Imaginación y peligro —reconoció cuando recuperó el habla—. Ya la cogeré mañana por la tarde cuando la vea. ¿Cómo puede ser tan lianta?
Normal que no saliera de su asombro.
Se nos hizo bastante tarde, por lo que decidimos dar la noche por terminada.
Nos despedimos de mi hermano y acompañé a Rocío de vuelta a casa. En esta ocasión también fuimos caminando despacio.
Era como si ninguno de los dos quisiera que terminara la noche.
Llegamos a su portal y fue allí donde nos dimos el primer beso.
Fue un beso lento, tentándonos, deseándonos, conociéndonos.
Fue un beso dulce y tierno.
Uno que me supo a poco.
—Que descanses —le dije sobre sus labios.
—Igualmente. —Me sonrió.
Se me hizo corta la noche. No dejé de pensar en ella durante todo el camino de regreso a casa.