Noqueado y enamorado Capítulo 9
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Capítulo 9

Rocío

Qué hija de su madre era.

Un día a la semana que descansaba y resulta que tenía a la torturadora de mi amiga dándome por culo.

—Se supone que tenías que estar en la cama medio muerta —le dije, subiéndome la sábana hasta la cabeza y tapándome con ella.

—Qué va, yo soy dura de pelar.

Me bajé la sábana un poco, lo justo para dejar los ojos al descubierto y poder mirarla de frente.

Bueno, quien dice de frente, dice mirarle el culo. Que no cunda el pánico, que lo tenía cubierto por un pantalón de pijama que me había robado.

La verdad es que no hubiera sido muy buen despertar abrir los ojos y encontrarme con su toto delante de mis narices. Para nada agradable.

—¿Muy dura? ¿Y dentro de esa dureza entra algo de sentido del ridículo? Porque anoche parecía que no lo tenías.

Se dio la vuelta en la cama.

Uf, menos mal, porque el olor de sus pies me estaba echando para atrás.

Es broma, no le olían. Gracias a Dios.

El caso es que se dio la vuelta, se puso bocarriba y de ahí pasó a sentarse con la postura de los indios.

—No sé, no entiendo, por lo tanto, no respondo. —Me miró sonriendo con descaro.

—¿Sabes que el diamante es uno de los minerales más duros que existen? —le pregunté aguantándome las ganas de reír.

—¿Y eso qué tiene que ver con lo que estábamos hablando?

Me hacía gracia cuando se perdía dentro de una de mis ironías.

—Pues tiene que ver, porque todas las personas que dicen eso, es porque no han estudiado tu cara.

La carcajada no la pude controlar tras ver la forma exagerada en la que abrió los ojos.

—Hija de tu madre…

—Shh… No invoques al diablo.

—Mira qué graciosa se ha despertado y eso que no quería hacerlo.

Le tiré una de las almohadas a la cabeza, dándole de lleno.

Es verdad que le di un poco más fuerte de la cuenta y, como no se lo esperaba, terminó haciendo una voltereta hacia atrás y cayendo al suelo.

Me incorporé lo más rápido que pude, pero sin salir de la cama. Me asomé al filo del colchón para ver cómo estaba Coral.

—¿Estás bien?

Dios mío, me estaba costando la misma vida no reírme, pero es que me lo estaba poniendo difícil.

Coral se había quedado tendida bocarriba. Una pierna se le había quedado enganchada al filo del colchón y la otra en el suelo.

Tenía una mano sobre su pecho y con la otra se estaba tocando los riñones.

—Ay, ay, creo que me has matado —se quejaba.

—Te has matado tú sola.

Con la mano que tenía en su pecho, la levantó un poco, lo justo para sacarme el dedo corazón y hacerme una peineta. Sonrió mientras hacía ese gesto.

—Te voy a denunciar.

—Pues para hacerlo tendrás que levantarte del suelo.

—No, gracias, aquí estoy bien y así no me puedes volver a tirar.

Coral se quedó en el suelo un rato más. Yo me puse bocabajo con las manos debajo de mi barbilla mientras no le quitaba los ojos de encima.

—Coral.

—Mmm…

—¿Te acuerdas de todo lo que hiciste anoche?

—No, de todo no, pero ojos que no ven, corazón que no siente.

La madre que la parió.

Lo que me daba coraje era que ella no era así, pero claro, sabía que iba conmigo y que yo no iba a dejar que le pasara nada.

—Como me entere de que te emborrachas de esa manera, yendo sola o con personas que no sean de confianza, te juro que te mato.

—No te enfades. Bebí tanto para intentar olvidar a Alonso.

O me estaba perdiendo algo o el golpe que se había dado Coral era mucho más grande de lo que había pensado.

—¿Por qué tienes que olvidar tú a mi ex?

—Porque por su culpa has estado sin disfrutar de la vida muchos años, así que me olvido de él o me tiro todo el día cagándome en su madre.

Mirándolo así, tenía razón, aunque la mujer no tenía culpa de cómo era su hijo. Es verdad y debo reconocer que mi exsuegra siempre me trató muy bien, de hecho, lo hizo mejor que hasta mi propia madre.

—¿Me puedes decir qué es lo que recuerdas?

—Que estábamos tomando una copa, celebrando tu soltería, que me sacaste casi a rastras de allí porque me iba a pelear con una tía. Y que al llegar al paseo me tiré al suelo…

—Hija de mi vida, respira un poco antes de seguir hablando.

—Calla y no me cortes, que si no pierdo el hilo de por dónde iba.

Se quedó unos segundos en silencio, como si de verdad estuviese pensando qué era lo próximo que iba a decir.

—Ah, ya sé por dónde me había quedado. Cuando estaba en el suelo, llegó un hombre muy grande y fuerte, me cogió en brazos y, después de eso, mi mente lo ha olvidado todo.

Pues sí que había hecho un buen resumen.

—No me jodas. —Me puse seria para que me creyera—. ¿No te acuerdas de la mejor parte? No me lo puedo creer.

Bajó la pierna del filo de la cama y se sentó de golpe.

—¿Qué es lo que pasó después? Rocío, no te quedes conmigo, por tu madre.

—Shh… ya te he dicho que no nombres al diablo.

Reí.

—Déjate de tonterías, sabes que es una manera de hablar, que, si hay alguien en este mundo a quien le cae peor tu madre, esa soy yo.

Eso también era verdad, si había alguien que odiara a mi madre, esa era mi mejor amiga.

—Estoy esperando, Rocío.

Me miró como si se hubiese enfurruñado.

—Pues resulta que cuando ese hombre nos ayudó a llegar a casa, también nos ayudó con algo más.

Hice el movimiento de subir y bajar la ceja varias veces, justo ese gesto que decía: «Tú ya me entiendes».

—No.

No solo negó con palabras, sino que también lo hizo moviendo la cabeza y las manos.

—Eso es mentira. Si fuese así, digo yo que algo sentiría aquí.

Señaló sus partes con un movimiento de ojos.

Más no me pude reír, desde luego que ordinaria era un rato cuando le daba la gana.

—¿Ves? Te estás riendo y si lo estás haciendo es porque todo es mentira.

—Qué va, te prometo que anoche hicimos un trío.

Se levantó del suelo y comenzó a dar vueltas por mi habitación.

—No, sé que es mentira. Tú nunca harías algo así y tampoco dejarías que lo hiciera yo.

Me levanté de la cama para ir al baño y darme una ducha.

—Rocío, no me ignores y dime que es mentira.

Vino detrás de mí sin parar de soltar que si yo era una mala amiga, que si era mejor tenerme de enemiga, en fin, cosas de ese estilo.

Yo seguí a lo mío. Eso sí, antes de que entrara detrás de mí en el baño, le cerré la puerta en las narices.

Hombre, que mucha amistad y todo lo que quisiera, pero la intimidad era la intimidad.

—Estoy buscando preservativos por la basura y no los encuentro.

Me dio tal ataque de risa que casi me faltó el aire.

Me había sentado como una patada en toda la barriga que me despertara, pero ahora me lo estaba pasando a lo grande.

—¡Ni los vas a encontrar! —grité desde dentro de la ducha.

—¿Por qué? Si me dices que no usamos, es entonces cuando no te creo.

Bien sabía que yo me iba a acostar con un hombre desconocido.

Primero, porque no era capaz de irme con alguien a quien no conociera.

Y segundo, la seguridad estaba antes que nada. No lo decía por un embarazo; a fin de cuentas y a mi parecer, eso era lo de menos, sobre todo si tenía en cuenta todas las enfermedades de transmisión sexual.

—Sí que usamos y muchos, pero se los llevó Bruno de recuerdo.

Os juro que reír era poco para lo que yo lo estaba haciendo esa mañana.

—¿Y quién cojones es Bruno? —Aporreó la puerta unas cuantas veces—. Y abre de una vez.

—Me estoy duchando, ahora no te puedo abrir y deja de dar golpes que se van a quejar los vecinos.

—Me dan igual tus vecinos, total, no hay ni uno solo que se pueda salvar. Están todos mal de la cabeza. —Volvió a dar otro golpe más—. Y te recuerdo que no me has dicho quién es Bruno.

—Hija, pues no hay que ser muy inteligente, si nos acompañó a casa un hombre, lo más normal es que lo nombre a él.

Salí de la ducha, me sequé con tranquilidad y después me eché mi crema hidratante.

Vaya, que todo lo hice con calma, sin prisa.

Era mi manera de vengarme de ella por no haberme dejado dormir mi único día de descanso.

Ya le contaría la verdad después.

Pero todavía la iba a dejar un poco más así.

—Rocío, me estás tocando la moral.

El cabreo le iba subiendo por momentos.

—Si haces un buen desayuno, te cuento toda la verdad, pero tiene que ser un desayuno de esos que llevan un poco de todo.

Y vaya que sí se esmeró en hacerlo.

Vamos, creo que nunca me había comido uno tan bueno.