Capítulo 12
Rocío
—Rocío, tómales nota a los de la mesa siete.
Me detuve a mirar de frente al inútil ese, porque, si vago e inútil era mi ex, Fran era mucho peor.
Por lo menos podía dar gracias a Dios de que hoy no venía puesto. De haber sido así, estaba segura de que se la habría liado a sus padres para que le dieran algo.
Pero vamos, que todavía quedaba mucho día y que no se podía cantar victoria tan temprano.
Que no estuviera puesto en ese momento no significaba que no pudiera ponerse. Con un par de veces que entrara en el baño e hiciera uso de los polvitos mágicos, ya lo tendríamos bien alegre y pidiendo dinero.
Cuando se ponía en ese plan, la pena me comía, y no por él.
Vamos, estaría bueno que sintiera un mínimo de pena por una persona que no sabía tratar a sus padres con respeto. Porque daba coraje ver cómo sufrían dos buenas personas por un hijo que no merecía la pena.
Porque, si se dijese que sus padres habían sido unos hijos de puta, como lo había sido la mía, pues dices: bueno, no comparto ese comportamiento, pero lo entiendo.
Pero, con unos padres como Pepe y Pilar, no lo entendía.
—Fran, a los de la mesa siete hace diez minutos que les tomé nota.
Uy, este no venía puesto hoy, pero parecía que venía buscando bronca.
—Ni se te ocurra, porque, como hagas lo que sé que quieres hacer, te saco la lengua y te la meto por el culo.
Hasta los cojones.
Y no, no le tenía miedo a hablarle así.
Sabía que Pepe no me iba a echar del trabajo, por no decir que yo, para ellos, era como su tabla de salvación frente a su hijo.
—No vayas de lista conmigo.
Me señaló con el bolígrafo que tenía en la mano.
Y ahora fuera de coña, creo que era la primera vez que lo veía con un bolígrafo en la mano.
—No voy de nada, pero no voy a permitir que vayas a la cocina a reclamarles nada, ni a tu madre ni a Manuela.
—El día que seas más que yo aquí, entonces abres la boca. Mientras tanto, no eres nadie para decirme lo que debo hacer o no.
—Soy la encargada de que todo marche bien, de que los clientes se vayan contentos.
Hasta ahora nos ha ido muy bien la organización y te puedo asegurar que no vas a venir a estropear mi trabajo, y mucho menos a insultar a nadie.
—Di un paso en su dirección—. Me da igual quién seas, como si eres el hijo del presidente.
Este no se achantó, dio también un paso en mi dirección.
Mierda, ¿dónde se había metido Pepe?
Para una vez que lo necesitaba y resulta que no lo veía por ningún sitio.
Y que conste que no lo necesitaba porque tuviese miedo de que su hijo me hiciera daño, más bien era al revés.
Como diera un solo paso más hacia mí de manera amenazante, le iba a arrear una hostia que la iba a recordar hasta después de muerto.
—¿Sabes lo que te digo, Rocío? Que me vas a comer la…
—Shh. —Lo silencié poniendo el dedo delante de mis labios—. Cuidado con lo que dices, o puede que el que acabe comiendo algo seas tú, y lo que te comas, estoy segura de que no te va a gustar.
Vamos, porque se iba a tragar los vasos de dos en dos.
—¿Qué es lo que pasa aquí? Estáis llamando la atención —preguntó Pepe cuando llegó hasta nosotros.
—Aquí, tu protegida, que no me deja hacer mi trabajo.
Miré a mi jefe, y no buscando que no lo creyera. De sobra sabía que la palabra de su hijo no valía nada al lado de la mía.
Y no era solo su palabra; los actos decían mucho más que las palabras, y los míos llevaban avalándome años.
—Hijo, no mientas para quedar bien. Creo que lo mejor que puedes hacer es irte a casa y descansar.
Como si el pobre estuviera muy cansado, pensé con ironía.
Desde luego, era preferible que se fuera a casa antes de que siguiera allí.
—Me voy si me das doscientos euros.
Abrí los ojos todo lo que pude.
Miré a Pepe. Dios, a ese hombre solo le faltaba llorar pidiendo ayuda.
—No le vayas a dar el dinero, sabes para qué lo quiere.
No era de mi incumbencia decirle eso, pero se lo dije, porque, si seguía dándole cada vez que pedía, nunca iba a cambiar.
Y cada vez pedía mayores cantidades de dinero.
—Tú te callas, que aquí no eres nadie.
—Fran, a Rocío le hablas con respeto.
—A esta puta le hablo como me da la gana.
La hostia no se la esperaba él, pero es que yo tampoco esperaba que Pepe se la diera. Con esto no estoy diciendo que me hubiera quedado con los brazos cruzados.
No, de hecho, me estaba preparando para dársela yo.
A lo que sí me dio tiempo fue a darle un empujón antes de que llegara a darle un puñetazo a su padre.
Qué pena daba ver lo que podían hacer las drogas a las personas. Y ya no solo al que las consumía, sino a todo el que estaba a su alrededor.
—Fran, ni se te ocurra…
No me dio tiempo a decir nada más. De pronto, se cruzó una mano entre el cuerpo de Fran y el mío.
—Tío, ¿no te da nada liarla de esta manera con una mujer y con un hombre mayor? —le preguntó Bruno; es que él no sabía que eran padre e hijo.
No sé cómo lo hacía este hombre, que últimamente, cada vez que me encontraba en peligro o necesitaba ayuda, aparecía de repente.
—Una de dos —le dije, dándole las gracias con la mirada—. Voy a pensar que eres mi ángel de la guarda o, lo que es un poco peor, mi acosador.
Me devolvió la sonrisa con un guiño de ojo.
Y yo sentí justo en ese momento cómo me temblaban las piernas.
—Ese hombre es mi padre y me ha pegado antes él a mí.
Claro, los humos se le habían venido un poco abajo, lo más normal.
A mí también me habría pasado si hubiera estado en su lugar.
—Pues con más razón le tienes que respetar, porque estoy seguro de que él lo ha dado todo por ti.
No le había pegado ni nada. No hizo falta. Solo puso la palma de la mano abierta en el centro del pecho de Fran. Lo único que estaba haciendo era retenerlo.
Pepe tenía los ojos aguados. Supe que tenía ganas de llorar y estaba segura de que se sentía avergonzado por el comportamiento de su hijo.
Me acerqué para pasarle el brazo por los hombros y darle un abrazo a mi jefe.
Al hacerlo, me di cuenta de que detrás de Bruno estaba la lianta de mi amiga y otro hombre que no conocía de nada. Puede que me sonara un poco su cara, pero no mucho.
Al final, se había salido con la suya la loca esta. Ya hablaría con ella en otro momento.
Volví a centrarme en Fran, en su padre, en Bruno y en todo el trabajo que se estaba acumulando, y eso que tenía unos compañeros supercompetentes.
Pero en el momento en el que faltaba una mano, en este caso la principal, que era la mía, y no lo decía por dármelas de más, sino porque era la verdad, se notaba.
—Hijo, vete a casa. Ya hablaremos cuando llegue.
No me quería ni imaginar el panorama que se podían encontrar Pepe y Pilar cuando llegaran a casa.
—Yo voy a seguir con el trabajo —les dije—. Muchas gracias por la ayuda, ángel de la guarda.
¡Madre mía, qué sonrisa me había echado! Esa tendría que estar prohibida.
—Nada que agradecer.
Remató esas palabras con un guiño de ojo y yo me derretí un poco más de lo que ya estaba, si es que eso era posible.
Fran salió por la puerta, no sin antes dedicarme un gesto obsceno. Ni caso le hice, porque, como se lo hiciera, íbamos a acabar muy mal él y yo.
Mi jefe también se lo agradeció a Bruno.
Por lo que pude oír, le dijo que se sentara en una mesa, que estaba invitado a comer.
Yo me puse a lo mío. Al pasar por el lado de Coral, me detuve unos minutos, no muchos, ya que no podía seguir perdiendo tiempo.
Después de amenazarla por esa encerrona, conocí a Rubén, que resultó ser el hombre que estaba con Bruno la otra noche.
Por eso decía yo que me sonaba tanto su cara. Aquella noche fue el único al que miré, aunque tampoco lo hice con demasiada atención.
—Gracias por la ayuda de la otra noche —le dije.
—Para lo que haga falta —me contestó con amabilidad.
Mi amiga y él se estaban sentando en una mesa cuando Bruno pasó por detrás de mí. Iba para sentarse con ellos, pero, al pasar, me rozó con su brazo y yo sentí como si un millón de avispas se instalaran en mi estómago.
Madre mía, hacerme sentir así con un simple roce estaba segura de que era un pecado capital.
Al infierno iba a ir, pero vamos, que me daba igual si, con ello, conseguía que me hiciera sentir mucho más.
Les tomé nota a mi amiga y a Rubén y, cuando le tocó a Bruno, lo miré directamente a los ojos.
Me di cuenta de que estaba igual de interesado en mí que yo en él.