Noqueado y enamorado Capítulo 6
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Capítulo 6

Bruno

Eran las cuatro de la mañana cuando me sonó el despertador.

¿Ganas de levantarme de la cama?

Ninguna, pero era lo que tenía que hacer.

Ahora era cuando comenzaba mi preparación fuerte. Dentro de unos meses sería mi combate para obtener el cuarto título mundial.

Me tenía que enfrentar al actual campeón de la OMB.

Si me hacía con ese cinturón, me nombrarían campeón indiscutible.

Un logro que muy pocos hombres y mujeres habían alcanzado en la vida.

Pero, como he dicho, para llegar a lo más alto, primero tenía que hacerme con ese cuarto cinturón que me faltaba.

Y mi rival no era moco de pavo.

Era uno de los rivales más duros a los que me tenía que enfrentar.

Rubén me decía que yo era mucho más duro que él, que mis fuerzas y ganas me hacían imparable. A la vista estaba que yo tenía los otros tres cinturones y él no.

Yo siempre le contestaba lo mismo.

Nunca se debe subestimar al adversario, porque cuando menos te lo esperabas, te podías llevar una sorpresa.

Pues eso, como iba diciendo.

Ganas no tenía de levantarme de la cama a esa hora de la mañana para salir a correr.

Después de correr mínimo una hora y media, regresaba a casa, me duchaba e iba al gimnasio, donde me encerraba a practicar una y otra vez los movimientos de pies y los golpes.

Así me podía tirar horas.

Otros días también metía pesas, pero de eso, lo que menos.

En esos campeonatos miraban muy bien el peso en cada una de las categorías y, aunque en la que yo competía no se había establecido un peso máximo, a mí, particularmente, no me gustaba pasar por mucho el peso mínimo.

Ese sí que estaba establecido en 90,718 kilogramos. Si pesabas menos de eso, no podías competir en la categoría de peso pesado.

A mí siempre me gustaba pesar un kilo, dos como mucho por encima y nunca más de eso.

A mi parecer y por mi experiencia, cuanto más pesabas, menos rápidos eran los movimientos, por lo que tu rival podía coger ventaja sobre ti.

Y sobre mí, desde luego que no la iban a coger, porque llevaba años preparándome para ser uno de los boxeadores que hicieran historia y hasta que no lo consiguiera no iba a parar.

No era tonto y sabía que de esto no podía vivir toda mi vida. Como mucho, en el boxeo profesional me podían quedar como mucho seis o siete años.

Por eso mismo también había trabajado mucho en mi propia marca de ropa y todo lo que estuviera relacionado con el mundo textil de este deporte.

Mi marca podía tener desde las vendas que se ponen bajo los guantes hasta los propios guantes, las botas de boxeo y todo lo que tuviera que ver con el equipamiento necesario.

Cinco minutos más, me dije, tapándome la cara con el brazo.

Mira que me acosté anoche temprano, pero no tenía ni idea de qué era lo que me había pasado.

El caso es que me costó trabajo quedarme dormido y, encima, las pocas horas que lo hice, fueron malas.

De verdad que no sabía qué me había pasado, pero me había jodido bien.

Ya me podía imaginar la mierda de día que iba a echar.

Al final no me quedé ni un minuto más en la cama; cuanto más me pensara levantarme de ella, más pereza me iba a dar hacerlo.

Entré en el baño; después de usarlo, me lavé las manos, los dientes y la cara con agua bien fría, a ver si así me espabilaba.

Al salir, me puse unos pantalones cortos, una camiseta de tirantes y las deportivas.

Fui a la cocina para comerme unas cuantas frutas deshidratadas y coger una botella de agua fresca.

No solía comer nada más que eso o alguna mañana que me apeteciera un plátano, pero esas eran las menos.

Beber, no solía beber nada que no fuese agua.

Cuando regresaba a casa después de la carrera y después de ducharme, era entonces cuando me preparaba mi buen desayuno y me bebía un café o dos.

En esas temporadas, como los entrenamientos eran muy extremos, le tenía que meter a mi cuerpo muchas calorías. No de las malas, solo que tenía que comer un poco más, ya que quemaba demasiadas en un solo día.

Por eso, cuando desayunaba, no me podían faltar mis tostadas ni mis huevos. Estos los podía comer como más me apeteciera; algunos días le metía pavo, otros jamón serrano y, como último, unas cuantas nueces o almendras.

Para salir a correr tenía las llaves del portal y la de la puerta de casa sin llavero ni nada. Lo tenía así porque, de esa manera, ocupaban mucho menos y me las podía guardar en un pequeño bolsillo que tenía el pantalón en el interior de la cintura.

Me puse el brazalete, cogí los auriculares inalámbricos, los conecté al móvil, puse la música que me gustaba escuchar, metí el móvil en el brazalete y salí de casa.

Al llegar a la calle, estiré un poco y, con un paso normalito, yo diría más bien lento, me dispuse a tomar la dirección del paseo marítimo.

Disfrutaba mucho corriendo por allí.

Sentir cómo la brisa marina me iba dando en el rostro, el silencio que había a esa hora de la madrugada y el olor a sal, todo eso hacía que la carrera se me hiciera más llevadera.

Eso sí, podía disfrutar de este silencio ahora que todavía no era pleno verano, porque en el momento en el que llegaran esos meses, se terminaban la tranquilidad y la paz.

Cuando llegaban esos meses, solía cambiar mi ruta y me iba a correr un poco más lejos.

Iba corriendo cuando a lo lejos vi a dos chicas, una tirada en el suelo bocarriba, riendo a carcajadas, y la otra tirando de su brazo para que se levantara.

Al principio fruncí el ceño; no me gusta ver cómo las personas beben hasta esos extremos, pero después me dije que cada uno hiciera con su vida lo que le diera la gana.

Bajé un poco el volumen de la música para escuchar lo que decían.

No era cotilleo, de verdad que no.

Más bien lo hice por estar alerta, por si necesitaban alguna ayuda o algo por el estilo.

Aminoré un poco el paso, para no pasar por delante de ellas tan rápido.

—No me jodas, Coral, que no puedo contigo y nos tenemos que ir a casa ya —protestaba la que estaba tirando del brazo de la que estaba en el suelo.

—Yo no quiero ir a casa, yo quiero seguir de fiesta —eso dijo la del suelo o eso entendí yo.

—Ya, claro, tú estás para seguir mucho de fiesta.

El resoplido que soltó, lo escuché hasta yo.

—¿Y si nos damos un bañito en el mar?

Madre mía, yo no me podía ir de allí; no me fiaba ni un pelo de lo que fuera capaz de hacer la del suelo.

Porque estaba claro que, por mucho que quisiera impedir que su amiga hiciera alguna tontería, ella no podía.

Me hice el tonto cerca de ellas.

Sabía que no era mi obligación, pero tampoco podía irme sin más.

¿Y si aparecía algún desgraciado y pasaba lo mismo que le pasó a la muchacha de la semana pasada?

Lo siento, mis padres me habían educado para ser buena persona y prestar mi ayuda siempre que fuese necesario.

¿Que a simple vista podía parecer un acosador?

Pues posiblemente sí, pero prefería parecerlo a que viniera uno de verdad.

—Tú estás tonta. ¿Cómo nos vamos a bañar? Eres capaz de ahogarte con la borrachera que llevas.

Menos mal que una de las dos tenía sentido común; de lo contrario, hubiera tenido que intervenir ya.

—Yo no estoy borracha, solo estoy un poco mareada.

Para mear y no echar ni gota. Un poco mareada decía que estaba.

—Ya, claro, por eso estás tirada en mitad del paseo marítimo. —En ese momento la que parecía estar bien se dio cuenta de mi presencia—. Joder, Coral, levántate, que allí hay un hombre muy grande y no quiero que me pase lo mismo que la semana pasada.

Era normal que se hubiera asustado al verme.

A las cuatro y pico de la madrugada, un hombre de uno ochenta y cinco de estatura y 92 kilos, como que era normal que le impusiera mucho mi presencia.

—Es verdad, ya me acuerdo. Me contaste que un tío empezó a seguirte y que dos hombres te ayudaron. De hecho, me acuerdo de que me dijiste que uno era muy grande, tanto como ese que está allí estirando.

Espera, no sabía cuánta posibilidad podía haber, pero no creí que muchas.

¿Una mujer siendo perseguida por un hombre y que dos la ayudaran? Y encima en la misma ciudad, la misma semana y situación, eso no era muy común que digamos.

Por lo que estaba totalmente seguro de que la que estaba de pie era la misma a la que ayudé la semana pasada.

Me acerqué a ellas.

Lo hice con cuidado, no quería que se asustaran de mí, aunque la del suelo no parecía que tuviera mucho miedo.

—Tío, como des un paso más, te pego una patada en las pelotas que te las pongo de amígdalas.

Borracha lo que se dice borracha, no estaba.

Levanté las manos en señal de paz o rendición; da igual cómo lo queráis llamar.