Capítulo 14
Rocío
Habíamos quedado para dar una vuelta. Sabía que no era más que un paseo sin importancia, que eso no significaba que fuésemos a tener algo más, pero me hacía mucha ilusión.
Si lo pensaba con detenimiento, era lo que más ilusión me había hecho en mucho tiempo.
Lo primero que hice cuando llegué a casa del trabajo fue darme una buena ducha. Me tomé mi tiempo en ella y dejé que el agua cayera sobre mi cabeza un buen rato.
No lo hice porque me pasara algo, no, nada que ver. Simplemente, me gustaba sentir cómo el agua recorría mi cuerpo.
Me lavé el pelo con calma y también el cuerpo.
Salí envolviéndome en una toalla. Cuando me sequé, me hidraté bien el cuerpo, con tranquilidad.
Era algo que nunca me podía faltar. Tenía la piel demasiado seca, tanto que, como no me la hidratara y me pasara la uña por la pierna, era como si me hiciera una carretera sobre la piel.
Y no estoy exagerando, os prometo que es verdad.
Abrí el cajón de la ropa interior. Estaba a punto de coger una de esas prendas que son feas de cojones, pero supercómodas.
Me quedé con la mano en el aire. Fue como si, de pronto, la voz de Coral se hubiera metido dentro de mi cabeza y me estuviera diciendo:
«No seas tonta, aprovecha y ponte algo de lo que te compraste el otro día».
Le hice caso a esa voz.
No sé qué fue lo que me hizo hacerlo, pero terminé poniéndome un conjunto de ropa interior nuevo.
No es que fuese cosa del otro mundo, simplemente era mucho más bonito. Y no me lo puse con intención de nada, que conste, porque eso era lo último en lo que estaba pensando en ese momento.
Para la parte de abajo me puse una falda larga. Me encantaba cómo me quedaba. Era de color verde militar y tampoco tenía nada del otro mundo.
Era recta, con un corte en un lado. Ese corte llegaba a la altura de la rodilla, eso era todo lo que tenía.
En la parte de arriba me puse un jersey de hilo blanco. Aunque ya empezaba el buen tiempo, por las tardes, cuando el sol se iba, refrescaba un poco, por lo menos para mí.
El pelo me lo dejé suelto. Como en el trabajo siempre lo tenía que llevar recogido, cuando estaba en casa o salía, me gustaba llevarlo así.
Mirándome frente al espejo, dudé un poco en si maquillarme o no. Al final, decidí ponerme rímel y un poco de brillo en los labios.
Para un paseo no me apetecía ponerme base ni cualquier otra cosa.
El teléfono me sonó con la entrada de un mensaje. Al mirarlo vi que era él, diciéndome que estaba en el portal de casa.
Corrí al baño para echarme un poco de perfume, cogí el bolso, miré que llevara todo lo necesario y salí de casa para ir a su encuentro.
¿Cómo podía ser tan guapo?
Madre mía.
Daba la casualidad de que todas las veces que lo había visto había sido con ropa de deporte y, si con esa ropa me gustó, con la que llevaba ahora era para ponerme un cubo debajo de la boca.
Se había puesto unos pantalones de lino, o eso me quiso parecer a mí.
Como ya sabéis, mi vista no era la mejor para ver desde lejos y, hasta que no decidiera ir al oculista, me temía que seguiría siendo así.
Pues eso, llevaba unos pantalones de lino marrones y una camisa beige muy clarita, casi blanco roto. Lo completaba con unas deportivas blancas de esas que son para vestir.
Me gustó mucho su manera de peinarse. No tenía el pelo demasiado largo y parecía que solo se había pasado los dedos un par de veces para colocárselo.
Y, aun así, le quedaba demasiado bien.
Tanto que me dieron ganas de meterle yo los dedos en el pelo.
En el pelo, repito.
Mejor me centraba en el momento y dejaba de imaginar cosas.
—Vaya. —No me miró cuando llegué junto a él, literalmente me devoró con la mirada—. Estás preciosa.
—Gracias, tú tampoco te quedas atrás.
Digo yo que a los hombres también les gustaría recibir piropos. Vamos, que a nadie le amarga que le digan algo bonito de vez en cuando.
—¿Vamos? —asentí.
Puso una mano en la parte baja de mi espalda para indicarme que, cuando quisiera, podía empezar a caminar.
—No he pensado ningún sitio.
Aunque parezca mentira, me gustó que hubiese sido así.
—Te digo un secreto. —Mentira, no era un secreto, solo una forma de hablar—. Me encanta que los planes sean de improviso. Cuanto menos se planean las cosas, más las disfruto.
¿Cómo era posible que un boxeador tuviera unos dientes tan perfectos?
A ver, que no estoy loca y voy saltando de un tema a otro. Lo de los dientes lo había dicho porque me había sonreído.
Pues no me iba a quedar con la duda y se lo iba a preguntar. Tampoco creía que fuera un secreto de Estado ni nada por el estilo.
—¿Cómo puedes tener los dientes así dedicándote a lo que te dedicas?
Amplió aún más la sonrisa.
—Uso unos protectores bucales muy buenos, los mejores del mercado —me guiñó un ojo—, y estoy seguro de que son los mejores porque son los de mi firma.
Se notó que estaba orgulloso.
No era para menos. Por lo poco que hablamos la otra noche, sabía que había conseguido grandes logros. Eso sí, del tema de que tenía una firma de esas cosas me acababa de enterar.
—¿Y son los mejores porque son tuyos?
—Claro, por eso y porque me he encargado de que estén hechos con los mejores materiales del mercado.
—¿Así que no eres solo un boxeador? También eres emprendedor.
—Soy consciente de que el boxeo no me va a dar de comer toda la vida, sobre todo el boxeo profesional.
Lo entendía.
No estaba muy puesta en ese deporte. En realidad, no estaba puesta en ese ni en ningún otro.
Yo para los deportes era totalmente nula.
Fuimos dando un paseo con calma. No había prisa, no cuando nos estábamos conociendo.
Porque estaba segura, sentía que era así, algo me decía que Bruno me quería conocer de verdad. Además, no soy tonta y la química que había entre los dos se podía ver a metros de distancia.
—No es que entienda mucho, pero supongo que todavía te quedan unos cuantos años por delante.
Llegamos a la terraza de un chiringuito, de esos que por la tarde-noche se dedicaban a poner copas.
—¿Te parece bien aquí?
—Me parece perfecto —contesté.
Nos sentamos en unos sillones grandes que tenían justo delante una mesa baja.
No se podía negar que aquel local era precioso. Desde luego, clase y estilo no le faltaban.
Fue ahí sentados cuando me contestó la pregunta que le había hecho antes.
—Podría competir unos cuantos años más, pero pienso retirarme cuando consiga ser el campeón indiscutible. Es el mayor título que se puede conseguir en el boxeo.
—¿Por qué lo quieres hacer así?
—Tengo treinta y dos años, soy consciente de que detrás de mí vienen algunos pisando fuerte y, la verdad, llevo toda la vida con estos entrenamientos. El cuerpo me está pidiendo un descanso.
Supongo que tenía razón.
—Mirándolo por el lado bueno, vas a tener mucho más tiempo para ti.
—No creo que tanto. Que no compita no quiere decir que me quede de brazos cruzados. —Levantó la mirada, me pareció ver que algo le había llamado la atención—. Mierda…
—¿Qué? —pregunté sobresaltada.
A ver si pasaba algo.
Que digo yo que no me gustaba el deporte, pero, si había que correr, se corría.
—No le hagas mucho caso si se acerca. A lo mejor tenemos un poco de suerte y no se da cuenta de que estoy aquí.
—Pero ¿quién? Mira que yo no quiero problemas con novias locas. Además, me parecería de ser muy capullo que hubieras quedado conmigo teniendo novia.
Lo siento.
Se lo solté, vamos, es que, si tenía novia, por mucho que me hubiera gustado, se iba a quedar con su madre.
—Jamás le haría eso a mi pareja.
Lo dijo de una manera que le creí. Me hizo sentir que no me había mentido. Nunca se sabía, claro, pero esa fue la impresión que me dio.
—Entonces, ¿quién es?
—Mi hermano pequeño, y ese es más coñazo que una ex loca.
Reí, y lo hice con ganas.