Noqueado y enamorado Capítulo 11
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Capítulo 11

Bruno

A las cuatro y cinco minutos de la madrugada fue la hora a la que puse un pie en la calle.

Y ahí fue cuando me llevé la primera sorpresa del día.

Rubén estaba en la puerta esperándome.

—¿Qué haces aquí?

Ni lo saludé.

—He creído oportuno acompañarte en tu carrera matutina para asegurarme de que no te distraes.

Había comenzado a estirar, pero dejé de hacerlo para mirarlo atentamente.

—Creo que deberías acostarte y dejar las fiestas solo para el sábado por la noche.

—No vengo de fiesta, vengo de mi casa. De hecho, he tenido que madrugar más que tú para estar aquí a esta hora —se defendió.

—Si no vienes borracho, algo te ha pasado. Son muchos años de amistad como para creerme lo que has dicho.

—Ya te lo he dicho, solo quiero asegurarme de que corres todos los kilómetros que te dice Paco.

—¿Y tú vas a correrlos conmigo? —le pregunté con cachondeo.

—Claro, para eso he venido.

A este le iba a dar yo ganas de cotillear.

Como si no supiera perfectamente que había venido por si me encontraba de nuevo a Rocío.

Pero vamos, que si él quería madrugar por algo que yo estaba seguro de que no iba a pasar, adelante. No iba a ser yo quien le quitara la ilusión al muchacho.

—Pues dale, que nos quedan veinte kilómetros por delante.

Normalmente corría unos quince kilómetros, puede que algún día uno o dos más, pero a este le iba a dar yo ganas de correr, vaya que sí.

—¡¿Veinte?! —gritó.

Vale que no fue un grito bestial, pero sí lo suficiente como para que pudiera despertar a algún vecino.

—Claro, son los que hago todos los días.

Ese día me apeteció hacer otro camino, también por el paseo marítimo, pero iba a empezar por otra dirección.

—¿Es por aquí donde viste ayer a esa mujer con su amiga?

Hice como que no lo escuché.

—Bruno, te he hecho una pregunta y no ignores, que eso es de muy mal amigo.

La sonrisa con la que empecé a correr se me hizo más grande. Fue algo involuntario, no lo pude evitar.

Lo que podía llegar a hacer una persona por curiosidad.

—No, no fue por aquí.

—Entonces, ¿fue un poco más adelante?

—No, más bien fue por el lado contrario.

Lo miré de reojo para ver su reacción.

Lo más gracioso de todo era que el muy capullo tenía aguante para el deporte y correr no se le daba mal.

Su problema era que no le gustaba correr y mucho menos levantarse a esa hora para hacerlo.

—Tío, no me jodas, ¿en serio me estás haciendo esto?

—Rubén, te recuerdo que has sido tú el que ha querido venir y, si lo has hecho, ha sido para correr, así que te tiene que dar igual el camino que coja.

Se detuvo en seco. Yo lo hice un par de metros más adelante y me di la vuelta para mirarlo de frente.

—Déjate de gilipolleces. —Me señaló con el dedo—. Sabes que, si he venido, es porque quería ver si teníamos suerte hoy de encontrarlas.

No, de verdad que no entendía por qué le había dado por querer saber de esas dos amigas.

En realidad, de la que más curiosidad tenía era de la que estaba borracha. Desde que el día anterior le había contado lo que había pasado, no paraba de hacerme preguntas como si yo la conociera.

—A ver, Rubén, de verdad que no lo entiendo. ¿En serio crees que hoy la vamos a ver otra vez? Que lo de ayer fue una casualidad.

—Pues por eso mismo. Si estás seguro de que no la vamos a ver, ¿por qué no ir por allí?

—Porque eres mi amigo —le dije antes de comenzar a correr en dirección contraria.

Lo que quería decir que estaba deshaciendo el camino que había cogido.

—¿Te sueles encontrar a muchas personas corriendo a esta hora? —me preguntó cuando llevábamos unos cuantos kilómetros.

—Depende, hay días en los que me encuentro a alguien y otros en los que no me tropiezo con nadie. ¿Por qué?

—¿Y nunca te has encontrado con una mujer? —negué—. Pues por allí viene una de frente.

Sentí como si mi corazón se acelerara y juro que la carrera no tenía nada que ver. Fueron las ganas, o el deseo, de volver a encontrarme con la morena que no me podía sacar de la cabeza desde la noche anterior.

—Creo que es la que estaba borracha anoche.

No estaba seguro porque todavía estaba muy lejos, pero podía jurar que era ella.

Porque otra cosa no, pero la vista la tenía perfecta.

A Rubén le dio por acelerar el paso, pero vamos, tanto que parecía que estaba haciendo un sprint . Ver para creer.

—Rubén, para, que va a explotar —le dije, llamando su atención.

—¿El qué? —me preguntó, mirando de un lado a otro por si veía alguna señal del peligro.

—El petardo que llevas en el culo.

Me tuve que detener para reírme.

La cara que se le había quedado no tenía descripción.

Doblado, así me había quedado, pero de la risa y con las manos sujetándome la barriga. Y no fui el único que estaba riendo así; la amiga de Rocío se ve que me escuchó.

Si la noche anterior se estaba revolcando en el suelo por la borrachera, esta mañana estaba a punto de hacerlo, pero de la risa.

—Qué gracioso estás hoy.

Hizo como que se enfadaba, aunque sabía de sobra que él no lo iba a hacer.

—Solo he dicho la verdad, la has visto desde lejos y te ha faltado tiempo para correr e ir a su encuentro —le dije en voz baja.

Tampoco era plan de dejarlo en evidencia delante de esa mujer.

—Tengo curiosidad desde ayer. Y no me digas que a ti no te pasa también, sobre todo ahora que la estás viendo otra vez y con ropa de deporte.

—Tienes razón, llevo años corriendo por aquí y nunca la he visto correr. —Me acerqué decidido a esa mujer—. ¿Coral? —le pregunté, aunque sabía muy bien cómo se llamaba.

—Hola, creo que me acuerdo de ti. ¿Eres el que anoche me llevó a casa de mi amiga?

Pues, para estar tan mareada, parecía que se acordaba muy bien de quién era.

—Sí, ese mismo soy yo. ¿Cómo llevas esa resaca? Perdona, antes de nada, me voy a presentar: soy Bruno y él es Rubén.

Estaba claro que Coral no tenía nada que ver con su amiga, o eso era lo que me parecía a simple vista.

Le extendí la mano para saludarla.

La ignoró por completo y se acercó para darme dos besos. Como era normal, no iba a rechazar ese saludo.

—Encantada, soy Coral, pero eso ya veo que lo sabes —me dijo antes de ir a saludar a mi amigo.

Esa manera en la que Rubén cogió de la cintura a esa chica…

La forma en la que ella lo miró, puso su mano en el centro de su pecho y le dio esos dos besos tan cerca de la comisura… Todo eso era atracción, pero de esas que surgen de improviso.

Era eso o estos dos se conocían de antes y estaban intentando jugárnosla.

No sé, es que la reacción de esos dos me había parecido muy rara y eran varios los motivos que me hacían pensar eso.

Puedo comprar que lo que le pasó la otra noche a Rocío era cierto, pero lo de la borrachera de anoche de Coral, cada vez me lo tragaba menos.

Que se acordara de mí con la borrachera que llevaba y precisamente hoy estuviera corriendo, o más bien haciendo como que corría, unido a que Rubén hubiera querido venir conmigo y no solo eso, sino que también insistiera en que tomara este camino…

Muy normal no era.

Vamos, que más claro no me podía oler a intento de acercamiento.

No iba a ser yo el que me quejara, para nada, no siendo consciente de lo que me había gustado esa morena de ojos claros.

—¿Hoy no viene Rocío?

Sabía la respuesta.

—No, tiene que madrugar para ir a trabajar.

Por lo menos eso parecía ser verdad.

—Vaya, me hubiera gustado que conociera a Rubén, él era el que estaba conmigo la otra noche.

Miré a mi amigo para ver si hacía un gesto o algo que lo delatara.

No hizo nada y eso me provocaba dudas, pero, si esos dos se conocían, tarde o temprano me iba a enterar, vaya que sí.

—Oh, pero no te preocupes, os puedo decir en qué restaurante trabaja y podéis ir por allí.

—Por mí, perfecto, pero solo si vienes con nosotros.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

Algo me decía que esos dos escondían algo, ya fuese por instinto o porque conocía demasiado bien a mi amigo.

—Claro, podemos ir a comer cuando salgamos hoy del gimnasio.

Al mediodía solíamos parar unas horas y por la tarde volvía a ir. Normalmente, a esas horas me iba a casa y descansaba algo.

—Coral, un placer conocerte. Queda con Rubén en lo que sea; después él me lo cuenta —le dije a ella, me volví hacia mi amigo—. Te dejo, que no quiero perder los kilómetros hoy también.

No hacía falta decir que mi amigo no iba a seguir haciendo el paripé, porque cada vez estaba más seguro de que eso era lo que estaba haciendo.

Me enfoqué en correr los kilómetros que me quedaban. Eso sí, tuve que apretar un poco el paso para hacerlo en menos tiempo.