Capítulo 8
Bruno
Cuando vi esos ojos de cerca por primera vez, pude entender por qué le llamaron tanto la atención a Rubén.
Y estoy seguro de que, si lo hubiera dejado describirme cómo eran, no lo habría creído.
Me sentí atrapado por ellos. Fue increíble, y no solo por su color, que lo era, sino por cómo conecté con ellos. Desde luego que me pasó algo que no me había pasado nunca.
No las podía dejar allí como si tal cosa y, claro, entre que la ayudé a llevar a su amiga a casa y que lo hicimos con calma, la carrera se había ido a la mierda.
Y no me pesó que hubiese sido así, porque disfruté hablando con ella, al menos de las pocas cosas de las que nos dio tiempo a charlar cuando su amiga no intentaba hacer una de las suyas.
Lo que estaba claro es que hacía tiempo que no me reía de esa manera.
En mi vida me había cruzado con una mujer que estuviera tan loca como la amiga de Rocío; era eso o que no tenía vergüenza, lo digo en el buen sentido.
La tal Coral estaba de psiquiátrico, pero de esos en los que te tienen en una habitación acolchada y con camisa de fuerza.
Vamos, que yo creo que hasta Harley Quinn era la persona más cuerda en comparación con esa mujer.
Si Rubén hubiera estado conmigo, se habría descojonado de la risa y, lo que habría sido peor, le habría seguido el juego. En ese caso no habríamos tenido una loca, sino dos.
Como empecé a decir, la carrera se fue a tomar por culo.
Estaba claro que, después de dejarlas en su casa, corrí un poco más, pero no lo que tenía pensado.
De regreso a casa, fui pensando que no es que fuera tonto, es que directamente era gilipollas.
Mira que no pedirle su número de teléfono. Y no es que no me hubiera acordado de hacerlo, es que no quise pedírselo para que no se sintiera incómoda.
Que sí, que me había quedado con el lugar donde vivía, pero ni loco me iba a poner a dar vueltas como un tonto por esa zona.
Lo último que querría parecer en esta vida sería un puto acosador.
Aunque, por otro lado, me quedó la esperanza de que, si había coincidido con ella dos veces sin conocernos, quizá podíamos tropezarnos algún otro día.
Cuando llegué a casa hice la rutina que tenía planeada, la misma de todos los días.
Salí a la misma hora de siempre, me monté en el coche y me fui al gimnasio, donde ya estaría Rubén.
Podía contar con mi amigo para todo lo que hiciera falta; para todo menos para madrugar tanto y salir a correr.
Siempre me decía que correría a esa hora el día que la policía lo estuviese persiguiendo.
Y, como hasta ahora no había cometido ningún delito, no tenía miedo de que nadie corriera detrás de él.
—Buenos días —saludé a todos los de mi equipo.
Siempre estaban todos, hasta el mánager; bueno, ese era normal que estuviera, teniendo en cuenta que era el dueño del gimnasio y, para más señas, también mi hermano menor.
Sí, Hugo era mi mánager. Él era quien se encargaba del dinero que cobraba en cada pelea, las fechas, los contratos y todo ese lío que lleva un mánager.
—Buenos días —me contestaron todos.
Dejé la bolsa con las toallas y ropa de repuesto en mi taquilla dentro de los vestuarios.
Puede que fuera un privilegiado porque ese vestuario solo lo podíamos utilizar los de mi equipo.
Los demás socios del gimnasio usaban el común, ese que estaba habilitado para todo el mundo.
Supongo que tener a mi hermano como dueño del gimnasio, además de como mánager, tenía sus ventajas.
Salí de allí ya con el pantalón corto y la camiseta, aunque lo más seguro es que esta última terminara tirada en algún lugar fuera del ring.
—¿Has corrido los kilómetros que tenías que correr? —me preguntó Paco.
Paco era mi entrenador.
Siempre lo había sido y, si tenía que agradecerle a alguien haber llegado hasta donde había llegado, era a él.
Fue quien me lo enseñó todo: cada golpe, cómo mover los pies, cómo cubrirme, a tener paciencia y a esperar el momento adecuado para ir contra mi adversario.
Desde luego, Paco lo había sido todo para mí y seguía siéndolo, aunque también tengo que decir que era el tío más gruñón que te podías echar a la cara.
—No.
No le había mentido nunca, no lo iba a hacer ahora.
—No me mires así, no lo he hecho porque no he podido.
—¿Te has partido una pierna o algo parecido? —Hijo de su madre—. No, ¿verdad? Pues entonces no sé por qué no has podido.
Mientras me iba poniendo las vendas en las manos, le fui contando por qué no había podido correr todos los kilómetros de siempre.
—Está muy bien que ayudes a quien lo necesite, pero no descuides tu entrenamiento por nadie, lo que más importa son los títulos que has conseguido y los que te quedan por conseguir.
—Paco, eso no es así.
Por importantes que fueran esos títulos para mí, la vida de una persona estaba antes. Además, no iba a ser peor boxeador ni mi esfuerzo iba a valer menos porque un día corriera menos kilómetros o entrenara algo menos.
De sobra sabía él que siempre lo había dado todo y que seguiría haciéndolo.
—¿No me digas que te has vuelto a encontrar con esa muchacha?
Me preguntó Rubén cuando se subió al ring conmigo.
Mi amigo era mi sparring; con él era con quien practicaba todos los golpes y movimientos y, no, con Rubén no era teatro, porque el capullo no se cortaba ni un pelo a la hora de golpear.
—No te lo he dicho, has sido tú el que ha puesto la oreja mientras se lo decía a Paco.
—Capullo.
Se acercó a la esquina donde estaba Julio para que le pusiera el protector bucal.
Julio era mi cutman en las peleas, pero durante los entrenamientos asistía siempre Rubén; era el encargado de darle agua, secarle el sudor y asegurarse de que todas las protecciones estuviesen bien puestas.
—Si te levantaras a las cuatro de la mañana como yo y salieras a correr conmigo, te aseguro que hoy te hubieras divertido mucho.
—¿Por qué lo dices?
—Te voy a dejar con las ganas de saberlo, ¿no me dejaste con la intriga de cómo era el color de ojos de Rocío? Pues ahora te aguantas.
—Te dejé con la intriga porque te recuerdo que fuiste tú el que me dijo que no le interesaba saberlo.
Me lanzó directo un jab . El jab es el golpe que más se utiliza en el boxeo y normalmente se hace para medir la distancia del oponente.
Eso es explicado de una forma rápida y sin mucho tecnicismo; vamos, que os lo he explicado así para que lo entendáis.
—Pues yo te la dejo porque se me antoja hacerlo.
Le sonreí con chulería.
Me encantaba chincharle, pero que conste que yo no era el único, que aquí el que no corría volaba para meterse con el otro o buscarle la boca.
Supongo que también era una manera de hacernos rabiar y así dar mucho más de nosotros dentro del cuadrilátero.
—Bruno, esa cadera —me riñó Paco.
La corregí en el momento.
—Rubén, no le des tanto a la sin hueso y dale más a los puños.
Mi amigo se detuvo en mitad del ring, separó las piernas y se puso los puños con los guantes en las caderas.
—Siempre me echas la bronca a mí y es tu protegido el que no para de hablar y buscarme la boca.
Julio soltó una risotada que se tuvo que escuchar en la China como mínimo.
Paco lo miró como diciendo que esa mentira no se la creía ni él mismo.
Luis, que era mi preparador físico, se dobló en dos de la risa.
Y mi hermano, Hugo, directamente pasó de él.
—Rubén, que nos conocemos.
Insistió Paco.
—Es él quien me está pinchando hoy.
—Colega, estás fatal —le dije—. Venga, vamos a ponernos en serio y después te cuento lo que ha pasado.
—Será lo mejor, porque por cómo me está mirando Paco, no le faltan ganas de sacar el látigo y darnos hoy con él.
Nos pusimos en serio con el entrenamiento; me tenía que enfrentar contra un gran contrincante y la cosa no estaba como para perder mucho el tiempo.
Un golpe acompañado por el juego de pies y la rotación de la cadera fue todo lo que necesité para derribar a mi amigo y hacerlo besar el suelo.
Estaba seguro de que ese golpe me lo iba a devolver en otro momento y lo iba a hacer con fuerza, porque Rubén podía ser muchas cosas y, entre ellas, vengativo.
Se podía decir que era una persona que perdonaba, pero no olvidaba.
Ojo, quiero dejar claro que nunca se vengaba para hacer daño, que lo suyo era más bien un juego de niños.
Tú me haces esto, pues yo también te lo hago, pero siempre dentro de nuestras bromas.