Capítulo 10
Rocío
—¿Y no le pediste el número de teléfono?
Negué con la cabeza sin dejar de mirar por dónde iba conduciendo.
Una vez al mes o, como mucho, cada mes y medio, Coral y yo teníamos nuestro día especial de chicas.
Ese día tocaba salir de compras.
Pero nada de compras caras, ya que, por desgracia, ninguna de las dos éramos millonarias.
Comer en algún lugar con tranquilidad. Nos gustaba disfrutar de nuestra comida mientras hablábamos de todo.
Pero lo que más hacíamos en esas comidas era hablar de Alonso: yo me quejaba de lo poco o nada que hacía, y ella no paraba de reñirme para que no le hiciera caso.
Pero como ya no había Alonso, tendríamos que buscar otro tema del que hablar.
Y, por lo que parecía, iba a ser ese desconocido, que ya no lo era tanto.
Estábamos en un japonés, esperando a que nos tomaran nota.
—Yo qué sé, si no me lo pidió él, sería por algo. Desde luego, yo no se lo iba a pedir. No lo iba a poner en un compromiso.
—Tía, que los tiempos cambian y no tienen que ser los hombres los que den el primer paso.
—Ya, es muy fácil decirlo, pero no tanto hacerlo, por lo menos para mí.
—Practica conmigo. ¿Me das tu número de teléfono? —Encima, la hija de su madre vocalizó la pregunta de manera exagerada—. ¿Ves? No es tan difícil.
—Coral, sabes que yo he perdido toda la práctica. Entre que nunca he sido lanzada con los hombres y el tiempo que he estado en una relación, ya de por sí es un milagro que hablara con él.
—No, no y no. Me niego a que dejes pasar la oportunidad de conocer a un hombre que te ha gustado solo porque te dé vergüenza.
Ella podía decir misa si le daba la gana, que ya haría yo lo que me apeteciera hacer.
—Pues no creo que ya se pueda hacer mucho.
Miré la carta.
Aunque no sabía ni para qué lo hacía, si sabía de sobra lo que me iba a pedir de comer.
—Sí que se puede —dijo convencida.
A saber qué era lo que se le estaba pasando por la cabeza.
Porque ahí, donde vosotros la veis, esa mujer con carita de ángel, esa misma que parecía que no había roto un plato en su vida, era la mujer más peligrosa que te podías echar a la cara.
Y no hablo del peligro ese de «cojo una escopeta y me vuelvo loca pegando tiros», no. Yo hablo del peligro ese de no saber por dónde te puede salir ni qué se le puede ocurrir.
A ese peligro es al que yo le temía.
—No creo. Ya hemos coincidido dos veces, dudo que lo hagamos una tercera.
—Ay, amiga, ¿no sabes que el mundo es un pañuelo? —me preguntó sonriendo—. Y, si ese pañuelo resulta ser muy grande, no te preocupes, que yo me encargo de recortarlo.
Reímos.
Con Coral era imposible no hacerlo.
—No lo recortes mucho, no vaya a ser que nos caigamos por el filo —le respondí, haciendo que nos riéramos las dos.
Y claro, entre que el color de mis ojos llamaba un poquito la atención y que la risa de Coral era de esas que, cuando la oyes, no puedes evitar reírte, daba igual que no tuvieras ganas: te reías igual.
El caso era que, cuando nos quisimos dar cuenta, teníamos las mesas de al lado riendo a la par que nosotras.
Nos habíamos reído tanto que ya ni sabíamos por qué lo estábamos haciendo.
—No sé cómo te las arreglas, que siempre tienes que llamar la atención —le dije cuando dejé de reír.
—Mira quién fue a hablar, la morena de los ojos claros.
Coral nunca iba a decir que mis ojos eran de un color raro.
Sabía cuánto odiaba yo este color.
Anda que no había llorado yo por culpa de ellos. Ni veces se habían metido conmigo en el colegio, ni veces nos habían llevado a Coral y a mí al despacho de la directora.
A mi amiga la llevaban por darle a los que se metían conmigo y a mí me llevaban por defenderme y darle a los que se burlaban de mí.
Encima, esos niños eran tontos, porque ellos empezaban buscándome la boca, pero al final resultaba que recibían por partida doble.
—Los ojos me los ven los que están cerca, pero tu risa se puede oír desde la calle.
—Jo, no lo puedo evitar. Me gustaría tener una risa un poco menos llamativa, pero no puedo.
Más tonta y no hubiera salido de la barriga de su madre.
—No digas tonterías. Puede que llame mucho la atención, pero lo hace en el buen sentido. Lo hace porque tu risa alegra corazones y almas.
Me salió del corazón decirle todas esas cosas, y no se lo dije porque ella fuese mi amiga y la quisiera con lo bueno y con lo malo.
Se lo dije porque era verdad.
Su risa alegraba hasta el alma más rota que hubiera cerca de ella.
—Joooo… —Alargó esa «o»—. Me vas a hacer llorar.
Cogió la servilleta e hizo como si se estuviese limpiando las lágrimas.
—Payasa —le saqué la lengua—, encima de que te dijo cosas bonitas.
—Solo estaba bromeando, tonta. —Lo sabía—. Y ahora, volviendo al tema que nos interesa…
Uy, que esta iba a volver a darle con Bruno.
—No vayas por ahí, sabes que es muy difícil que nos veamos.
—Pero no imposible, y yo tengo el método para que sea posible.
No me fiaba de ella, lo siento, pero no.
—Coral, no voy a hacer nada. Te aviso para que dejes de pensar lo que sea que se te esté pasando por la cabeza.
—Estás protestando y todavía no te he dicho de qué se trata.
Resopló.
—Es que de ti me puedo esperar cualquier cosa.
La camarera se acercó para tomarnos nota.
Qué bien sentaba que me sirvieran y no al revés. Leches, por lo menos de vez en cuando me gustaba que me lo pusieran todo por delante.
—Te prometo que no es nada malo.
—Venga, te voy a dar un voto de confianza, pero, como sea algo muy loco, desde ya te digo que no lo voy a hacer.
—Ya verás. A ver, por lo que te ha dicho el tío buenorro , él sale a correr todos los días a la misma hora —asentí—, pues esta noche te levantas y lo esperas por la zona donde lo vimos.
—¿Tú has perdido la cabeza?
Fue una pregunta, pero no hacía falta que me respondiera; sabía de sobra la respuesta.
—Tía, que no le pedí el número de teléfono porque me dio vergüenza. Mucho menos voy a hacer el paripé de salir a correr para tropezarme con él.
—Pues a mí me parece una buena idea.
—Ya, por eso la cuerda de las dos soy yo.
Nos empezaron a traer los platos y, ni porque tuviésemos la comida delante, dejó de hablar del tema.
—Hazme caso, esta noche sales y te encuentras con él.
No era pesadita ni nada con el tema.
—Coral, no voy a hacer eso. Primero —levanté un dedo—, porque yo no corro. Segundo —levanté otro dedo—, porque, si ese hombre hace la misma ruta todos los días, sería demasiado sospechoso que precisamente ahora me viera correr, cuando no me ha visto hacerlo nunca.
—Bueno, ¿quién dice que no has empezado a hacer deporte hoy?
Me reí, es que no era para menos.
—Anda, come y deja de decir tonterías.
La animé a comer, porque se emocionaba hablando de cualquier tema que le interesara y se olvidaba de la comida y de cualquier otra cosa.
—Ya verás que lo vuelves a ver, aunque me tenga que encargar yo de hacer que eso pase.
—Coral, te lo digo de verdad, no vayas a hacer nada de lo que te puedas arrepentir.
No se lo iba a advertir más.
Para lo que iba a valer, sabía que le iba a entrar por un oído y le iba a salir por el otro.
Menos mal que dejamos el tema y pude terminar de comer tranquila.
El problema vino después, cuando retomamos las compras.
—Te tienes que comprar ropa interior y, si es sexi, mucho mejor —me dijo, parándome delante de una tienda de lencería.
—¿Para qué quiero ropa interior nueva?
Sabía muy bien por dónde iba, pero quería que me lo dijera ella.
—Para que estés preparada por si el guapetón te coge una de esas veces que os encontréis en la playa y te da lo tuyo, lo mío y hasta lo de mi primo.
De verdad, que mi amiga estaba muy mal.
Todo lo mal que quisiera, pero al final me hizo entrar en la tienda y salir de allí cargada de bolsas.