Capítulo 7
Rocío
—Hola, ¿necesitáis ayuda? —preguntó ese hombre mientras se acercaba poco a poco con las manos en alto.
No parecía que fuera mal hombre y tampoco creía que quisiera hacernos nada malo.
Digo yo que un hombre al que se le notaba claramente que estaba haciendo deporte a esa hora de la madrugada no nos iba a hacer daño, ¿verdad?
Porque hay que tener ganas de levantarse a esta hora para hacer daño a alguien.
—No, gracias, estamos bien.
Vale, que no pareciera un mal hombre, pero más valía prevenir que curar, o eso era lo que siempre decía Manuela.
—No sé yo, llevas un rato intentando que tu amiga se levante y, por lo que veo, ella no está mucho por la labor.
Me aguanté una sonrisa.
La verdad es que el hombre tenía razón.
—No es que no quiera levantarme, es que estoy contando hormigas.
La madre que la parió.
Hasta borracha tenía sus puntos.
—De verdad, no te preocupes, ya me las arreglaré —le contesté, manteniendo las distancias.
No se había acercado mucho y, para colmo, a mí, que me costaba ver tres en un burro si estaban lejos, menos aún le veía la cara.
No, si al final le iba a tener que hacer caso a Pilar e ir al oculista, porque mi visión cada vez estaba peor. No era algo alarmante, pero sí molesto.
Sobre todo, cuando iba andando por la calle y alguien me saludaba. Claro, yo les devolvía el saludo, pero sin tener ni puñetera idea de a quién saludaba.
Lo mismo podía ser un amigo que la capulla de mi madre.
A ver, que no es que mi madre fuera mala, no, qué va, es que simplemente no había sido madre.
A mí me crio mi abuela hasta que fui mayor de edad, que es cuando decidí irme de aquella casa.
¿Por qué?
Pues porque su querida hija vivía allí también.
Y ya estaba hasta el moño, por no decir otra cosa, de escuchar las peleas de mi abuela con mi madre o con la que debería de haber ejercido como tal.
Bueno, todo esto venía porque dije que no había visto cómo era el hombre que se estaba acercando.
—No me cuesta nada.
Se acercó un poco más y a esa distancia fue cuando lo pude ver bien.
¿Que era grande? Eso lo vi incluso con la vista hecha una mierda, pero, además de fuerte, también era guapísimo, pero de esos guapos que dejan con la boca abierta.
Y eso que se le veía una cicatriz en una de sus cejas; no era gran cosa, pero se le notaba por la pequeña línea con falta de pelo.
Era eso o le gustaba hacerse esa marca como se la hacían muchos otros; aunque no lo creía, algo me decía que ese hombre no era de esos.
—Rocío… me estoy muriendo.
Miré a Coral.
De verdad que no me podía creer lo que estaba haciendo.
Se había dado la vuelta y se había quedado a cuatro patas. En esa postura se fue acercando a la arena.
Me iba a morir de la risa si caía de boca en la arena.
—Coral, levántate que te veo cagando arena tres días.
El hombre grande, fuerte y guapo se echó a reír cuando escuchó lo que le dije a Coral.
—Creo que sí que necesitas mi ayuda.
Tu ayuda la iba a necesitar para otra cosa , pensé.
Como era lógico, no lo iba a decir en voz alta, o eso creía yo, porque cuando ese hombre soltó una risotada, ahí me di cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—En todo lo que pueda ayudarte, igual que te ayudé la semana pasada.
Abrí los ojos de par en par.
No podía ser.
Era verdad que si me ponía a recordar cómo era el hombre que me ayudó reteniendo a aquel desgraciado, podía darme cuenta del gran parecido que se le veía.
Por lo menos en lo que a complexión corporal y altura se refería.
—¿Fuiste tú?
Sí, me olvidé de mi amiga para prestarle atención a ese hombre.
Total, si Coral llegaba gateando al agua, se metía en ella y empezaba a ahogarse, digo yo que escucharía el gluglú , gluglú del intento por respirar y salir a la superficie.
—Sí, fuimos mi amigo y yo.
Ahora fui yo la que di un paso en su dirección.
—Gracias, de verdad. No os puede dar las gracias; supongo que estaba tan nerviosa que ni lo pensé.
Es que era verdad, no les di las gracias esa noche y no sabéis lo mal que me sentí después por no haberlo hecho.
—No hay nada que agradecer.
Dios, cuanto más lo miraba, más guapo me parecía, o puede que lo viera así por las dos copas que llevaba encima.
—Por cierto, me llamo Bruno.
Joder, hasta el nombre tenía carácter, era fuerte y bonito.
—Yo soy Rocío.
Me acerqué a darle la mano.
Cuando me la estrechó, no voy a decir que sentí una corriente eléctrica atravesándome, porque sería mentir.
Esa corriente no la sentí. Lo que sí sentí fue como si un millón de mariposas revolotearan en mi interior. Bueno, cambio las mariposas por avispas, que tampoco quiero sonar muy romántica.
—Me alegro de conocerte.
Que se alegraba, decía; yo sí que me alegraba de haberlo conocido, sobre todo así de cerca.
—Tal vez no sea asunto mío, pero ¿qué hacéis las dos solas a esta hora de la madrugada y sabiendo lo que te pasó la otra noche?
Eso me gustaría saber a mí.
—Si te digo la verdad, no tengo ni idea. Se suponía que íbamos para mi casa, pero claro, Coral ha decidido hacer una parada por el camino y, como puedes ver, aquí nos hemos quedado.
Miré a mi amiga para ver por dónde iba.
A ver, que todavía le quedaba la mitad de camino para llegar al agua; la dejé a su aire un poco más.
—Pues ese «aquí nos hemos quedado» me temo que se aplica solo a ti, porque mira por dónde va tu amiga.
Miré hacia donde Bruno me indicaba, pero vamos, no creía que fuese muy lejos, no cuando la había mirado dos minutos antes.
—¡Coral, para! —grité mientras echaba a correr detrás de ella.
Ya verás que al final se me iba a ahogar la tonta.
¿Y si se ahogaba? A ver dónde iba a encontrar a una amiga tan loca.
Porque sí, lo estaba, pero era mi loca y por ella era capaz de matar y hacer lo que hiciese falta.
Bruno echó a correr a mi lado; más que correr a mi lado, pasó junto a mí tan rápido que fue un visto y no visto.
Llegó hasta mi amiga, la cogió con un brazo y la levantó al vuelo.
—Eh —protestó mi amiga—, que quiero un bañito.
Ya que la tenía medio criada, no la iba a devolver, ¿verdad?
—Bañito te lo vas a dar cuando llegues al piso, porque no pienso dejar ni que te sientes en el sofá.
Ni loca iba a dejar que hiciera eso.
Si es que llevaba más arena encima de la que iba a dejar en la playa.
—No te aburres con tu amiga, ¿verdad?
Negué con la cabeza riendo.
—No, con ella es imposible hacerlo.
—Eh, grandullón, suéltame.
La llevaba cogida como un saco de patatas.
—Coral, como te suelte y salgas corriendo, te vas a enterar.
Bruno me miró, preguntándome con la mirada si la soltaba o no.
—Sí, déjala en el suelo. Como corra hacia el agua, le arranco los pelos y no precisamente los de la cabeza.
Al final la dejó en el suelo, eso sí, cada uno cogiéndola de un brazo.
—Me habéis arruinado mi baño lunar.
—Te prometo que ella no es así siempre; es verdad que le gustan mucho las bromas, pero lo que está haciendo esta noche no es normal.
Coral podía hacer muchas cosas, pero lo de hoy se salía de lo normal.
—No te preocupes, no eres la única que carga con amigo así; yo también tengo uno que está algo loco, de hecho, tú lo conoces, era el que estaba conmigo la otra noche.
Sí, sabía que estaba con otro hombre y es verdad que al otro lo miré más directamente aquella noche, aunque tampoco es que me acordara mucho de cómo era.
—¿Y tú qué hacías corriendo a esa hora? —le pregunté—, porque no es por nada, pero hay que tener ganas de levantarse y correr a esa hora.
Me sonrió.
Fue una sonrisa de esas que te pueden dejar con las piernas temblando y a punto de que te dé un infarto.
De camino a casa me contó a qué se dedicaba, por qué salía a correr y todo lo relacionado con el boxeo.
Me quedé sorprendida y es que no me esperaba que se dedicara al boxeo profesional.
Al llegar a la puerta de casa, se ofreció a ayudarme a subir a Coral, pero le dije que no hacía falta.
No sé si fue por vergüenza o por culpa de las tonterías que estaba diciendo mi amiga.
El caso fue que nos despedimos sin intercambiar los números de teléfono, ni mucho menos quedamos en nada.