Noqueado y enamorado Capítulo 4
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Capítulo 4

Bruno

Abrí la puerta de casa de mis padres con mi llave.

Fue abrirla y darme de golpe el olor de la cazuela de fideos.

Se me hizo la boca agua. Madre mía, como en casa de mi madre no se comía en ninguna parte.

—Dios, cómo huele —dije cuando entré en la cocina—. ¿Qué pescado le has echado?

Mi madre hacía la cazuela de pescado y siempre la había hecho así; de hecho, era como más nos gustaba a todos.

—Buenas tardes a ti también —me dijo con retintín.

—Perdona, mamá, es que ha sido oler la comida y olvidarme de todo lo demás.

Me fui hacia ella e hice lo que tanto coraje le daba desde que crecí. La cogí por debajo de sus brazos y la levanté a pulso.

Me hacía gracia cuando empezaba a protestar y mover los pies.

Era todo un espectáculo digno de las risas más grandes que te pudieras imaginar.

—Bruno, bájame o te juro que te dejo sin comer —me dijo protestando mientras me daba algún que otro golpecito con la palma de la mano.

—Has protestado porque no te había saludado y ahora también lo haces porque lo estoy haciendo.

Le pinché un poco, solo lo justo para hacerla rabiar, porque sabía que aquello también le provocaba risas y, si había algo en esta vida que me encantara, era escuchar la risa de mi madre.

—También puedes saludarme como todo el mundo saluda a sus padres.

La solté en el suelo antes de que se cabreara más y me diera con el cucharón en mitad de la frente.

—Esos son hijos muy aburridos.

Abrí el cajón de los cubiertos para sacar una cuchara; me moría de ganas de probar un poco de ese caldo de la cazuela.

En ese momento entró en la cocina mi hermano Hugo.

Éramos tres hermanos; yo era el mayor, con treinta y dos años.

Detrás de mí iba Mateo, con veintinueve, y, por último, Hugo, con veintiséis.

—Buenas tardes, Encarnita.

Me aguanté la risa.

Yo le hacía rabiar cogiéndola a pulso, pero Hugo también la chinchaba; en su caso, llamándola por ese nombre u otros, porque lo mismo le decía Encarnita que doña Encarnación.

Vamos, que Hugo le podía llamar con mil nombres que se le pasaran en ese momento por la cabeza, todo menos mamá.

—Encarnita, tu padre. —Le dio en el brazo con el trapo de cocina—. ¿Quién me mandaría tener hijos? —resopló.

Podía decir misa, pero nos quería a los tres más que a su propia vida y nosotros a ella y a mi padre; a ese tampoco me lo iba a dejar atrás.

Porque gracias al esfuerzo de los dos, hoy día, mis hermanos y yo somos buenas personas.

Nos habían dado una educación basada en el respeto, la confianza y el cariño, y cómo no, en el esfuerzo por crecer como personas.

Nunca nos habían dicho a qué debíamos dedicarnos, pero sí nos dejaron muy claro que, fuera lo que fuese, teníamos que hacerlo bien, con esfuerzo y dando todo de nosotros.

Y eso hicimos. Mis hermanos y yo nos dedicamos a lo que quisimos, pero siempre como nos habían inculcado nuestros padres: dando lo mejor de nosotros mismos.

—¡Anda ya! Si no fuese por tus tres soles, no sé qué hubiera sido de tu vida.

—Hijo, una vida mucho más tranquila, eso te lo aseguro.

Miré a mi hermano intentando contener la sonrisa.

—Lo que te pasa es que te has quedado con las ganas de tener una hija —siguió replicándole mi hermano.

—¿Eso qué tiene que ver con lo que estaba diciendo, tonto?

Más que una pregunta, fue como una especie de afirmación acompañada de sarcasmo.

—La verdad, nada, pero lo he puntualizado porque, en algún momento de la comida, mamá lo va a decir. Y, si no lo hace ella, lo hará papá.

Pues también tenía razón.

Mi madre siempre se había quejado de que se había quedado con las ganas de tener a una niña. Que conste que esto no quiere decir que nos quisiera menos, no; solo eso, que se había quedado con las ganas.

—Algo tiene que ver, ahí le doy la razón a mi hermano. —Negué con la cabeza riendo—. Seguro que una niña hubiera sido mucho más tranquila que vosotros.

—Hugo —lo señalé con la cuchara que tenía todavía en la mano—, deja lo de la niña, que ya veo por dónde vas.

Y claro, ¿quién era el primero que pagaba el pato si salía esa conversación?

Efectivamente, yo, que era el mayor de los tres hermanos.

—Es que ahí mamá tiene razón, ¿cuándo le vas a traer una a casa?

Hijo de su madre.

Encima era él el que le buscaba la boca.

—Eso, ¿cuándo me vas a traer a una nuera?

—Que soy muy joven todavía, no empieces a decir que si te estás haciendo mayor, que te vas a morir con las ganas de ser abuela. Vamos, con lo que dices siempre.

No me contestó porque en ese momento entró Mateo por la puerta.

—Buenas tardes, mamá.

Fue directo a mi madre para darle un beso en la mejilla y un abrazo.

Miré a mi hermano pequeño; este me devolvió la mirada y, sin necesidad de decir nada, fuimos a por nuestro hermano mediano.

Estaba claro que Mateo era el hermano más responsable; bueno, no, no es la palabra responsable la que quiero decir. Eso lo somos los tres.

Mateo era más pelota, sí, esa sí es la palabra.

Con Hugo por un lado y conmigo del otro, comenzamos a darle collejas. No fuertes, eso era evidente, porque lo nuestro era un juego para pincharnos un poco los unos a los otros.

—Bruno, Hugo, dejad a Mateo tranquilo.

A ver, es verdad que, de los tres, el mediano siempre fue el más callado, el más tímido y el más estudioso.

No fue un niño al que le gustaran las salidas. Su timidez lo llevaba a que casi nunca quisiera salir de casa, pero, y es un pero grande, también era verdad que, de los tres, cuando se cabreaba, era el que más mala leche tenía.

Parece mentira, pero prometo que no lo es.

Estuvimos un rato más entre bromas de los tres hermanos, porque Mateo siempre había sido tímido con los desconocidos, pero entre nosotros o con los amigos más cercanos de cada uno, no.

Por ejemplo, con Rubén. Con él, el trato era el mismo que con nosotros.

—Id poniendo la mesa —nos dijo mi madre.

Pusimos la mesa en el patio. En cuanto empezaban esos días en los que todavía no hacía calor, pero por las noches refrescaba, nuestras comidas en familia pasaban al patio interior.

La casa de mis padres era una casa de pueblo, de esas que ya casi no se encuentran en la ciudad: grande, con muros anchos para resguardarte del frío en invierno y protegerte del calor en verano.

El pueblo donde vivían mis padres estaba a unos diez kilómetros de la ciudad, que era donde mis hermanos tenían sus pisos y yo el mío, por lo que podíamos venir todos los días si queríamos.

Siempre había dicho que en algún momento de mi vida, cuando no dependiera tanto de la ciudad, me gustaría comprarme una casa aquí en el pueblo, una donde tuviera mi patio interior lleno de macetas y con un gran limonero plantado en el centro.

Un patio como el que había en la casa de mis padres. Esa casa donde crecimos los tres hermanos, donde jugamos tardes enteras y donde en verano mis padres nos ponían una piscina de plástico.

Ese era el tipo de casa que me gustaría tener en el futuro.

Pero para eso faltaba mucho, así que mejor seguía como estaba, que me iba bien y no me podía quejar.

—¡Qué alegría me da cuando os veo a los tres juntos!

Fue la manera en que nos saludó mi padre cuando llegó del trabajo.

Él trabajaba en su propio taller de coches. Un trabajo sucio y duro, pero gracias a él nos había dado la vida que habíamos tenido. Donde nunca nos faltó de nada y siempre nos pagó todos los estudios que quisimos hacer.

—Papá, o los años te están haciendo perder la cabeza o vienes borracho, porque no es por nada, pero nos ves juntos mínimo una vez a la semana —le dijo mi hermano menor.

Por mi parte, me tuve que morder el interior de la mejilla para no soltar una carcajada.

—Y es lo mismo que os digo cada vez que os veo, que lo haga una vez a la semana, no quiere decir que no me alegre.

Y este era uno de nuestros días en familia.