Noqueado y enamorado Capítulo 5
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Capítulo 5

Rocío

—Mira que Alonso nunca fue santo de mi devoción, pero esto que ha hecho no me lo esperaba.

Coral estaba a mi lado, en el centro de la cocina, mirando el desastre que había que ordenar y limpiar.

Fue increíble el destrozo que hizo ese hombre en tan poco tiempo.

Y la verdad, menos mal que había venido mi amiga; de lo contrario, yo sola iba a tardar un siglo en dejarlo limpio. Por suerte, el daño se había concentrado en la cocina.

Había hecho cosas en el resto de la casa, pero eran lo de menos. Lo de la estancia en la que estábamos no tenía nombre.

Cuando entré por la noche, con el miedo que todavía traía en el cuerpo, la verdad es que no le hice demasiado caso.

A ver, que no quiere decir que no me afectara ver toda la comida tirada por el suelo, platos y vasos rotos, todas las cosas sacadas de su sitio.

Es que hasta se molestó en vaciar el bote de kétchup en casi todos los cajones y demás muebles y, no contento con ello, por lo que se veía claramente, lo fue restregando por todas partes, ahí, para que quedara bien manchado.

Vamos, que me cagué en toda su estampa cuando, al entrar en casa, vi lo que había hecho. Aunque a lo hecho, pecho, y no me valía de nada lamentarme.

—Yo tampoco me lo esperaba.

Cogí una bolsa de basura para empezar a meter todo lo que era para tirar.

—Madre mía, te juro que no tengo palabras. Vamos, que un berrinche de niño no es nada en comparación con el que ha tenido el Alonsito de los cojones.

—Esto no se queda así, eso te lo juro por mi madre.

La miré con las cejas levantadas.

—No, no me mires así. —Me señaló con un tenedor que acababa de recoger del suelo—. Como vea su coche en algún lugar, se lo voy a poner precioso.

—Coral, ni se te ocurra hacer una de las tuyas.

No sé para qué la advertí, si sabía que iba a hacer lo que le diera la gana.

—No voy a hacer una de las mías, lo vamos a hacer.

Para darle más credibilidad a sus palabras, hizo un movimiento de mano señalándome primero a mí y después a ella.

—Paso, cuanto antes nos olvidemos de él, mejor.

Vamos, es que si no había terminado de abrir los ojos cuando le pedí que se fuera, los abrí la noche anterior cuando llegué a casa.

Aquello me había hecho darme cuenta de que nada que tuviera que ver con ese hombre merecía que desperdiciara un solo segundo de mi tiempo.

—No, si olvidarnos, nos vamos a olvidar, pero en cuanto saldemos cuentas.

Era para verla, con el ceño fruncido y la mirada de determinación; estaba claro que hasta que no se vengara, no se iba a quedar tranquila.

Y no era por nada, pero cuando Coral decidía algo, no la hacía cambiar de opinión ni el rey, buena era ella para eso.

—Han tocado el portero —me informó.

Como si no lo hubiera escuchado con lo fuerte que sonaba.

—¿No me digas? —le pregunté con ironía de camino a la puerta.

Menos mal que el mío era de esos que tenían cámara y podía ver quién era la persona que estaba llamando sin necesidad de preguntar.

—Es Alonso…

No me dio tiempo a decir nada cuando Coral cogió un cubo.

Y no, no fue uno con agua limpia.

Cogió uno de los que estábamos utilizando para limpiar toda aquella porquería.

Os juro que vi su intención antes de que lo hiciera.

—Coral, ni se te ocurra.

Me miró sobre su hombro con una sonrisa maliciosa.

—No voy a hacer nada, solo voy a abrir la puerta de la terraza que hace mucho calor.

Mis cojones.

Intenté llegar a ella antes de que saliera a la terraza, pero la puñetera se dio prisa en salir y vaciar el cubo de agua sucia por encima de la barandilla, haciendo que le cayera de lleno a Alonso.

—¡Coral! —grité.

Pero fue demasiado tarde.

—¡¿Qué haces, loca?!

Escuché gritar a Alonso.

—¿Que qué hago, mamón? Poco he hecho para lo que te mereces, flojo de mierda.

Me tuve que tapar la boca con las manos para intentar sostener la carcajada.

Porque salir a la terraza, mirar hacia la calle y verlo empapado de agua rojiza por el kétchup que habíamos estado limpiando era para reírse.

—Rocío, nena, no puedes dejar que lo nuestro termine.

—¿Desde cuándo este tío es tan tonto? —me preguntó mi amiga.

—Alonso, ¿te ha pasado algo en las neuronas que tenías en reposo? Porque, de verdad, tío, no sé cómo tienes el valor de presentarte hoy aquí.

—Pero ¿le quedaba alguna neurona viva? Yo creía que se le habían muerto por la falta de estimulación.

¡Ay, madre!

No pude controlar la carcajada, esa ni aunque intentara taparme la boca, que no lo hice porque no iba a servir y porque tampoco me daba la gana ocultarla.

—Coral, cállate que no ayudas.

Cada vez estaba más asombrada.

—¿De verdad he estado tan ciega? —le pregunté a Coral.

Había tardado un montón de tiempo en que se me cayera la venda de los ojos, pero cuando lo había hecho, había sido para hacerlo de golpe.

—No, qué va —resopló—. Solo que no veías el bulto que tenías a tu lado.

—Me encanta tu ironía.

—Lo sé, aunque en el fondo te encanta todo de mí.

—Claro que sí, guapa, que no se diga que no tienes la autoestima por las nubes.

—Las nubes están por el sótano en comparación con mi autoestima, pero eso no es nuevo para ti.

Me replicó.

Y tenía razón. A Coral no la bajaba nadie de las alturas; vamos, ya podían intentarlo tantas veces como quisieran, que no iban a poder.

—Alonso, no pierdas el tiempo. Cuando anoche te dije que te fueras, lo hice en serio, pero después de haber hecho lo que hiciste, ni aunque hagas el Camino de Santiago de rodillas, quiero volver a saber nada de ti.

Y yo pensando que ese hombre era el amor de mi vida, el ser más guapo de la tierra, y resulta que ahora mismo, para mí, no era ni una cosa ni la otra.

—Nena, te prometo que voy a cambiar…

—Sí que vas a cambiar: el sofá por el sillón o por la cama.

Lo cortó Coral.

—Mira, hija de puta, cállate ya, que tú eres la culpable de que Rocío me haya dejado.

Miré a las terrazas que tenía a ambos lados, a la de arriba y la de abajo. Y en todas ellas estaban asomados mis vecinos, pendientes de todo.

—Vecina, ya que te lo has quitado del medio, podríamos salir a cenar una de estas noches.

—Ángel, cabrón, deja a mi chica tranquila —le contestó Alonso.

—¿No te has enterado de que no es tu chica? —le replicó mi vecino Ángel.

Ángel era mi vecino de la derecha, un hombre de unos cuarenta años, profesor de un colegio de primaria, con dos hijas pequeñas y que se había divorciado hacía más o menos un año.

Vamos, que no tenía otra cosa que hacer que salir a cenar con mi vecino.

—Estoy seguro de que va a volver, porque se va a dar cuenta de que soy el mejor hombre que podrá conocer.

Miré a Coral, ella me miró a mí y soltamos una gran risotada, pero era una de esas risas que salían de lo más hondo, de esas que te salen con ganas y que se te saltan las lágrimas.

Era pura incredulidad, porque no dábamos crédito a lo que decía ni el uno ni el otro.

—Pues te lo voy a poner difícil, porque ahora que sé que está soltera, voy a ir a por ella.

—Niña, no escuches a esos dos desesperados. —Miré hacia la terraza de arriba, donde otra de mis vecinas tenía la cabeza asomada—. Aprovecha ahora que estás soltera y dale vida al cuerpo.

—Tía, yo creo que no se salva ni un vecino tuyo; aquí el que no corre vuela y el que no, navega —susurró para que no la escuchara nadie.

—Lo mejor que podemos hacer es olvidarnos de todo el mundo y seguir con lo que estábamos haciendo.

Dejamos a los que estaban asomados en sus terrazas allí y al inútil en la calle.

Entramos dentro de casa, nos pusimos música y no nos detuvimos hasta que lo dejamos todo reluciente.

Tanto que los muebles de la cocina podían servir de espejo.